Miguel Cane

Ciudadano Cane

Perfil Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela "Todas las Fiestas de Mañana". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane

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Madres trabajadoras: musas, no mártires

Cuando yo tenía unos once años, esa época en la que estamos por dejar de ser niños y a punto de convertirnos en adolescentes, cuando todavía creemos que nos merecemos todo, recuerdo haber hecho un raro berrinche en el Sanborns de la casa de los azulejos, al pedirle a mi madre que me comprara un libro.

“Ahora no puedo, hijo.”

“¿Pero por quéeee? Si yoooo lo quieroooo y saqué buenas calificacionessss…”

“Sí, mi amor, pero entiéndeme. Ahora NO PUEDO.”

Y vuelta al intento de persuadirla, hasta que mi madre se volvió, se puso en cuclillas, me tomó de los brazos y dijo: “No. Somos. Ricos.”

La frase fue de un gran impacto, y muy duradero.

Mi madre se siente culpable, aún hasta hoy (en la navidad pasada salió a colación la anécdota y le remuerde, aunque no debería) por haberlo dicho, pero yo se lo agradezco. Porque en ese momento yo no sabía que ese “ahora no puedo, hijo” le dolía más que a mí el no tener mi capricho. ¿Por qué? Porque mi madre trabajaba para darnos de comer, en ésa, que fue una de las épocas más difíciles en la economía familiar y aprendí, a largo plazo, una valiosa lección al respecto.

Esa es una de las muchas cosas que aprendí de mi madre.

Mi madre fue madre trabajadora.

Nació en 1950, la cuarta de siete hermanos, en una familia de origen humilde. Tuvo que trabajar por necesidad desde muy joven y supo siempre el valor de un peso ganado. Trabajó desde niña, primero ayudando a su madre y cuando adolescente, como secretaria, escalando por años en puestos a base de esfuerzo, para llegar a la posición ejecutiva que tuvo por años hasta que se jubiló hace poco tiempo. No tuvo estudios (algo que sé que le pesa, y que no ha descartado del todo remediar), pero lo compensó con una dedicación a toda prueba a su trabajo. En la esfera publicitaria de hoy en día, todavía hay mucha gente que fue “criada” por mi mamá, que aprendió de su experiencia y a quien ella ayudó en todo. Son sus “niños”, que hoy están en distintas agencias, y algunos, lo sé de cierto, la recuerdan.

En casa, mi madre tenía la doble carga de ser madre y trabajar. De llevar una casa y al mismo tiempo, ser profesionista. Contaba con mi padre, por supuesto (han estado cuarenta años juntos) y con  su suegra, mi abuela, quien desde que enviudó en 1981 se dedicó a ayudar con la crianza de mi hermana menor y mía. Pero aunque pasara horas en la oficina, siempre estaba al tanto de nosotros. Y si bien no tuvimos cosas superfluas (juguetes, viajes, campamentos en Canadá, dígalo usted), que otros niños de nuestro entorno tenían, jamás nos faltó un plato de comida, ropa limpia y su cariño.

De mi madre aprendí muchos valores que trato de mantener vigentes en mi vida. Aprendí la solidaridad, la generosidad, la constancia, la honestidad, el dar. Mi madre es probablemente la persona más entregada y agradecida que conozco. Tiene su carácter, pero siempre nos inculcó una cosa a mi hermana y a mí: sean libres, sean independientes. No dependan de nadie. Administren lo que ganen, no tengan deudas. Sean dueños de su destino.

Y he tratado de aplicar sus enseñanzas. Sobre todo porque implicaron muchas cosas: que comiera sola en su cubículo, que tuviera que dejar pasar la ocasión de divertirse. Para que lo hiciéramos nosotros.

Mucha gente la criticó en su momento. “Estás abandonando a tus hijos” “Estás malacostumbrando a tu marido” “Estás descuidando a tu familia”. Ahora puedo decirles que no. Mi madre, no sé cómo lo hacía, pero se las ingeniaba para hacerlo todo. Mi padre, por circunstancias que no pudo controlar, no pudo volver a tener trabajo desde los cuarenta y cinco años y tuvo que quedarse con nosotros y hacer trabajos menores que implicaban ingresos que no se comparaban con los de mi madre. Y no era mucho lo que ella ganaba. Tuvimos que crecer con lo justo, pero nunca nos faltó lo básico. Y si mi madre no hubiera trabajado, hubiera sido casi imposible salir adelante. Y a mi madre no la ayudó nadie.

Por eso, a los catorce años, en cuanto pude, busqué mi primer trabajo. No solo por ayudar, si no porque sabía que mi destino era trabajar y nunca le tuve miedo a hacerlo.

Y si eso no es un valor, señoras y señores, no sé qué es.

Que ahora, Elba Esther Gordillo, en un velado ataque hacia Televisa asegure “Las madres trabajadoras son las culpables de la desvalorización (sic) social en los hogares” me parece una literal mentada de madre a todas las mujeres que tienen que trabajar para sacar adelante a sus hijos. Que con su facelift, traje de Escada y zapatos de Prada haga esta categórica descalificación – donde su intención era otra, naturalmente, me parece un acto de soberbia y de asco.

Seguramente usted, que lee esto, es madre trabajadora o hijo/a de una madre trabajadora.

Entonces sabrá que mi admiración y mi solidaridad está con ellas.

La “desvalorización” que señala la maestra está en la turbia realidad que ha contribuido a crear ella, al frente de una mafia vestida de sindicato que ha saboteado el sistema educativo y el objeto de sus puyas, Televisa, que manufactura contenidos de dudosa o nula calidad moral para millones de espectadores, partiendo de que es, ultimadamente, un negocio.

¿Qué culpa tiene la madre trabajadora de esto?

La madre trabajadora no es una mártir. Es una musa.

Y seguramente estará demasiado ocupada como para darse por ofendida por las pendejadas que dice la líder sindical desde su penthouse polanqueño que le pagamos todos.

Mi madre, ciertamente, no se da por aludida. “Yo trabajé porque lo necesitábamos y porque no podía hacer otra cosa,” me dijo cuando la llamé, indignado. “No tuve opción. Ninguna madre que trabaja la tiene, en el fondo, a menos que de verdad pueda permitirse el ser señora de la casa de tiempo completo. Y no siento que ustedes hayan sufrido por eso. Ya no. Pero es un camino muy difícil. Y no se toma por gusto.”

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