Bridget Jo

Conejita de Indias

Perfil Bloguera y ajonjolí de todos los moles. Hace radio, habla mucho, canta mal y trabaja para la Empesa Más Grande de Medios del Mundo Mundial en Estados Unidos. En sus ratos libres, se transforma en una Conejita de Indias, con la absoluta frustración de nunca haber usado un bonito leotardo negro de satín, cuello y puños blancos, altas zapatillas y unas coquetísimas orejitas que hagan juego con la colita de peluche pegada en su -bien formado- trasero.

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Contratiempos

Empezamos la aventura mediterránea con un viaje de cinco horas en tren, en pleno verano y con el aire acondicionado descompuesto. Vomité todo el camino pero no podía ser tan malo. Finalmente llegamos al Pueblo en el Tacón de la Bota. El hotel, me habían dicho, quedaba a ‘cinco minutos’. Y yo les creí.

Emprendimos el camino. El Conejito Tropical –cargado con 3 de las cuatro maletas de 23kg. cada una- trataba de infundirme ánimos cada que yo perdía el aliento en una esquina bajo el sol de la 1.30 de la tarde. Necesitaba aire, agua y una silla. No llegaba ni a las 8 semanas de embarazo y ya me sentía pesada como un hipopótamo.

Tras dar vueltas por 27 callejones empedrados y mirar en distintas perspectivas el mapa llegamos a nuestro destino. Un maravilloso y familiar bed & breakfast boutique que prometía ser un paraíso de sólo 4 habitaciones.

¿El problema? La puerta estaba cerrada.

Tocamos varias veces, sin respuesta. El Conejito Tropical me miraba con desconfianza sin articular el fatídico “¿estás segura que es aquí?”

Tomé el teléfono y llamé.

-Lo siento, es hora de la comida. Regresamos a las 4, dijo una simpática italiana sin ninguna intención de cambiar sus planes.

¡Diablos! ¿Qué se suponía que deberíamos hacer en esa ciudad desierta en las próximas 2.30 horas?

-Busquen un lugar para comer y los veo a la vuelta.

Mire al Conejito Tropical con las orejas gachas. Era hora de explicarle que las facilidades y servicio inmediato no es una de las cualidades de los locales.

Con altas y bajas seguimos nuestro ansiado roadtrip por espectaculares ciudades, visitamos playas de ensueño y dormimos en camas de plumas para despertar, literal, con el cantar de los pájaros.

Hasta una mañana que entré al baño y el corazón se me paralizó. Dos inconfundibles manchas de sangre me dejaron fría, la cabeza me dio vueltas.

Pálida y con los ojos vidriosos, me paré en la puerta del baño. El Conejito Tropical se sentó de un golpe en la cama. En su cara había una mezcla de miedo, sorpresa y desconcierto que no había visto nunca.

-Tenemos problemas, le dije sin expresión en la cara.

El silencio en la habitación se hizo pesado. Me sentí más sola que nunca.

Llamé a mi viejo Doctor de Intimidades en México. Había sido siempre el ginecólogo que había resuelto –a cualquier hora- mis dudas más insólitas. Contestó como siempre, aunque estuviera del otro lado del mundo y con la voz adormilada.

Le conté en tres frases que estaba de vacaciones, embarazada, de 7 semanas, que había visto sangre en mi ropa interior y que tenía miedo y muchas ganas de llorar.

Respiró profundo, hizo rápidos cálculos mentales y me dio tres indicaciones.

-Tranquila, nada malo va a pasar, dijo antes de terminar la conversación.

Colgué el teléfono y le expliqué al Conejito Tropical que tenía que conseguir unas famosas cápsulas en alguna farmacia de ese pueblo perdido en un idioma que no conocía y sin receta médica.

Sin dudarlo, salió por la puerta.

Yo que iba por ahí de invencible, jugando a la embarazada cool, no sabía si llorar y darle rienda suelta al desconsuelo o contarme el cuento de que al fin yo ni quería tanto tener un bebé.

Tardó los 20 minutos más largos de toda mi vida. Regresó con la bolsita blanca de papel en la mano, sin aliento y con el sudor escurriéndole por la frente.

Respiró profundo y se sentó a mi lado en la cama con una nueva tranquilidad en el rostro.

-No te preocupes, no hicimos nada mal. Si lo perdemos, es que ese bebé no era para nosotros. Ya tendremos otra oportunidad. Y si no, significa que seremos nosotros dos para siempre. Te amo.

Hundí la cabeza en la almohada. Tenía el corazón aliviado. Por primera vez –tenía que reconocerlo- no estaba sola en las aventuras de dos.

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