Seymour Hoffman y el cerebro del adicto

Sobra decir que no conocí a Phillip Seymour Hoffman. Seguramente usted tampoco, querido lector. Pero su muerte me dolió. Y me dolió porque, como los grandes actores, Hoffman lo hacía sentir a uno… cerca.

La relación que uno –como persona “normal”– tiene con los  actores es singular. Sobre todo cuando su trabajo es lo suficientemente bueno como para romper la famosa “cuarta pared”, el actor desarrolla con su público una suerte de paradójica intimidad. Paradójica porque arraiga en una falsa cercanía: uno siente que conoce a la persona cuando en realidad, claro, no es así. De ahí las muchas anécdotas en las que actores se ven obligados a sufrir inoportunas peticiones de autógrafos o, peor todavía, pláticas interminables. Debe ser chocante, pero no por eso es inexplicable: el público cree que es su derecho acercarse al actor con confianza plena porque lo ha visto, una y mil veces, en la pantalla; siente que, de alguna manera, lo conoce.

Algo así me ocurrió hace unas semanas cuando entrevisté a Aaron Paul, el gran actor que interpreta a Jesse Pinkman en la serie Breaking Bad. Cuando saludé a Paul lo hice con una energía y un aprecio que generalmente reservo para los amigos. Luego procedí a decirle alguna cosa insignificante pero con ciertos tintes íntimos. Resignado, Paul se me quedó mirando con cierta exasperación. “Uno más que cree conocerme”, supongo que habrá pensado. AL final de la entrevista, de vuelta en el carro, me quedé pensando. No es lo mío trasgredir códigos sociales elementales. No soy, pues, un igualado. Lo que ocurre, pensé, es que siento que conozco al tipo. Después de todo, lo vi religiosamente, semana a semana, en la televisión. Quizá en el fondo supuse que conocería a Jesse Pinkman o a mi “amigo” Aaron Paul, al que mi esposa y yo invitamos por años a la casa a contarnos la historia de Breaking Bad. Curiosa disonancia.

Sobra decir que no conocí a Phillip Seymour Hoffman. Seguramente usted tampoco, querido lector. Pero su muerte me dolió. Y me dolió por razones parecidas a las que me llevaron a creer que Aaron Paul me saludaría con familiaridad. Como los grandes actores, Hoffmann lo hacía sentir a uno… cerca. Era tan extraordinario que todos sus personajes –hasta el extravagante Truman Capote– tenían algo (o mucho) de comunes y corrientes. Eran, en el mejor sentido, hombres promedio. Con pasiones severas; compulsivos, pasionales, celosos, melancólicos, pero con un aire de normalidad, de plausibilidad. Sé que parece un adjetivo trillado, pero es verdad: Phillip Seymour Hoffman era real.

Todo parece indicar que Seymour Hoffman murió de una sobredosis salvaje de heroína. Tras su muerte decidí dedicarle un capítulo del programa que conduzco en la cadena Fusion al tema de la adicción, especialmente a la droga que atormentó a Hoffman por años. Primero descubrí que el consumo de heroína va en aterrador aumento. En el periodo que va del 2003 al 2011, el número de adictos en Estados Unidos se duplicó. En el 2008 se incautaron 560 kilos de heroína en la frontera; en el 2012, la cantidad rebasó los 1800. Hay quien dice que es una epidemia, sobre todo en los suburbios. Resulta que los adictos a la costosa oxicontina –otro opiáceo– han pasado a la heroína dado el precio y poca oferta de su droga original.

El otro asunto que me impresionó de la muerte de Hoffman es el hecho de que la droga le haya robado la vida después de 23 años (¡23!) de sobriedad. Hoffman había logrado mantener más de dos décadas de sobriedad absoluta. Pero el recuerdo permaneció programado –literalmente – en su cerebro y, como un asesino paciente, volvió a lo suyo a la primera oportunidad. Suena melodramático, lo sé. Pero lo cierto es que, de acuerdo con David Linden, doctor en neurociencia de Johns Hopkins, la droga literalmente altera el cerebro “física, química y eléctricamente” al activar artificialmente lo que Linden llama el “circuito del placer” en el cerebro. “Una vez que uno se vuelve adicto”, me dijo Linden, “la estructura del cerebro cambia para toda la vida y aunque uno se mantenga sobrio por años y años como lo hizo Seymour Hoffman, aún se tiene el cerebro de un adicto, incluso muchos años después”.

No sé a usted, querido lector, pero a mí la idea de que el cerebro cambia físicamente, que los “alambres” del cerebro de un adicto complican de manera irremediable la búsqueda de la sobriedad y la supervivencia, me parece aterradora. Y me dolió imaginar a Phillip Seymour Hoffman, el mejor actor de su generación y un hombre al que, tontamente, sentí “conocer”, luchando infructuosamente no contra románticos “demonios” sino contra su propia memoria, adicta, adolorida.

 

@Leon_Krauze

 

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