Miguel Cane

Ciudadano Cane

Perfil Escritor. Narrador. Periodista. Crítico de cine para Milenio Diario. En 15 años de carrera ininterrumpida ha entrevistado a numerosas personalidades del mundo del cine. Desde niño ha hecho radio, cine y TV. Autor de la novela "Todas las Fiestas de Mañana". A partir de 2007 reside en Gijón, Asturias. Lector voraz, cinéfilo devoto, excéntrico de tiempo completo. En twitter: @AliasCane

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Maricón

Según Wikipedia:

“Maricón es un adjetivo y sustantivo habitualmente de carácter peyorativo, originalmente aumentativo de Marica (a su vez diminutivo de María). Marica se usa como insulto grosero con los significados de hombre homosexual; hombre afeminado (que no significa homosexual, son términos relacionados pero no iguales), además de hombre de poco ánimo y esfuerzo.[1]

En España el uso de ciertos términos con carácter peyorativo pueden dejan de tener ese carácter según el contexto en el que se use. Es el caso de su uso en el lenguaje coloquial entre personas con gran confianza entre ellas en el que esos términos pueden ser un halago referido a la habilidad o astucia con que se ha realizado algo, un ejemplo son las frases: “que maricón eres/es”, “que cabrón eres/es” o “que hijo de puta eres/es”

Como insulto, “maricón” no significa solamente gay (hombre homosexual), sino persona con carácter afeminado (que en su persona, modo de hablar, acciones o adornos se parece a las mujeres). Se suele utilizar como reprimenda “qué maricón eres”. También se usa con el significado de hombre mal intencionado o cobarde.[2]

Ese sentido peyorativo de la expresión ha pasado incluso al lenguaje académico. Así, el Diccionario de la Real Academia Española define hasta la fecha (la edición vigésimosegunda, de 2001) la voz “maricón” de manera homofóbica: como sinónimo de ‘sodomita’ (definido como, ‘quien comete sodomía’). De esta manera, el diccionario da a entender que las relaciones sexuales entre varones homosexuales necesariamente se reducen al sexo anal, y éste es concebido como un pecado o un delito que se «comete».[1]

Este insulto español no tiene implicaciones de tortura o muerte, a diferencia de sus equivalentes en inglés (faggot: ‘leña’ de una hoguera inquisitorial);[3] o italiano (finocchio, ‘hinojo’, porque se cubría a los homosexuales con estas frescas hojas para que el suplicio de hoguera durara más tiempo. Es históricamente falsa la derivación ‘hombre que cae de hinojos’ (para realizar una felación), que no proviene de hinojo sino de ginocchio, ‘rodilla’).”

Ahí lo tiene usted.

Ahora, después de este breviario cultural, dígame: ¿ha usado este término en su lexicón alguna vez? ¿Se ha percatado de que lo hizo? ¿Por qué?

Personalmente (y si usted conoce esta columna sabe que todo lo que en ella se escribe es un ejercicio estrictamente personal) no recuerdo la primera vez que me lo echaron en cara, que me tildaron de serlo.

Tampoco recuerdo quién lo hizo (¿otro niño? ¿Un adulto? ¿Alguien de mi familia? ¿Mi Papá? Es muy probable que sí) y la verdad es que a estas alturas del poema, tampoco importa. Lo he oído tantas veces, en tantos tonos, que llega un momento en que ya no te hace daño o te convences de que no te hace daño – ustedes conocen bien el refrán anglosajón: “Piedras y palos romperán mis huesos, pero las palabras nunca me herirán – y que no oyes.

A lo largo de estos (casi) cuarenta años – sí, quién lo diría, yo que pensé que no llegaba a los diecisiete — lo he oído tantas veces, como señalaba, que es algo habitual. Lo he oído incluso de boca de otros homosexuales (principalmente a mis espaldas, incluso dicho por algunos que se ostentan “mis amigos”, inocentes inventadas que todo se lo creen); sin embargo no deja de sorprenderme la facilidad con que se suelta en estos tiempos todavía, con el afán de humillar y que aún tenga el poder para hacerlo.

Maricón es una palabra que no debería de herir, y que el homófobo ha esgrimido por años como arma. El intentar recuperarla para hacerla de uso común no es una mala idea (en absoluto, soy de los que aboga para desatanizar la palabra “Puta”), si bien algunos de los ejemplos que he encontrado personalmente me parecen algo frívolos o extrapolados y en vez de combatir el estereotipo, involuntariamente lo refuerzan. Es como ver o escuchar a una mujer referirse a otra como “zorra” — personalmente no le encuentro sentido a eso, como no se lo encuentro a que dos hombres de la misma orientación sexual se refieran a sí mismos como “maricones”. Es decir, sí, ¿pero para qué?

Ignorar la palabra no hará que se vaya. Pero despojarla de su carácter de insulto, sí puede servir de algo. Que signifique cualquier cosa y no se pegue. Supongo que no debería ser tan difícil, aunque cada quien interpreta lo que oye, como quiere y quitarle el poder discriminatorio a lo que es una simple  palabra, también depende de cada uno.

Hace unos diez años, mi padre, por alguna razón que ahora no recuerdo, montó en cólera (cuando pasamos mucho tiempo juntos, nuestras diferencias evidentes en carácter hacen que salten chispas y, finalmente producto de su época – los años 50 – cuando pierde la paciencia, estalla y suele arrojar por la boca lo más hiriente que se le ocurre, curioso detalle, que yo he heredado en cierta manera) y me dijo “eres un maricón” a manera de colofón a su descontento conmigo.

“Papá,” le dije, haciendo acopio de toda la paciencia que pude encontrar “no soy un maricón. Soy una inmensa cantidad de cosas, pero maricón no es una de ellas.”

Que le respondiera de ese modo y con absoluta frialdad, sirvió. Nunca más ha vuelto a decirlo, aún cuando ha llegado a perder la paciencia (como cualquiera) otras veces. Esa es la actitud que yo tengo al respecto. Quizá no sea la más adecuada, pero es lo que hay. Así sobreviví al acoso (né Bullying) de otros niños en mi escuela y de mis primos. Nunca metí las manos, no sé cómo, pero con la lengua y sin perder los papeles.

Maricón es solo una palabra. Y en todo caso, a mí sólo me pueden llamar así mis amigos, mirándome a los ojos.

Quien es mi detractor (sería pretencioso de mi parte decir “enemigos”) me tiene que decir Señor Cane y hablarme de usted, mirando fijo al suelo.

Recuperemos palabras y combatamos la discriminación al quitarles el sentido. Esa es una batalla que sí podemos ganar.

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