El día que Gordon Ramsay dio fama a un par de locos

Una de las peculiaridades de los tiempos en que vivimos es la naturaleza de la fama. El Internet, que le ha dado voz e imagen a medio mundo, ha hecho de los 15 minutos de Warhol apenas 15 segundos. La máquina de celebridades que es la cultura popular que nace precisamente aquí en Los Ángeles nos ha vendido figuras cuya única virtud es ser famosas… por ser famosas.

Ése es el modelo incomprensible que ha llevado a ese enigma que es Kim Kardashian a portada tras portada de revista tras revista en el mundo. En la televisión, los programas de realidad, que son ya parte indispensable de la programación de canales de cable y hasta de las grandes cadenas, le han abierto las puertas de la celebridad a un número no menor de personas, a veces con consecuencias inesperadas. Profesiones que antes eran más bien discretas se han convertido en caldos de cultivo para la celebridad.

La gastronomía es una de ellas. Ahora abundan los cocineros que además de tener extraordinarios restaurantes y auténtico mérito culinario, son también estrellas mediáticas. El más famoso, por mucho, es un enloquecido inglés de cara arrugada y ceño fruncido llamado Gordon Ramsay. Desde hace varios años, Ramsay es el anfitrión de al menos cuatro programas de realidad en Inglaterra y Estados Unidos. El mejor de todos, por mucho, es Kitchen Nightmares. En ese programa, Ramsay visita restaurantes en desgracia, que sufren de enormes deudas, menús abigarrados, dueños enloquecidos y tercos. En una intervención que dura unos días, el chef/celebridad encuentra una solución y rescata al restaurante de la pesadilla. Es un programa de televisión perfecto: con ritmo, drama, y personajes muy atractivos, comenzando con el propio Ramsay, que nació para la pantalla.

Fue precisamente en ese programa en el que acaba de ocurrir una anécdota que, pensé, sería interesante compartir aquí, sobre todo porque ilustra a la perfección la enloquecida dinámica que a veces genera el Internet y la “fama” que ahí germina.

Resulta que la semana pasada se transmitió un capítulo en el que Ramsay trataba de rehabilitar un restaurante en Arizona. El problema que enfrentaba el lugar es frecuente: un par de dueños obstinados, inexpertos y, en este caso en particular, inmensamente irascibles. La dueña y chef resultó una experta en gritar obscenidades, mientras su esposo, encargado de atender a los clientes, fue captado en cámara casi agarrándose a golpes con un comensal que tenía una queja perfectamente razonable. Un par de locos, pues. Bueno, pues hasta allá llegó Ramsay, con su probada receta de brutal sinceridad y algo de sorna inglesa.

Generalmente, los dueños de los lugares que visita el aguerrido chef aceptan de buena gana la humillación y, después, la ayuda. Esta vez, si embargo, sucedió algo muy distinto. Los dueños del Amy’s Baking Company le hicieron la vida imposible a Ramsay, sacando las garras a cada oportunidad y demostrando una capacidad de autocrítica digna de Kim Jong Un. Al principio, parecía que Ramsay iba a aguantar. Después de todo, el programa se trata de gente así: ejemplos de disfuncionalidad administrativa al borde del abismo. Pero los dueños del restaurante de Arizona resultaron harina de otro costal. Amy y Samy Bouzaglo necesitaban más un psiquiatra que un colega con buenas intenciones. El caso es que, por primera vez en más de cien emisiones de Kitchen Nightmares, Ramsay tiró la toalla. A medio programa le pidió a su equipo que descolgara las luces y se dio por vencido. Pero eso sí: el programa, con el escándalo, se transmitió. Con todo y la locura de los señores Bouzaglo.

Y entonces vino lo bueno.

Después de la transmisión, las redes sociales y sitios de reseñas y críticas (como Yelp y hasta Reddit) comenzaron a llenarse de comentarios y burlas sobre los Bouzaglo y su restaurante. Hasta ahí, todo pintaba para quedar como el escarmiento moderno de un berrinche transmitido frente a cientos de miles personas. Te portas como un patán en la televisión y el monstruo del millón de cabezas te comerá vivo (¿LadyPROFECO anyone?).  Pero resulta que los señores Bouzaglo andaban todavía muy engallados. En una retahíla de verdad épica, comenzaron a defenderse en su página de Facebook (si por defenderse entendemos bañar de insultos a sus críticos). Pasaron horas y horas y los Bouzaglo no soltaron el anzuelo. Aguantaron vara y respondieron con una pasión vengadora que daba entre risa, horror y un poquito de ternura. En suma, un colapso completito.

En otros tiempos, un escándalo de esta naturaleza le habría costado la vida al restaurante en cuestión. Pero estos son tiempos raros, y el morbo y la fama funcionan de manera distinta.

La locura de los señores Bouzaglo y la polèmica sucesiva han convertido al horroroso restaurante en…un fenómeno. La prensa local de Phoenix reporta que un buen número de turistas han comenzado a acercarse al establecimiento para tomarse fotos y hasta para comer ahí, arriesgándose a una lluvia de insultos que los haga sentir que, por un momento, son parte de un lugar que, aunque sea por las peores razones, se ha hecho famoso.

Así las cosas hoy en día: la patanería puede ser un puente hacia la prosperidad.

 

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