La “pasarela laboral” del Sindicato de Electricistas

Linda lleva ocho meses viniendo todos los martes y los jueves, que es cuando el “licenciado Víctor” escoge a quien le late para ocupar una plaza en la CFE.

He conocido hombres a lo largo de mi vida. Muchos de ellos eran personas frustradas con su trabajo o estudios, muy inteligentes, peroooooo, no mantenían relaciones sexuales.

Y me hace gracia ver esa misoginia que desarrollaban. Culpaban a las mujeres de su soledad y amargura. Las tildaban de inmaduras, egoístas, superficiales y estúpidas.

Y aunque al principio era algún caso aislado, me ha sorprendido ver la cantidad de hombres resentidos que, incapaces de poder mantener una relación con una mujer, se encierran en sus habitaciones y despotrican contra todo aquello que lleve un artículo femenino.

Solo quería puntualizar eso, pues el otro día me dirigía a una cita con un amigo que vive en la colonia Cuauhtémoc, exactamente a la calle de Lerma. Varias veces había pasado por ahí y notaba que se formaban filas de personas, pero no sabía cuál era la causa. Después de dejar mi auto bien aparcado con su correspondiente monedita, me fui tranquilamente caminando hacia mi cita. De repente me topo con una marea de personas entusiasmadas abarcando toda la calle y banqueta por donde debía pasar y un tipo que me cierra el paso y me dice que no puedo pasar.

Bueno, -pensé- estos manifestantes qué se creen, yo paso porque paso, así que rodeando la multitud trato de abrirme paso y me topó con el mismo sujeto. ¡Caramba! Este wey se transportó o qué. Pues que no puedes pasar… mmmm ok, me doy la vuelta y trato de esquivar al malévolo ser que insistía en que no, que no podía pasar.

¡Ey! que ¡NOOOO! A ver chaparrito ven para acá y explícame por qué no puedo pasar por una calle en donde por lo menos no veo que haya mitin ni nada. No me contesta y me da la espalda. Una señora detrás de mí me dice: “es que va a pasar Víctor, ya casi sale”.

-Ah chingá, y quién es Víctor

Pues el mero mero del Sindicato y pues escoge quien entra a plaza.

Entonces regresó la mirada y puedo ver que se está formando una valla; sin darme cuenta ya estoy adentro de la bola de tipos y mujeres que se organizan rápidamente formando una especie de pasarela, puedo observar y me llama la atención que la mayoría de las mujeres, están vestidas de forma provocativa, leggins animal print con grandes tacones y blusas escotadas, minivestidos con colores llamativos. Muchas de ellas abrazando ositos de peluche y muñequitos con corazones.

Agárrame esto mana. Una señora al lado mío me da a sostener una cartulina que dice: “Hazme tuya”. La volteó a ver y se acomoda la blusa para que los pechos casi se le salgan por el escote.

Todo es barullo y gritos. A unos metros sale del estacionamiento un audi negro con vidrios polarizados que lentamente avanza entre la valla.

Qué Luis Miguel ni qué nada. Le extienden los ositos de peluche, agitan las varitas con estrellas, le enseñan pancartas, todos sonríen y yo, yo con mi pancarta de “hazme tuya”.

Los hombres al verse abatidos por los encantos de las mujeres gritan y agitan las manos, casi tratando que los vean primero.

Linda es la señora que me pidió que sostuviera su pancarta, su esposo Javier trabajaba en la Compañía de Luz; sabe que hay buena paga y muchos beneficios si logras una plaza. Javier es un hombre robusto y abusivo, me contaría Linda pasado el alboroto.

Sigo intentando recordar esa primera vez, su cara pegada a la mía, al mismo tiempo apretando mis pómulos para que me calle, no lo puedo creer e intento escapar, corrió detrás de mí, me tomó del cuello con mucha fuerza, abrazándome por detrás a la altura del pecho y dejando inmóviles mis brazos. Mis pies se balanceaban pero no rozaban el suelo. Me movió rápidamente de una a otra habitación hasta que me lanzó sobre la cama. Se subió encima de mí para sujetarme las piernas e inmovilizarme en el forcejeo.

Cabezazo en la nariz. Comienzo a gritar y a llorar más fuerte, me suelto y me arrincono en un lado de la cama, pegada a la pared. Me dice: «¡basta ya!, ¡para esto!, ¡no sigas!». Yo no entiendo, no sé cómo pararlo. Para volverme a agarrar me jala de los cabellos y sin querer —según él— mi cabeza se golpea contra la pared. Siento que la pinza que me sujeta el pelo se rompe y se me clava. Vuelvo a gritar de dolor. Vuelve a inmovilizarme. Cada vez que me agarra golpea mi pecho. Me ahogo entre mis lágrimas, mocos y la sangre que brota por mi nariz. La habitación está oscura. Pierdo la noción del tiempo.

Me cuenta que no sabe como acabó todo; pienso yo: “En divorcio, por supuesto”

Y, justo en el momento en el que terminó de contarme su historia, Linda ocultó su cara con sus temblorosas manos y comenzó a sollozar viéndose vieja, sabiendo que su juventud se disolvió el día que su madre le regaló un burro de planchar. En ese mismo instante, quiso meter la cabeza en el horno y desaparecer.

Lleva ocho meses viniendo todos los martes y los jueves que es cuando el licenciado Víctor escoge a quien le late para ocupar una plaza en la CFE.

Su chofer se regresa y da fichas según a quién el patrón señala, por eso es que, como ya no tengo esposo, ni trabajo, no me queda de otra. Me visto como las compañeras, como puta, no sin antes pasar mi cuota con el que organiza la valla. A ver si ya puedo entrar, es bien cansado y los compañeros siempre nos andan nalgueando, pero pues no hay de otra.

Tenía mil preguntas pero seguramente ya no me respondería ninguna, le di su pancarta y le deseé suerte. -No sabía- le dije.

Esta vida parece ser de los fuertes, que son personas que te dicen abiertamente que hace tiempo construyeron su mundo particular y su coraza para sobrevivir en esta jungla y que a ellos «no les tose» nadie. Es más, reconocen que al débil siempre se le pisará el cuello.

Víctor Fuentes del Villar es el líder del Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (SUTERM), el gremio de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), desde 2005. Y según dicen los que estaban ahí, con el dedo índice elige quién le agrada para tener una plaza de trabajo.

Yo no llegué a mi cita. Sólo pude tomar una foto donde se ve la valla, las mujeres vestidas provocativamente, una de ellas con sus muñecos de peluche y su varita que agita todos los martes y los jueves, cuando el patrón sale.

Historias de algo políticamente incorrecto.

Hasta la próxima.

victor

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