Bridget Jo

Conejita de Indias

Perfil Bloguera y ajonjolí de todos los moles. Hace radio, habla mucho, canta mal y trabaja para la Empesa Más Grande de Medios del Mundo Mundial en Estados Unidos. En sus ratos libres, se transforma en una Conejita de Indias, con la absoluta frustración de nunca haber usado un bonito leotardo negro de satín, cuello y puños blancos, altas zapatillas y unas coquetísimas orejitas que hagan juego con la colita de peluche pegada en su -bien formado- trasero.

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¡Extra! ¡Extra! La conejita anuncia

Contra todos nuestros planes, el ritmo del viaje tuvo que descender vertiginosamente. Me sentía cansada como si hubiera corrido un maratón, caminaba como abuela y me tuve que comprar cinco pares de flats de varios colores para los próximos días. Este bebé tendría que agradecerme un día las fotos con falta de estilo.

Ahora lo único que me urgía era llegar a México y hacer el bendito anuncio familiar.

Preparé todo como las grandes –envolví cuidadosamente unos zapatitos tejidos y los guardé en el bolso para entregarlos en medio de mi tradicional cena de bienvenida a casa con tacos al pastor y agua de horchata.

Estábamos ahí reunidos todos los que cuentan, la familia cercana cercanísima que ha estado siempre en esos momentos para recogerme la vida cuando se me rompe a pedazos o para festejar mi resistencia cuando la vida se me vuelve a poner en marcha.

Pero sobre todo estaban ellas, mi mamá La Coneja Jefa y la suya que también parece la mía, La Coneja Abuela.

Ésta última había resistido estoicamente noventa y tantos años esperando a que finalmente le diera la noticia. Los últimos –cansada y un poco ausente- regresaba al tema mientras yo le pintaba las uñas de rojo encendido. Como no queriendo la cosa me soltaba un “para cuándo, niña”, asegurando que ya no le quedaba mucho tiempo –y yo sabía que a la que no le quedaba mucho tiempo era a mí para ganarme sus chambritas, que me enseñara a quitarle el hipo o que me abrazara como sólo ella sabe hacerlo poniendo su mano en la cara y dándome dos palmaditas.

Entregué el regalo a La Coneja Jefa que lo abrió con descuido, esperando un clásico detallito de Furla o una figurita de Swarovsky. Tardó tres segundos y medio en entender el mensaje. Su cara se iluminó y los ojos se le rebosaron de lágrimas.

–No, no, noooo, ¿en serio?, repetía ante el asombro de los presentes.

Y para mi sorpresa, en lugar de correr y abrazarme, se inclinó sobre La Coneja Abuela y le decía entre lágrimas:

–¡¿Ya viste, mamá, ya viste? ¡Vamos a ser abuelas!

Parecía una niña abrazando a mamá. Y yo estaba empezando a ponerme cursi.

La Coneja Abuela entonces regresó de su letargo de los últimos años, sonrió y contó sin parar anécdotas de embarazadas y embarazos de miembros de la familia que no logro distinguir en el árbol genealógico. Finalmente me dijo con su sólita sabiduría “Ya te estabas tardando”.

El siguiente paso era ir a ver a mi viejo Doctor de Intimidades. Por primera vez permití que mi mamá entrara conmigo a la consulta. Durante años dejarla fuera había sido casi un statement de mi independencia, una de esas acciones juveniles para marcar territorio. Nos sentábamos juntas en esa sala de espera y cuando era mi turno me levantaba casi con desdén y decía: “ahora vuelvo”.

Ya no era necesario. Por ahora, no tenía que defender ningún territorio, La Coneja Jefa ya no era mi enemiga adolescente y yo moría por compartir con ella estos momentos.

Mi Doctor de Intimidades sonrió con la cara y los ojos cuando me vio, estaba tranquilo. Me acostó en la camilla y sentí el frío del gel en el vientre. La pantallita junto parpadeaba. De pronto mi mamá, mi hermana y la amiga inseparable Bombón Bunny ya habían atiborrado la sala, tenían los teléfonos en mano y miraban fijamente al televisor. Para La Coneja Jefa era la primera vez frente a un ultrasonido –lo que quiere decir que se aventó tres maternidades completitas sin saber si alguno de nosotros venía completo, chueco o de plano si tejer en rosa o azul.

Yo sólo veía una masa gris con franjas blancas como todas esas que mis cursisísimas amigas habían subido a Facebook en los últimos años esperando que yo les encontrara la forma. Nunca lo logré.

Sin embargo, ésta vez se abrió el espacio negro y una figurita –tipo rata- se delineaba en blanco. Tun tun tun tun tun, se oyó por toda la sala.

–Ese es el corazón, dijo mi Doctor de Intimidades.

Mi mamá estaba al borde del infarto. Poco a poco le encontré forma mientras suspiraba aliviada. Los temores de las semanas anteriores desaparecieron.

Entonces llegó uno nuevo nuevecito.

Veía la forma, el puntito que parpadeaba, a las presentes tomándome fotos como si yo fuera Paulina La Coneja Dorada Rubio y no terminaba de hacer la conexión. ¡Diablos! La teoría me decía que todo eso de la pantalla estaba ahí dentro de mí, que debía derramar lágrimas ante el ‘milagro de la vida’ y seguía ahí, muda y sin parpadear, sin saber cómo diablos me había metido en todo esto.

 

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