Rodrigo Díez

El abogado del diablo

Perfil Abogado constitucionalista y profesor de la Libre. Maestro por Harvard. Escritor, aficionado al box, videojugador empedernido. De niño quería ser lo mismo que quiere ser hoy: futbolista. Al analizar resoluciones de jueces y tribunales le gusta, como en casi todo en su vida, armarla de tos. Síguelo en: @Rodrigo_Diez_10

Ver Más

Videojuegos: ¿qué tan libres somos?

 

 

More than any other form of entertainment, video games tend

to divide rooms into Us and Them. We are, in effect, admitting that

we like to spend our time shooting monsters, and They are,

not unreasonably, failing to find value in that

Tom Bissell

Extra Lives: Why Video Games Matter

 

 

Normalmente los buscapleitos corremos el riesgo de dar la imagen de alguien dispuesto a hacerla de jamón por cualquier cosa, o sea, de exagerado. Por fortuna, de vez en cuando se nos atraviesa un regalo que justifica nuestros desplantes, como la iniciativa que presentó el 11 de diciembre el senador Puente en relación con un mecanismo de clasificación de videojuegos. Advierto que soy un videojugador en serio. Lo digo para mostrar abiertamente mis cartas y no jugar con un falso disfraz de neutralidad. Así que ahí va para no dar más largas: la iniciativa es, sin más, ofensiva. En primer lugar, porque (ya lo dije) me encantan los videojuegos; en segundo, por su ignorancia sobre el tema; tercero, por la superficialidad de sus juicios.

La iniciativa está animada por una preocupación legítima: los niños. Desafortunadamente, la instrumentación es, por decir lo menos, deficiente. Con bastante ingenuidad, el senador intenta establecer un mecanismo para restringir los videojuegos violentos o que usen lenguaje procaz a los niños. Para ello propone otorgar a Segob una facultad con un leve tufo a censura: la autorización. Si el Congreso aprobara esta iniciativa, no sería posible comercializar ningún videojuego sin que Segob lo autorice y lo clasifique. Los alcances de la facultad no son claros, pero parece que Segob puede negar la autorización a un videojuego con la cantaleta  del “interés superior del niño”, argumento que sirvió, ahí nomás, para negarle a la juez chilena Karen Atala la tutela de sus hijas por homosexual.

Para los interesados en el tema, les recomiendo el caso Brown v. Entertainment Merchants Association de la Corte norteamericana, asunto en el que se declaró la inconstitucionalidad de una ley californiana que restringía la venta o renta de videojuegos violentos a menores. Según la Corte, la ley carece de sustento, entre otras, por dos razones. Si el objetivo era proteger a los niños, la ley abarca menos casos de los que debería, pues igual de violentos son caricaturas, libros o comics. Si el objetivo era proporcionar a los padres una herramienta para decidir si sus hijos pueden comprar un determinado juego, abarca más de lo que debería pues ya existe un sistema de clasificación que cumple ese objetivo. Pero basta de tecnicismo abogadiles, pues lo divertido del proyecto no es la autorización ni las demás locuras sino la “exposición de motivos”, esa parte de las iniciativas en las que el autor manifiesta sus razones para presentarla. Aquí les dejo unas cuantas joyas con las que se pueden topar:

“Tal situación [el acceso de los menores a los videojuegos] es de suma importancia porque muchos de estos juegos tienen contenidos con marcada discriminación sexual, racial, tortura, xenofobia, violencia, por mencionar algunas”. El senador parece ser incapaz de distinguir entre ficción y realidad. Por si fuera poco, muchas de esas cosas tan feas también las encontramos en libros como El buscador de cabezas o Heart of Darkness, por mencionar sólo dos. ¿Será que si leo Blood Meridian me lanzaré a cazar indígenas?

Otra más: “sin embargo, para otros especialistas los modelos violentos que observa el niño en los videojuegos pueden ser fuente de aprendizaje para éste, ya que la relación que establecen los niños con los videojuegos es interactiva, no son receptores pasivos como en la televisión”. ¿Cuáles especialistas? ¿Él? Por lo dicho, seguro cree que la literatura no es interactiva. ¿Cómo explicarle eso? ¿Cómo hará sus lecturas? La literatura no puede ser sino interactiva. De hecho, entre más interactiva es mejor, según la opinión del juez Richard Posner, conocedor del derecho y de la literatura.

Para no ser demasiado parcial les dejo un punto en el que el senador tiene razón. Touché: “…en otras ocasiones se puede constatar que el abuso de éstos [sic] puede llegar a interferir en la vida diaria, en aspectos como el trabajo, la higiene personal o incluso la comida”. Me declaro culpable: no sólo he llegado a faltar al trabajo por jugar videojuegos (alegando enfermedad, claro está), también me he olvidado de uno que otro baño sabatino por rescatar princesas o conquistar reinos lejanos.

Casi para terminar, les dejo mi favorita: “varias referencias bibliográficas recogidas ponen claramente de manifiesto que la exposición a juegos violentos, racistas o sexistas está significativamente ligada al incremento de comportamientos agresivos y trastornos de afectos y pensamientos…”. Las “varias” referencias en realidad es un sólo estudio del Dr. Craig Anderson, estudio sobre el cual la Corte norteamericana dijo lo siguiente: “Estos estudios [el de Anderson y otros similares] han sido rechazados por todas las cortes que los han considerado, y con buenas razones: no demuestran que los videojuegos violentos provoquen que los menores actúen agresivamente”. Acudo a la Corte norteamericana no porque sea infalible, sino porque se trata de un tribunal muy serio y especialmente cuidadoso en temas de libertad de expresión. En un tema como las preferencias estéticas no puedo más que confiar la opinión de una Corte que dice esto: “los juicios estéticos y morales sobre el arte y la literatura los debe hacer cada individuo, no los debe decretar el gobierno, aun con el mandato o la aprobación de una mayoría” (United States v. Playboy Entertainment Group, Inc.)

En lo personal, considero peligroso cualquier acto del gobierno que pretenda regular la libertad de expresión, ya sea en su faceta de producir o decir algo (diseñadores de videojuegos) o en su faceta de recibir información (los consumidores). Pocas cosas me molestan tanto como que el gobierno pretenda decir (a mí o a un menor de edad, da lo mismo) qué es un juego (o libro, para el caso) violento o procaz. Es responsabilidad nuestra estar atentos ante cualquier posible violación de derechos fundamentales, especialmente si se pretende enmascarar con argumentos supuestamente bien intencionados.

 

 

Related

Deja un comentario