Los groupies de la Corte

Uno de los fenómenos más interesantes alrededor de las discusiones en la Corte es el enfrentamiento que se desarrolla al margen de la propia Corte, a un lado del ring por decirlo de algún modo: en los círculos académicos, en Twitter o en los periódicos. Consciente de las limitaciones propias de las etiquetas, es fácil distinguir a progres y conservadores, tal como entre los ministros.

Los grupos de rock los cuentan por miles, al igual que las películas de Star Wars. En tiempos recientes, el fenómeno ha llegado incluso a las novelas infantiles y juveniles. Era cuestión de tiempo que la Corte los tuviera: los groupies.

Durante esta semana los ministros de la Suprema Corte han estado discutiendo un tema que ha logrado acaparar la atención de buena parte de la comunidad jurídica. El problema consiste en determinar si como consecuencia de la reforma constitucional en materia de derechos humanos de 2011, la Constitución sigue siendo la norma suprema o si existe un bloque con la Constitución y derechos contenidos en tratados, ambos al mismo nivel. La polémica ha seguido un guión que comienza a volverse familiar: en términos muy generales, primera sala contra segunda sala. Técnicos contra rudos. ¿O será rudos contra técnicos? Progres contra conservadores, para no complicarlo. Este jueves nos enteramos que el asunto se resolverá hasta la próxima semana así que a esperar. Mientras tanto, me gustaría hablar de algo distinto pero muy relacionado con lo anterior.

Un pleito distinto

Uno de los fenómenos más interesantes alrededor de las discusiones en la Corte es el enfrentamiento que se desarrolla al margen de la propia Corte, a un lado del ring por decirlo de algún modo: en los círculos académicos, en Twitter o en los periódicos. Consciente de las limitaciones propias de las etiquetas, es fácil distinguir a progres y conservadores, tal como entre los ministros.

Los progres aseguran que el viejo paradigma ya se agotó y que los tiempos cambiaron. De su lado tienen, generalmente, a buena parte de los académicos más populares, maestrías en el extranjero, mucho entusiasmo y una buena dosis de intolerancia. Para ellos es claro que el artículo 1º constitucional establece un bloque compuesto por Constitución y derechos humanos de tratados o, al menos, que dicho artículo resulta incompatible con la idea de una jerarquía con la Constitución en la cúspide. La principal crítica que se le hace a esta postura es que sin una norma suprema caeremos en un abismo de inseguridad jurídica. El peligro tiene algo de cierto aunque, como con todos los temores, hay buena parte de exageración, algo muy parecido a la escalada del mal a la que se refería De Quincey cuando decía que “si uno comienza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del  día del señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”.

Los conservadores aseguran que a pesar de las bondades de los derechos humanos, la Constitución es la Constitución. O más bien, LA CONSTITUCIÓN. Entre sus filas se encuentran, generalmente, abogados “tradicionales”, bibliotecas más bien pasadas de moda, algunos impulsos anti-académicos y una buena dosis de miedo al cambio. La principal crítica que se le hace a esta postura es su hermetismo ante cualquier fenómeno que sugiera innovación. Esta posición se debilita día a día, especialmente porque no tiene a los mejores argumentadores. Los buenos son pocos y sus opiniones tienen poco eco pues de inmediato se les toma como unos formalistas con alma de abogado del siglo XIX. El diálogo entre los dos puntos de vista es casi inexistente y se agota en ataques facilones a partir de los cuales unos dicen que los otros son reaccionarios trasnochados y los otros dicen que los unos son traidores de la patria. Así no se llega a ningún lado.

¿Más parecidos que diferencias?

No me sorprende que haya dos posturas tan incompatibles, eso es normal, es como preferir cerveza obscura a clara, es algo que pasa y hay que saber lidiar con ello. Lo que no puede pasar inadvertido es el tono de ambos bandos. Visto con cuidado, los dos proceden de manera muy similar. No me refiero al fondo del problema (jerarquía o no jerarquía) sino al modo en el que defienden sus posturas.

Unos y otros aseguran, como si se tratara de una obviedad, que el artículo 1º dice lo que ellos dicen. Según esto, basta leerlo y usar esa cosa tan elusiva (e ilusoria) que llaman “razonamiento jurídico”. Y ahí es donde empiezan las dificultades. Ambos grupos suponen con cierta convicción que si una lectura del artículo 1º no coincide con la suya, está equivocada en un sentido muy similar a decir que cinco por cinco es treinta. Pero creo que esto es un sinsentido. Me explico. El derecho es, en última instancia, lenguaje. Y el lenguaje es ambiguo y vago. Esos dos defectos (al menos en el derecho, no así en campos como la literatura) nos obligan a reconocer limitaciones cuando interpretamos un artículo. Y eso pasa con el 1º constitucional, pues dada la redacción del artículo, ambas posturas son admisibles. ¿Entonces por qué tanta bronca? Pues porque el pleito tiene poco que ver con el razonamiento jurídico o con la interpretación de las normas sino con ideas, valores, convicciones, afinidades políticas.

Inclinarse por una u otra postura no obedece a una lectura correcta o equivocada del artículo. Las dos visiones requieren, además, asumir una postura política, ética, teórica. El problema es que casi todos actúan como si su opinión se “desprendiera” de manera natural del texto constitucional. Buena parte de los integrantes de estos grupos argumentan como si determinar el sentido de una norma fuera una operación mecánica, como si bastara con escuchar atentamente los susurros de la Constitución. Ambos olvidan esto: el sentido de las normas se construye, no se descubre. De ahí viene mi malestar, del hecho que presenten su opinión como si fuera la única posible, la obvia, la correcta. Que cada quien diga lo que quiera pero que lo diga completo, sin ese tono dizque aséptico y neutral de jurista-científico-filósofo.

¿Jerarquía o no jerarquía?

Para que no se me acuse de criticar desde una posición cómoda y no arriesgar una opinión, aquí les dejo la mía. ¿Es posible olvidarnos de la jerarquía de las normas? No sin pagar un precio considerable. Si el problema del que estamos hablando es si en un caso concreto de violación de derechos humanos se debe preferir la Constitución o el derecho de un tratado internacional cuando éste sea más favorable, parece obvio preferir el segundo. Si queremos ser consecuentes con el principio pro persona (aplicar el derecho más favorable) no hay otra salida. Ante un conflicto entre Constitución y tratado, simplemente apliquemos el más favorable, la jerarquía sale sobrando. Desafortunadamente esto tiene un lado oscuro que va más allá de la protección de los derechos humanos.

Si aceptamos sin ningún tipo de reserva que la Constitución no es la norma suprema, abrimos la puerta al argumento según el cual la Corte puede revisar la constitucionalidad o convencionalidad de las reformas constitucionales. Habrá quienes consideren una buena idea dar este poder a la Corte pero en lo personal no comparto su optimismo. Con suficiente tiempo e ingenio, casi cualquier conflicto se puede convertir en un tema de derechos humanos y eso da un poder inmenso. Mi reserva frente a esta posible atribución de la Corte no deriva de un argumento jurídico sino de una preocupación por el diseño institucional: una facultad tan poderosa como ésta afecta el equilibrio de poderes. Si queremos eliminar la “supremacía” del órgano reformador (el tan chocante “constituyente permanente”) adelante, pero hagámoslo mediante los mecanismos previstos en la propia Constitución y llevemos a cabo un reajuste del equilibrio y colaboración de poderes. Habría que emparejar el piso, pues.

Como no quiero ocultar mi postura debajo de un falso disfraz de neutralidad científica, lo diré sin rodeos. No me gustaría que la corte revisara las reformas constitucionales porque desconfío de un poder tan superior a todos los demás. Si queremos olvidarnos del tema de la jerarquía no hay problema, no sólo es consecuente con el principio pro persona sino que es reconfortante, pues nos hace sentir comprometidos con la dignidad humana. Pero no olvidemos la tensión que está en el centro de todo: para hacer esto debemos pagar un precio muy alto. ¿Están dispuestos a hacerlo?

 

@Rodrigo_Diez_10

 

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