Misterio de Disney

Para escapar por unas horas de bombazos y demás, y como buen ciudadano adoptado del sur de California (con un hijo de 5 años de edad), ayer emprendí de nuevo la marcha hacia ese extraño sitio que es Disneylandia.

Mi esposa y yo hemos llevado a Mateo dos o tres veces desde que llegamos acá hace un año y medio. Yo no había vuelto desde 1981, cuando mis padres decidieron liberarse de mi insistencia obsesiva y me invitaron al parque (y de paso a ver lanzar al gran Fernando Valenzuela en su temporada más gloriosa). Mis recuerdos de Disneylandia eran pocos pero presentes. Me acordaba de la Mansión Embrujada y sus fantasmas danzantes. En mi memoria, el castillo era inmenso y la montaña blanca de cartón que es el Matterhorn otro tanto.

Regresar 31 años después fue al mismo tiempo una desilusión y la confirmación de un misterio que, al menos a mí, me resulta fascinante.

Hemos visitado el parque en tres épocas muy distintas del año, en fin de semana y días laborables. El resultado ha sido siempre el mismo: Disneylandia está lleno a reventar. Desde nuestra primera visita y hasta la de ayer, he encontrado asombroso la manera como los visitantes suspenden -suspendemos – nuestra capacidad para la incredulidad y la impaciencia y nos entregamos a esperas infinitas, entre vallas laberínticas, para subir durante algunos minutos a “juegos” que en muchos casos han sido exactamente iguales desde hace más de 50 años.

La travesía subterránea de Piratas del Caribe, por ejemplo, ha sido la misma desde que la atracción abriera en el 67. Más allá de una minúscula remodelación para aprovechar a los personajes de la serie cinematográfica (ahora se puede ver a un Jack Sparrow mecánico “escondiéndose” detrás de un barril), el recorrido ha sido siempre el mismo, empezando por las dos caídas que salpican a los visitantes, el esqueleto al timón de un barco fantasma y, finalmente, el paulatino ascenso hacia la superficie (“para salir, los visitantes subirán por una cascada”, dijo en su momento Walt Disney: “todo es posible en Disneylandia”). En suma, los “piratas” son los mismos, la música es la misma y las luces son las mismas. Caray, es posible que hasta el agua sea la misma. Pero nada de eso parece importarle a los miles y miles que hacen fila para repetir la experiencia una y otra y otra y otra vez.

Lo mismo podría decirse de la innovación tecnológica de las atracciones. Me puedo equivocar (lejos estoy de ser un experto en la ingeniería de parques de diversiones) pero, desde la perspectiva de un asiduo visitante, la estructura de “juegos” en Disneylandia es básicamente la misma desde hace años: un aparato que transporta a la gente en una banda para que contemple a distintos muñecos animados de diversas maneras. A la experiencia se le pueden agregar dos o tres momentos de mayor velocidad para subir la adrenalina, todo sin llegar a excesos. Y sanseacabó. Pienso, por ejemplo, en “Cars Land”, la nueva atracción en California Adventure, el parque contiguo a Disneylandia. En sólo unos meses, “Radiator Spring Racers”,  el “juego” principal de la zona, ha recibido a miles y miles (y miles) de personas. La espera, en ese laberinto de metal que hace que uno se sienta como ganado (con el perdón del ganado), es de una hora cuando menos: dos, si uno tiene la osadía de ir en fin de semana. ¿Y qué hay al final de la serpenteante expectativa? Una vuelta, dentro de un carrito bonito, alrededor de una réplica de Radiator Springs. Con personajes que se acercan y se alejan, diciendo lo mismo, como muñecos de ventrílocuo en “loop”. Al final de la atracción hay una versión simpática y emocionante (aunque brevísima) de una montaña rusa-pista de carreras. Todo se acaba en 6 minutos.  Es la misma gata, pues, pero ligeramente revolcada.

Y aún así, la gente volverá decenas de veces a esa fila para subirse al mismo carrito. Según algunos cálculos, Disneylandia registró 18 millones de visitantes el año pasado. Estamos hablando de más de cuatro veces el número de turistas que visitan el Vaticano cada año y casi la mitad del total que recibe Las Vegas.

Asombroso, ¿verdad? El misterio es… ¿por qué?

Mi hipótesis – que no tiene absolutamente nada de científica – es que el éxito increíble de Walt Disney radica en haber convencido a medio mundo de que él, a través de sus creaciones, tenía el monopolio estético de la infancia. Por generaciones, buena parte de los  niños del mundo (y creo que no exagero) se ha entretenido con los personajes creados por Disney. Así, la infancia de millones se asocia con la estética de Disney, mucho más ahora que la empresa se ha quedado con otras franquicias como Star Wars o, en su momento, Pixar. Lo que para mí fue Tribilín, para mi hijo será Jack Sparrow o  Rayo McQueen. ¿Cómo no querer visitar una y otra vez el lugar donde nos han dicho que vive la infancia?

It’s a small world, after all…

 

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