La Tlacuila

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Perfil Margarita Warnholtz Locht (la tlacuila) es etnóloga egresada de la ENAH. Trabajó muchos años con organizaciones indígenas en cuestiones de comunicación, entre otras, coordinó un proyecto de incorporación de organizaciones indígenas a internet a finales de los 90, proyecto con el cual se convirtió en fellow de Ashoka (red internacional de emprendedores sociales). En los últimos años se ha dedicado a difundir información de los pueblos indígenas en la prensa escrita, colaborando con diarios como Excélsior en 2006 y Milenio de 2007 a 2010.

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Me uno a la defensa del maíz

En estos días leí la noticia de que la primera manifestación ciudadana en ser recibida por el nuevo gobierno federal fue de defensores del maíz, que exigen al presidente Enrique Peña Nieto que prohíba la siembra de maíz transgénico. La protesta, promovida por Greenpeace,  estuvo encabezada por algunas personalidades del medio artístico. La nota completa está aquí. Si bien fue la primera manifestación que se dirigió a Peña Nieto ya en el ejercicio de sus funciones como presidente, unos días antes le había llegado la misma petición por parte de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad (UCCS) (esa noticia está aquí).  Y bueno, son las primeras solicitudes que recibe el nuevo gobierno en este sentido, pero desde 2007 distintos sectores de la sociedad han estado insistiendo en que no se permita la siembra de maíz transgénico en nuestro país. Organizaciones campesinas, científicos de diversas especialidades, ambientalistas, artistas y ciudadanos en general, llevan cinco años intentando frenar lo que sería el inicio de la desaparición de las 59 razas de maíz (y sus cientos de variedades) que hay en México, cuna de este grano.

Mucho se ha escrito sobre los riesgos de la producción y el consumo de alimentos transgénicos, particularmente del maíz. Solo como breve muestra, tenemos este  documento en la página de la Cámara de Diputados, éste  de Greenpeace, uno del Foro en defensa del maíz aquí y éste  de la Unión Nacional de Organizaciones Regionales Campesinas Autónomas (UNORCA). Lo último que encontré fue sobre un estudio  realizado por investigadores franceses que demuestra que el maíz transgénico NK603 provoca cáncer en roedores de laboratorio.

En el caso específico de la siembra de maíz transgénico en México, la propia Comisión Nacional para el Uso y Conocimiento de la Biodiversidad (Conabio), organismo de la Semarnat,  publicó desde 2009 un estudio  en el que recomienda se “reinstale y mantenga la moratoria a la introducción de maíz transgénico en el territorio mexicano”.  Sin embargo, el gobierno de Felipe Calderón autorizó la siembra experimental de este grano y estuvo a punto de aprobar su producción en más de 2 millones de hectáreas del norte del país. Afortunadamente, parece ser que no le dio tiempo y ahora el futuro del maíz depende del nuevo gobierno, que esperemos haga caso de las múltiples recomendaciones y exigencias que hay al respecto.

El maíz no es solamente el principal alimento de los mexicanos, sino uno de los elementos más importantes de la cultura nacional y de nuestra identidad. También se ha escrito mucho al respecto y en este sentido, retomo las palabras de Guillermo Bonfil Batalla  que aparecen en el libro Sin maíz no hay país. 

El maíz es una planta humana, cultural en el sentido más profundo del término, porque no existe sin la intervención inteligente y oportuna de la mano; no es capaz de reproducirse por sí misma. Más que domesticada, la planta de maíz fue creada por el trabajo humano.

Al cultivar el maíz, el hombre también se cultivó. Las grandes civilizaciones del pasado y la vida misma de millones de mexicanos de hoy, tienen como raíz y fundamento al generoso maíz. Ha sido un eje fundamental para la creatividad cultural de cientos de generaciones; exigió el desarrollo y el perfeccionamiento continuo de innumerables técnicas para cultivarlo; condujo al surgimiento de una cosmogonía y de creencias y prácticas religiosas que hacen del maíz una planta sagrada; permitió la elaboración de un arte culinario de sorprendente riqueza; marcó el sentido del tiempo y ordenó el espacio en función de sus propios ritmos y requerimientos; dio motivo para las más variadas formas de expresión estética; y se convirtió en la referencia necesaria para entender formas de organización social, maneras de pensamiento y conocimiento y estilos de vida de las más amplias capas populares de México. Por eso, en verdad, el maíz es el fundamento de la cultura popular mexicana.

Por todo lo anterior, me uno desde aquí a la defensa del maíz. No entiendo cómo, con tantos argumentos en contra, se pueda pensar siquiera en permitir el cultivo de maíz transgénico en México, además, por trasnacionales que tienen patentadas las semillas. El principal argumento a favor es que rinde más y ayudaría a solucionar la crisis alimentaria. ¿Por qué no mejor apoyar a los campesinos con recursos y tecnología adecuada para que puedan producir en mayor cantidad y calidad? ¿Por qué no recuperar el conocimiento tradicional de los indígenas y las técnicas de mejoramiento genético que han utilizado durante milenios?

Si no se frena ya la invasión del maíz transgénico, lo más probable es que nuestros nietos no lleguen a conocer el maíz azul, el rojo, el prieto para pozole…, ni puedan disfrutar de los distintos sabores de las tortillas que hay en cada región del país, ni de los tlacoyos, los sopes, las tlayudas, los panuchos, etc., etc.,  ni de las diversas bebidas hechas con diferentes tipos de maíz. Tendrán que conformarse con algo similar a las actuales tortillas de paquete. Y no quiero imaginarme a los nietos de los campesinos endeudándose para comprar semillas a Monsanto y similares (al precio que se les antoje vendérselas si es que quieren hacerlo) en lugar de sembrar sus propias semillas; ¡ni a los mexicanos dependiendo de las trasnacionales para comer tortillas!

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