40 mil hombres en la frontera

Ayer al mediodía recibí la llamada de un querido amigo que encabeza una organización de estrategia política que se enfoca, sobre todo, en la agenda hispana y asuntos fronterizos. Durante semanas, lo había leído entusiasmado en Twitter. Como muchos otros que han trabajado por décadas tratando de alcanzar una reforma migratoria digna, mi amigo veía cerca la meta. En los últimos días, sin embargo, había perdido algo de optimismo para tomar un tono más sombrío. Los republicanos, aseguraba, avanzaban lenta pero seguramente en el desmantelamiento de la reforma. Gracias a argumentos tramposos y falaces, varios senadores conservadores trataban de ponerle candados a la reforma, vinculando, por ejemplo, el camino a la ciudadanía para millones de indocumentados a un inverosímil proceso de “seguridad fronteriza”. En el mismo sentido, el ex embajador Arturo Sarukhán – que del tema sabe lo que pocos – se ha quejado de que la “seguridad fronteriza se está usando para moverle la portería a la reforma migratoria”.

Aun así, hasta hace un par de días, la esperanza superaba al pesimismo. Ayer, por desgracia, la voz de mi amigo revelaba lo contrario. Me habló para lamentar la enmienda promovida ayer en el Senado estadounidense que, en términos prácticos, militarizaría la frontera sur de este país, duplicando el número de agentes fronterizos hasta alcanzar los 40.000, extendiendo el muro, echando a volar “drones”… todo a un costo superior a los 30.000 millones de dólares. Para colmo, el senador republicano Lindsey Graham comparó la medida con el aumento desesperado de tropas que promoviera George W Bush en Irak por allá del 2007. Así, equiparando la frontera con México con el campo de batalla iraquí, los senadores republicanos han dado una muestra de descaro y demencia.

Muestra ridícula, además, por innecesaria. Hace décadas que la frontera entre México y Estados Unidos no ha sido tan segura. La migración neta de sur a norte es negativa. Las comunidades fronterizas han crecido. Ninguno de estos datos duros les ha importado a los republicanos. Su miopía es dramática por varias razones. Primero, porque deja claro una vez más que el partido republicano se ha vuelto reaccionario, refractario no sólo a la crítica sino a la lógica. Pero hay algo peor. La enmienda draconiana revela las verdaderas intenciones de los republicanos en cuanto a la reforma migratoria.

Los demócratas y los promotores de la reforma en la sociedad civil estadounidense quizá piensan que la concesión fronteriza les ganará la aprobación de la reforma. Dirán que lo importante es un camino a la legalización, cueste lo que cueste. Quizá tengan razón en el Senado, aunque todavía está por verse si los senadores republicanos ahora sí votarán a favor del proyecto de ley. Pero me temo que será la más pírrica de las victorias. La concesión en la seguridad fronteriza probablemente será entendida por los republicanos en la Cámara de Representantes como una luz verde para oponerse con la mayor vehemencia a la reforma una vez que llegue al pleno. Si el Senado, el cuerpo legislativo que promovía la mejor versión de la reforma, ha cedido a tal grado, ¿cuál será el incentivo para que los radicales republicanos en la Cámara de representantes actúen con mesura? Ninguno en absoluto.

Una vez más, los demócratas han jugado mal sus cartas. Por desgracia, su error de cálculo puede costarle la tranquilidad a 11 millones de indocumentados. Si así ocurre, generaciones de hispanos tendrán que declararle la guerra electoral a los republicanos.

 

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