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7 razones para no etiquetar a los jóvenes

El 12 de agosto, El País publicaba la aparición de un nueva “tribu” urbana denominada los YUKIES (Young Urban Kreative International), los describía  como los nuevos “Yuppies” y responsables de la gentrificación del barrio de Williamsburg en Nueva York. ¿Rasgos?: Creativos, mucho tiempo, mucho dinero y un alto sentido de lo “estético”. Lo que llama la atención de esta nota es la perspectiva económica sobre lo joven y la alerta a las marcas sobre quién será su próximo y potencial consumidor.

Cierto, el mercado, la publicidad y los medios son los co-creadores para bien y para mal de lo juvenil (Park, 1962), esta “invención” sin duda ha cambiado todo en la historia reciente, pero  sólo es una dimensión del tema. Textos no tan optimistas dan cuenta de que no todas las tribus juveniles que aparecen traen consigo la buena noticia y promesa del consumo (por ejemplo en México, los Ninis o lo Chakas). Sea como sea los jóvenes siguen siendo una noticia inacabada con cada vez más aristas y complejidades que nos hace difícil la tarea de etiquetarlos.

A continuación presentamos siete razones que consideramos importantes al hablar de los jóvenes, tanto los prematuros como los tardíos. Cada una de ellas basada en el trabajo de investigación y distintas fuentes sindicadas LEXIA. La intención simple y ambiciosa es transmitir la necesidad de un cambio de mirada para verlos como realmente son y no como hemos querido que sean.

(1)   Culturas juveniles. No tribus: Tribu se refiere a formas sociales anacrónicas fijadas a un espacio físico y sustentada por sus rituales.  Hoy no podemos hablar de espacios fijos, su nomadismo da cuenta de esto. Los espacios que habitan y desde los cuales se están expresando no precisamente son físicos. Qué podemos decir de los rituales, cuando lo que vemos es un eclecticismo en cuanto a sus prácticas, un “gusto totémico” que ha modificado toda lógica de encasillamiento.

(2)   Practicantes del cambio y el movimiento: “Somos porque estamos siendo, tenemos derecho a no decidirnos” consigna de “Los Indignados” que alude a ese rasgo del joven actual que sabe que su juventud es una decisión “elástica” y no ese intervalo entre ser estudiante y ser trabajador. Ese apego por el  cambio, movimiento, la emergencia. Culturas intersticiales (Rosaldo, 1999) cuya lógica de existencia es justamente no terminar de tener una forma, porque lo fijo muere.

(3)   Nuevos lenguajes, nuevas capacidades, nuevos territorios comunicacionales: Los  jóvenes tienen nuevas competencias comunicativas, expresivas y narrativas tomadas de los territorios desde donde fueron etiquetados. Nativos tecnológicos, formados por los medios y empoderados por el consumo han podido conquistar un nuevo contexto comunicativo sin precedentes que otros jóvenes no tuvieron (ciberespacio, ubicuidad o anonimato). No sólo tienen algo que decir, sino que tienen otras formas y otros lugares dónde decirlo.

(4)   Parvadas inteligentes, masas críticas (otros pretextos para estar juntos): Elementalmente sociales, aprendieron que lo social se construye mejor desde lo individual. A diferencia de sus antecesores,  aprendieron que “el nosotros” antes que el “yo” no siempre tuvo finales felices. Masas críticas o parvadas auto-reguladas, no inspiradas por el tumulto ideológico sino por la reacción y el placer de estar juntos. La generación que sabe juntarse y desjuntarse sin sacrificar lo individualidad.

(5)   La expresión individual es más importante que la opinión colectiva. Toda visibilidad arriesga su privilegiada posición de outsider y si acaso “debe” verse ira acompañada de un componente narrativo personalizado, sofisticado y codificado con un fin específico bien claro: presentarse como persona e individuo en un mundo abierto y curioso (el ciberespacio como escaparate, confesionario y escenario). En este individualismo practicado, se destacan los contenidos que refuerzan lo auténtico, honesto y diferenciado. Si las expresiones individuales coinciden serán una “bomba”; devastadora no por su fuerza sino porque se suponía inexistente (132).

(6)   El consumo como poder: Este capitalismo brutal les ha enseñado que valen por su capacidad de consumo, no por su capacidad de producir. El consumo es un catalizador de identidad que aclara su rol “borroso” en la economía. Por sus compras los conoceréis. Comprar, entonces, les permite decidir y al hacerlo consolidan su derecho de la nueva ciudadanía; es decir confianza; es decir poder (Luhmann).

(7)   Se ven a sí mismos como marcas: Las marcas hoy por hoy tienen más relevancia e impacto que las instituciones sociales y estas han sabido dotarse de una personalidad para hacerse más cercanas a sus consumidores. Ser uno de ellos. Los jóvenes están aprendiendo esto de las marcas y lo llevan a la práctica convirtiéndose en expertos en construirse a sí mismos.

La perspectiva antropológica, menos prejuiciosa que experta, es necesaria para entender la esencia mutable, multidimensional y ecléctica de lo joven; ajustar la mirada y no empeñarnos en lo “fijo” pues cuando las culturas juveniles deciden hacerse visibles,  están cambiando.

¿Cuál será la siguiente fase con la que nos sorprendan los jóvenes?

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