Asamblea Nacional Ciudadana

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Apocalipsis contra ilusión: postactivismo

 

Por: Ximena Peredo  (@ximenaperedor)

 

A diferencia de la historia de los últimos treinta años en Monterrey, el año que despedimos – el 2011 –, nos dejó imágenes profundamente inspiradoras sobre la activación de una nueva generación de ciudadanos de todas las edades. ¡Dimos una espléndida pelea contra la resignación! Sin embargo, es difícil hacer un balance positivo cuando reconocemos que pese a nuestros esfuerzos y argumentos se deforestó La Pastora, no se aprobaron ni la Ley para el Bienestar Animal, ni la de Participación Ciudadana, ni se presentaron avances dignos de mención en la búsqueda de personas desaparecidas, por nombrar sólo algunas exigencias ciudadanas. Las condiciones que facilitaron esta sordera política nos convocan a revisar nuestro activismo; de lo contrario, podríamos instalarnos en el martirio de los salvadores del mundo o, lo que es más común, nos consumiremos en esfuerzos dirigidos a interlocutores inexistentes. Es un buen momento para revisar si nuestro objetivo es luchar contra el problema que advertimos, o erradicarlo.

El activista regiomontano es visto por su sociedad como una persona débil, conflictiva y floja, que traiciona al progreso. A pesar del difícil año que tuvimos, la sociedad regiomontana parece conformarse con haber ganado un campeonato de futbol. Pero los activistas también preferimos ignorar algunas realidades. No queremos asumir, por ejemplo, que el Estado mexicano es un cascarón; que no imparte justicia, ni administra lo público y que prima la impostura sobre la representación en todos los niveles de gobierno. Es peor: denunciamos estos hechos pero actuamos como si no fuera del todo cierto. Gritamos ¡este tren va hacia el desfiladero!, pero por alguna razón no saltamos fuera de él. En este breve ensayo quisiera plantear el postactivismo, hijo desilusionado de tres utopías llamadas progreso, desarrollo y representación. El postactivismo denuncia la fuente de los malos entendidos que han generado estructura y sistema por sobre las evidencias de su malestar.

Mi pregunta provocadora es si estamos ante una falla del sistema o si la falla es seguir creyendo en el sistema.

 

El activista fantasioso

La posmodernidad nace de la gran desilusión colectiva ante el fracaso de las promesas modernas. Se distingue por la ausencia de motivos. Es la victoria del sinsentido sobre el mercado de ortodoxias. La modernidad prometía desarrollo en lo social, progreso en lo económico y representación en lo político; por ende, el activismo tradicional exigía el cumplimiento de estas promesas. El postactivismo, en cambio, no exige lo imposible. Más que desconfiar de los perfiles, comprende los límites de las estructuras. Ya fue a todas las peleas y regresó para contar que el problema no es saber exigir, sino provocar una mudanza hacia otra lógica.

Creo que no soy la única en preguntar si no estaré peleando contra molinos de viento o si, peor aún, estaré acreditando a impostores de la representación cuando protesto o dialogo frente a políticos. En esta crisis sistémica los gobiernos necesitan ser legitimados para no perder su poder. Qué mejor forma de refrendarse que siendo interpelados por la beligerante masa crítica. Así nos insertarnos en una suerte de “fantasía democrática”, no siempre por ingenuos, sino porque “es lo que hay”. Llevar nuestra lucha a las instituciones  quizá fue un acierto y un signo de madurez cívica pero fue una decisión tardía. Ahora que estamos haciendo antesalas, que entregamos documentos, iniciativas, estudios; que preguntamos, que denunciamos, que impugnamos; parecemos los últimos en enterarnos que el gobierno se hipotecó hace tiempo. Este último año me convencí del desperdicio de apostar toda nuestra energía a impedir un desastre que nosotros mismos juzgamos inminente. Si fuéramos mayoría quienes denunciamos y actuamos, podríamos prever un escenario más halagüeño por la vía de la protesta, pero somos una ínfima minoría que crece con timidez. Más nos vale entonces comenzar a construir otro modelo de entender el mundo que nos regrese la calidad de vida que hemos perdido. Confiar en derrotar a Goliat es más apocalíptico que iluso; quizá sería mejor que David se moviera de posición. Esto no es el hilo negro. Se trata de habitar la Tierra de distinto modo.

 

Tres utopías: desarrollo, progreso y representación

Nada ha corrompido más a la clase obrera, dice Walter Benjamin, que la creencia de estar nadando a favor de la corriente. Comte-Sponville diría que nada nos ha hecho más daño que creer que la verdad está de lado de nuestros sueños. Al convertirnos en seguidores del progreso creímos que formábamos parte de los ganadores del planeta – de ahí que en su nombre nos atrevamos a sacrificar tanto por tan poco. El progreso es una creencia dogmática. Ahora sabemos que la riqueza del mundo se concentra gravemente en un porcentaje ínfimo de la población, que la explotación irracional de los recursos nos ha lanzado a una contingencia ecológica sin parangón y que la desigualdad es la madre de la violencia. El progreso es un macroconcepto que justifica la precarización del empleo. Prioriza abstracciones como el PIB (producto interno bruto) sobre las condiciones de vida de las mayorías. Nos toca llevar al banquillo del juicio al “progreso” que defendieron marxistas y capitalistas por igual: esa obsesión por la explotación de los recursos sin mesura, ese concepto tan abstracto por el que ha sido válido sacrificar calidad de vida, como si esta fuera una experiencia Nintendo. En nombre del “progreso” hemos exterminado miles de especies animales, terrícolas igual que nosotros con el mismo derecho sobre el planeta. En nombre del progreso hemos aceptado contratos laborales que reducen nuestra experiencia de vida a trabajar de sol a sol a cambio de dinero. Tendríamos que estar convencidos de que existe la vida eterna porque, de lo contrario, parece que estamos desperdiciando nuestra última oportunidad de ser lo que somos.

Se le ha llamado “desarrollo”, pero al paso de los años nos hemos vuelto incapaces de resolver problemas de supervivencia. La persona ha quedado despojada de sus opiniones y saberes y, por ende, de su autonomía. Somos animales domesticados perdiendo habilidades básicas para subsistir en la urbe. No trabajamos la tierra, ni cazamos, ni recolectamos agua, ni conocemos métodos naturales para curarnos enfermedades o dolores. Estos saberes nos mantenían libres. Ahora para comer y sanar necesitamos dinero. También lo necesitamos para movernos. Hemos perdido condición física. El cuerpo se convirtió en una carga, siendo antes nuestro más básico vehículo. Ahora movernos cuesta muy caro.  Mientras más dependientes del dinero somos, más agravamos la desigualdad entre las personas y por ende la violencia. (Nos indigna el alto precio de la gasolina, por cierto, cuando lo que debería indignarnos es que estamos atascados en un modelo inoperante de dependencia de combustibles fósiles y de vehículos altamente contaminantes). Cuando nos estudien las próximas generaciones pensarán que nuestra civilización sucumbió porque dejamos de pensar lógicamente.

La otra gran ilusión se llama representación democrática y cuenta casi con el mismo nivel de promoción mediática que el progreso neoliberal. Sólo nos llaman a votar. Por defender nuestros derechos muchas veces somos reprimidos. El sistema “democrático” es un disfraz de la oligarquía. Pero eso sí, pagamos una superproducción para que parezca de a de veras: Congreso, Palacio de Gobierno, fotografías del góber en todas las dependencias, tomas de protesta, informes, elecciones. Nuestra democracia no ha superado su etapa procedimental. No es más que un sistema de ingeniería electoral. El ciudadano se siente muy orondo porque acaba ejercer su derecho al voto sin advertir que lleva una gran soga atada al cuello. A mis treinta años sería ridículo creer en Santa Clós, y sin embargo, se espera que me adhiera a la fantasía de la representación. Hoy en día de poco sirve estar informado y representar una postura propia si jamás somos consultados.

A los más críticos los convencen haciéndoles creer que los tiempos electorales son la oportunidad idónea para castigar a los malos partidos. ¿Hay alguno bueno? Las elecciones son una gran simulación con la que legitimamos la inoperancia deliberada del sistema político. Las condiciones de la política local son desoladoras. Mientras sigamos creyendo que “mi candidatura – o mi candidato – justifica los medios” no podremos ser autores del verdadero cambio; mientras sigamos enganchados con la estructura piramidal no podremos mudarnos a un modelo colaborativo en el que todas las partes progresen. Esto no es ilusión, ni romanticismo trasnochado. El sistema democrático jamás traicionará al neoliberalismo. No seamos ilusos. La desigualdad entre las personas es la política más aplaudida por las financiadoras del Estado. No perdamos mucha de nuestra energía apostando por el mejor caballo que corra hacia el precipicio.  No vayamos a darnos cuenta tarde de que el tablero del juego se podía doblar en cualquier momento para jugar algo distinto. Tal vez sonaría muy apocalíptica diciendo que no deberíamos votar porque perpetuamos el desastre político, pero tampoco quiero negar que el 1 de diciembre de 2012 tendremos un nuevo presidente, y esta disyuntiva es un gran desafío ético para la ciudadanía.

 

Postactivismo 

Aunque vale la pena denunciar los horrores, sobre todo cuando se defiende la vida y la dignidad de seres vivos, no resulta sino iluso creer que en estos tiempos la protesta, el diálogo (¿con quién?) o la denuncia cambiarán el curso de los días. No es así. Paralelamente nos toca hablar del otro mundo que es posible: del progreso basado en la colaboración y de la desaceleración de la producción hasta regresar a la escala humana, de preferir el consenso sobre el mandato de la mayoría y de ejercer la representación de uno mismo.

Hablo de comenzar la mudanza, aunque esto nos puede tomar toda la vida. Con esto no sólo pienso en las futuras generaciones sino en nosotros, porque nadie se quema más que quien está en la línea de fuego, combatiendo. No podemos aceptar que se nos endurezca el rostro de resignación o que justifiquemos nuestras derrotas con discursos maniqueos: nosotros buenos, ellos malos. Construyamos micro huertos domésticos y troquemos sus frutos, usemos nuestra energía para movernos en distancias medias. Tomemos decisiones por consenso, evitemos las votaciones. Formemos parte de alguna red de comercio justo. No compremos productos o en tiendas que vendan productos que están transgrediendo los derechos humanos. Evitemos comprar marcas – desmitifiquemos el poder de éstas. Reduzcamos el uso del dinero y comencemos a intercambiar bienes y servicios. Revaloremos a las cooperativas como modelos de negocios rentables y sostenibles. Compartamos nuestro conocimiento, intercambiemos saberes. Aprendamos a confeccionar nuestra propia ropa o conozcamos a la persona que la confecciona. Prefiramos productos locales. Hablemos menos de los partidos políticos y sus candidatos y discutamos más sobre cómo podríamos pasarla mejor, cómo podríamos hacer que mejore nuestra experiencia de estar vivos y qué podríamos proponer a las próximas generaciones para que su calidad de vida se incremente, se enfermen menos y disfruten más.

Independientemente del cariz de nuestras causas, convoquemos a reflexionar sobre el poder de los medios de comunicación, especialmente de la televisión. El desastre cultural en que nos encontramos no es culpa del reggaeton, sino de que no hay otra oferta en la televisión. La televisión es un invento maravilloso del ser humano pero que por desgracia se ha convertido casi exclusivamente en aparato de propaganda. Busquemos espacios abiertos o aprovechemos el internet para enviar otro tipo de mensajes a la comunidad.

El postactivismo nace entonces de comprender la improcedencia de los sistemas económico, social y político operantes. Por considerar inviable su salvación, el postactivismo promueve – mientras lucha por las causas que le entusiasman – un cambio de paradigma hacia la colaboración. El postactivismo nace en las noches en que comprendemos que el problema es seguir creyendo en los escenarios que publicitan los principales beneficiarios de sistemas obsoletos.

 

Nuevos interlocutores

Lo que procede es hablarle al ciudadano, a la ciudadana: vale la pena esforzarse en ampliar la base de indignados. ¿Por qué desgastarnos exigiendo al 1 por ciento de la población de este planeta que se ponga en los zapatos del otro, si lo que nos mantiene paralizados es que las mayorías permanecen indiferentes? La invitación es a que, en adelante, toda protesta, toda exigencia a los gobiernos, sea formulada con una intención pedagógica de informar y dejar en el ciudadano común la responsabilidad de que él mismo se convierta en agente de cambio para su comunidad.

 

Recomendaciones

 

Libros:

 

Capea, Juan-Ramón; Entrada en la Barbarie; Trotta; 2011.

 

George, Susan; Sus crisis nuestras soluciones; Icaria y Oxfam; 2010.

 

De Sousa Santos, Boaventura; Producir para vivir; FCE; 2011.

 

Películas:

Grizzly Man, de Werner Herzog 2005

 

Videos:

Sobre cómo la desigualdad lastima a las sociedades, conferencia de Richard Wilkinson para TED (sólo en inglés)

 

La historia de las cosas

 

Año Internacional de las Cooperativas 2012

 

La estupidez de quejarse y protestar

 

Los amigos de tus amigos influyen en tu vida

 

Marcha en defensa de los animales en Monterrey

 

Marcha de las preguntas

 

Otro sobre la Marcha de las preguntas

 

Diagnóstico desde CADHAC sobre los derechos humanos en NL en 2011

 

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