Miguel Cane

Ciudadano Cane

Perfil Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela "Todas las Fiestas de Mañana". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane

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La homofobia y tú

 

Para mis pares, grandes mujeres y hombres, que saben quienes son, dónde están, que son valientes.

Con mi admiración.

En febrero de 2006 yo esperaba a que un compañero de trabajo con el que me había tomado un café, saliera del estacionamiento de un establecimiento comercial, cuando unos jóvenes – asumo que eran jóvenes, por sus voces, no los vi –, por lo menos dos, no más de cuatro, al grito de “¡Ahí está el puto!” se me fueron encima a patadas.

Recuerdo lo que siguió – que no fue ni un minuto, pero como los sismos, en el acto se siente interminable – vagamente, con vértigo: me dejé caer al suelo y me cubrí la cabeza con los brazos (eso impidió que me rompieran los lentes) y doblé las rodillas para proteger mi escroto. Fue por instinto, estoy seguro: un reflejo tan rápido como las patadas que recibí (según el parte de urgencias) en el cóxis, en costillas, riñones, hombros y codos. Uno me escupió. Todos se reían mientras me daban como balón campero. Me gritaban puto, otras cosas. Alguien salió corriendo del estacionamiento subterráneo a espantarlos y mi compañero de pronto ya estaba ahí, me levantó, me llevó en coche a la Cruz Roja. Tenía un corte leve en la frente, otro en el labio (del derechazo que me hizo caer). Me disculpé profusamente por salpicar de sangre sus vestiduras. No lloré. No recuerdo haberlo hecho. Cuando esas cosas pasan no suelo hacerlo, pero no me consta. Nunca pregunté.

Insistí en presentar una denuncia en la delegación Cuauhtémoc, donde ocurriera el hecho. Mi familia tuvo sus dudas al respecto. Estaban asustados – al menos sé que mi madre lo estaba, con toda su indignación, estaba completamente espantada y desconcertada por lo súbito y arbitrario de la violencia (que, ultimadamente, siempre lo es). Mi padre no quería que hiciera olas. “¡¿por qué siempre tienes que hacer polémica de todo?!”, era su argumento. “Estás bien, ya déjalo así.”

Fui con Javier, mi abogado, a presentar la denuncia con el agente de Ministerio Público en turno. Cuando comencé a rendir mi declaración, el MP me preguntó: “Usted, ¿sale en la tele?” Aunque Javier insistió en que eso no tenía nada qué ver, le dije que sí. Luego pregunté si creía que esa podría haber sido una razón para el ataque. Que podía haber sido dirigido. El MP dijo que tenía tipo de haber sido así. Me preguntó si yo había “dicho algo sobre tener esas tendencias” (no es verbatim, pero se acerca bastante a lo que dijo) al aire, no que “hiciera falta”. Le dije que sí, que unas semanas antes había estado en un debate televisado (por cable) acerca de la exhibición de Brokeback Mountain y que en el transcurso del mismo, y a instancias de los comentarios de otro participante del debate, dije que sí, que efectivamente yo era homosexual, pero que eso no tenía nada qué ver con mi defensa de los méritos artísticos de la cinta. “…pero entonces usted dijo en la tele eso.”

“Sí, señor.”

“¡Y luego por qué se quejan, de veras!”

Javier se puso furioso, aún más que yo. Quizá lo más horrible es que la reacción del hombre ese no me resultaba inesperada. Como tampoco lo fue el que la averiguación previa no concluyera en nada.

 

*

La homofobia la conocemos desde niños. Al menos así es como yo lo recuerdo.

No necesariamente se trata de una homofobia violenta y brutal, como sucede en otros escenarios. La que empieza en casa suele ser muy pasiva, muy cotidiana. Está en los chistes baratos en la televisión, con los “divertidos” personajes que algunos comediantes hacen para parodiar (esta es la justificación que usan: parodia) a los homosexuales, en diversos programas. O bien, en el innuendo presente en programas de todo tipo, incluyendo a la fantásticamente popular serie Friends. También está presente (al menos en el caso que me devuelve mi memoria) en el desencanto y desaprobación de alguno de los padres, a veces, de ambos: yo recuerdo la impaciencia de mi padre. Su incomprensible severidad con el propósito de que yo “adquiriera carácter”; su desconfianza gratuita, su desapego, más doloroso aún al hacerse manifiesto su afecto en otros niños – mis primos, los hijos de sus amigos, que sí eran niños “normales”, que sabían jugar en equipo, se interesaban en deportes, en mecánica automotriz, en las cosas que debían de gustarle a los niños. Ese recuerdo, aún ahora, de repente: la abrumadora sensación de haber fallado en algo. De haber fracasado, ante tu padre, aún si no sabes en qué.

Esa es la primera faceta de la homofobia. Y hay otras: en la escuela, en los grupos a los que te vas integrando conforme creces – si eres aunque sea un poco vulnerable, de inmediato eres el foco de ella: eres el mariconcito, el jotito, la loquita. El puto.

Y claro, eso no va exento de la horrenda y persistente sensación de culpa por serlo. Y conforme vas creciendo más, viene acompañada de violencia, no solo psicológica, también física: desde una zancadilla, hasta la golpiza en pleno, con el objeto de hacerte ejemplo, que vean que no se va a tolerar a la gente como tú. Que todos lo vean. Las más de las veces, esto está tolerado por las instituciones (la escuela, el grupo, la comunidad) que dicen condenarlo, pero lo consideran casi como un hecho tácito.

Tienes que aprender a resistir. Tienes que aprender a sobrevivir. A veces con los puños, a veces con la lengua. A veces desconectándote de tu exterior. A veces yéndote de ahí, aunque no deberías.

No siempre es una opción.

*

La homofobia está en todas partes. Lo mismo educada y refinada (conocí a una maestra del IFAL que, efectivamente, era muy dama y de trato exquisito, con unos prejuicios homofóbicos virulentos e implacables. Hasta donde yo sé, su cruzada anti-homosexual sigue), que vulgar, agresiva y cerril; muchas veces  permitida (y promovida) por la iglesia, por los medios, por las familias.

¿Y qué nos queda?

Crear compartimentos. Mundos dentro de nuestro mundo. Siempre habrá gente que nos quiera donde nadie nos quería y nos acepte donde nadie más lo hacía, y que lo hará porque le gustamos tal com somos. Los hay que serán nuestros amigos, nuestros protectores. Nuestra familia lógica, donde muchos nos vemos obligados a prescindir de la biológica. Esa gente es refugio, es enseñanza y fuerza. Y así es que aún si no dejas de ser tú mismo (o tu misma), muchas veces habrá días más difíciles que otros. Podría incluír aquí una nota positiva, al respecto de cómo tú puedes hacer la diferencia para muchos. Eso lo creo: La Homosexualidad es aún hoy en día, algo incomprensible y “condenable” para muchísima gente, e incluso, es un conflicto para varios homosexuales, declarados o no.

*

Para seguir tu vida, empiezas por aceptarte a ti mismo, sin culpas. Hay muchos caminos y nadie hará por ti lo que tú no seas capaz de hacer por ti mismo. Tabien una manera de combatir la homofobia, es no temerle a los heteros: de hecho, ellos son iguales a nosotros y algunas veces necesitan variedad en sus vidas tanto o más que uno.

Tú puedes ser quizás la única persona “diferente” que ellos conozcan en sus vidas cotidianas y por ti podrán aprender sobre tolerancia y cómo sentirse cómodos con su propia sexualidad. Existen muchos, muchísimos “bugas” a los que les importa un cacahuate si te acuestas con hombres, con mujeres o con quimeras; lo importante es quien eres y lo que representas para ellos. Los que no te acepten y te vean con horror, recuerda, son los que se pierden de tenerte en sus vidas, no a la inversa. Así sean tu padre o tu hermano. No les temas. El temor es lo que da fuerza al homofóbico y No es tu obligación avergonzarte o fingir por gente que no comprende las muchas caras de la naturaleza humana: tú no tienes la culpa de que no sepan de tolerancia.

Pero para que la gente aprenda a respetarte, respétate tú primero.

 

*

Por ser homosexual, y esto también es importante decirlo, uno no está libre de la homofobia de otros gays. Es algo muy común, muy relacionado con los estereotipos: si yo tuviera un peso por cada vez que mientras me aventuraba en mis primeros años como gay asumido (nunca tuve clóset, pero no fue hasta que publiqué una columna en El Universal en 1997 que abiertamente hablé de mi orientación ante los lectores y el resto del mundo) me dijeron “eres una obvia” “eres una gorda” “eres aburrido” y que esto se tradujera en rechazo – plantones, llamadas sin responder, cancelaciones de última hora, ustedes lo saben – yo sería millonario.

Pero puedes romper el estereotipo. No permitas que te humillen, aunque tampoco tienes porqué escandalizar al mundo de gratis; eres como eres y punto. No tienes que ponerte un letrero. Si quieres ser respetado, pues comienza por respetar. Todos los que se quejan de que sus vidas son superficiales y vacías, se lo deben a los estereotipos, al final de cuentas y eso es algo que, por desgracia, parece seguir como una constante en nuestras vidas. Cada vez son más y más jóvenes los gays que veo se catapultan alegre e irresponsablemente del clóet. Esto no es de ninguna manera terrible, pero creo que si se detuvieran por un momento a considerar algunos puntos acerca de esta decisión, y no lo hicieran sólo por que “lo hizo el de RBD” — en un acto que personalmente considero un truco publicitario y una vil cobardía de su parte, por lo que el oírlo mencionar como un referente histórico y casi heróico me horroriza- las cosas tal vez podrían resultarles más sencillas y sin tanto lovely drama.

Hay muchas preguntas que el (o la) joven gay se hace; a veces pienso que a los 18 años hubiera tenido a quien hacérselas , mi proceso tal vez habría sido menos difícil.

Una de ellas es, ¿qué hago para vivir en un mundo hostil?

¿Qué haces?

Vives. Aprendes.

No te detengas. No dejes que el odio te toque. El odio mata. En todas sus formas. Permitir que anide en ti, que te haga discriminar a otros como tú, es tan grave como ser el objeto del odio y la agresión de otros. La tolerancia es una lección que apredemos (y que, sin imaginarlo, enseñamos) todos los días. El camino no es fácil, pero lo que realmente vale para algo, casi nunca lo es.

*

¿Y mi padre, se preguntan?

Mi padre, que me dio una infancia y adolescencia sin afecto por culpa de sus prejuicios, hoy tiene una relación cordial conmigo. Le ha costado mucho vencer la homofobia que culturalmente lo rodeó al crecer, en los años 50 (cumplirá 69 el año próximo). No lo ha logrado del todo, pero reconozco el esfuerzo que ha hecho, porque finalmente es un esfuerzo que ha hecho por cariño. Si no a mí, a su familia. Y finalmente, todos pertenecemos a más de una: la biológica y la lógica, que siempre estará ahí para nosotros.

 

 

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