Para repensar las estadísticas del homicidio en México

Necesitamos implementar un nuevo sistema de información delictiva que recolecte no sólo las coordenadas geográficas exactas donde ocurrió un homicidio (incluyendo la ubicación puntual del domicilio de las víctimas), sino análisis toxicológicos y socioeconómicos de éstas para determinar las posibles fuentes de contagio de esta grave epidemia social en nuestro país.

Por: Mónica Ayala y Jonathan Furszyfer

En 1854 una epidemia de cólera afectó profundamente la salud de los habitantes del barrio de Soho, en Londres. Varias personas murieron y muchas otras comenzaban a enfermarse sin que se supiera por qué o cómo, ya que hasta el momento la verdadera fuente de contagio era desconocida y, por lo tanto, era imposible diseñar políticas públicas para detener el avance de la epidemia. En aquellos años, enfermedades de este tipo se vinculaban con “malos aires”. Sin embargo, la curiosidad y visión metodológica de un médico llamado John Snow cambió por completo el paradigma epidemiológico de sus contemporáneos, al demostrar que el cólera se adquiría por beber agua contaminada.

La investigación epidemiológica y geográfica de Snow se basó en la recolección de datos georeferenciados y mórbidos, a través de tres variables clave: la ubicación exacta de las bombas de agua, las casas que estaban conectadas a éstas y la documentación de la sintomatología de los vecinos. La evidencia fue innegable: al mapear las bombas de agua y sus canales de distribución, Snow se dio cuenta que únicamente los habitantes de los hogares que consumían agua de la bomba ubicada en la calle Broad habían presentado los síntomas (o las consecuencias mortales) del cólera. Como el propio Snow documentó:

Al proceder a la ubicación, encontré que casi todas las muertes habían sucedido a una corta distancia de la bomba [ubicada sobre la calle Broad]. Sólo hubo diez muertes en casas situadas más cerca de otra bomba. En cinco de esos casos, las familias de los difuntos me informaron que siempre iban a la bomba de la calle Broad, ya que preferían el agua de ahí al de las bombas que estaban ubicadas más cerca. En los tres casos adicionales, los fallecidos eran niños pequeños, los cuales atendían una escuela cerca de la bomba de la calle Broad[1].

La demostración del vínculo causal entre las bombas de agua contaminada y el cólera cambió la percepción y el diseño de políticas públicas para hacer frente a un problema simple. No obstante, la solución para prevenir más casos requería de datos complejos y al menor nivel de agregación posible (en este caso, las coordenadas geográficas de las bombas de agua, los hogares conectados a éstas y las estadísticas vitales de los londinenses) para descifrar las fuentes de contagio y de esta manera tomar medidas especializadas al respecto.

Actualmente, casi 160 años después de su elaboración, el modelo de Snow ha evolucionado hacia el desarrollo de nuevas tecnologías de análisis geográfico para estudiar, prevenir y detener los patrones criminológicos a nivel local. A diferencia del cólera, los homicidios responden a una multiplicidad de causas: pueden ser consecuencia del crimen organizado, de la violencia intrafamiliar, de riñas o actos fortuitos, entre otros. No obstante, también es posible encontrar patrones sistemáticos que pueden ayudarnos a prevenirlos a través del entendimiento de sus factores de riesgo[2] y su distribución geográfica.

En Estados Unidos, el análisis de “puntos calientes” (hotspots) es una de ellas. Al considerar variables como el número de bares, prostíbulos y edificios abandonados en una manzana, algunos investigadores han podido calcular la probabilidad de observar un homicidio[3] u otros crímenes dentro de ésta. Asimismo, con el uso de hotspots geoespaciales se puede predecir las trayectorias de expansión de un área violenta (definida a través del número de homicidios en una manzana) hacia vecindarios circundantes y más pacíficos, como si se tratara de una ola de expansión desde un epicentro[4]. Así pues, un análisis local y detallado de las características que dieron luz a un hotspot de homicidios también puede proporcionar los antídotos para contener su contagio.

Un análisis geográfico realizado en Bogotá, Colombia, prueba que cerca del uno por ciento de las calles de la ciudad acumularon prácticamente todos los homicidios durante el 2012 y 2013. Los autores sugieren que “la identificación de los llamados puntos calientes del homicidio es útil como herramienta de priorización de la presencia y patrullaje policial (…) donde la ocurrencia de los delitos es más prevalente”.

Finalmente, investigadores de Brasil[5], con información a nivel vecindario en Pernambuco y un gran detalle sobre la geolocalización y el perfil de los victimarios y las víctimas de homicidio, demostraron que los primeros no salen más allá de su propio barrio para delinquir, mientras que las víctimas del homicidio fueron presas de dicho delito dentro de un diámetro inferior a los 5 kilómetros de su residencia habitual. Los resultados de este estudio ayudaron a diseñar una de las políticas para la reducción de homicidios a nivel municipal más importantes en Brasil en los últimos 10 años: “El pacto por la vida”.

Con base en los tres estudios anteriores, es posible argumentar que no sólo existe una alta correlación espacial entre el delito y los vecindarios, sino que las políticas de prevención pueden ajustarse a áreas geográficas acotadas y específicas donde podrían tener un mayor impacto en la reducción del crimen. Lo anterior es posible, sin embargo, siempre y cuando se tenga acceso a estadísticas al menor nivel de agregación posible y datos detallados sobre el perfil de las víctimas y los vecindarios.

En México, los homicidios se han convertido, desde hace 10 años, en una epidemia que continúa causando estragos día tras día en varios rincones del país, y en algunos lugares con una incidencia mayor (como, por ejemplo, en el Occidente y el Norte del país). Sin embargo, nuestras estadísticas sobre el homicidio necesitan ser repensadas para poder llevar a cabo estudios más certeros sobre sus causas, sus motivaciones y si responden a factores de riesgo específicos o espacios geográficos determinados.

Actualmente, existen dos fuentes de datos en México donde podemos encontrar estadísticas puntales sobre el homicidio.

En primer lugar, tenemos las denuncias de homicidios y otros delitos reportadas en el portal del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNPS). Sin embargo, estas denuncias están agregadas a nivel municipal, además de que los datos presentan una serie de problemas sobre su georeferencia y codificación, como argumenta Lilian Chapa, investigadora de México Evalúa. En este sentido, los datos del SESNSP no nos permiten estudiar los patrones y trayectorias del homicidio desde un enfoque microscópico o local debido a su alto nivel de agregación. Tampoco son útiles para determinar factores de riesgo relacionados a las características inherentes de la víctima (como, por ejemplo, su sexo y edad, entre otros) ni su entorno.

En segundo lugar, contamos con los certificados de defunción publicados por la Secretaría de Salud (Ssa) y el INEGI. Sin lugar a dudas, ambos son los bancos de información más completos, puesto que proveen de variables precisas sobre las causas de muerte de las víctimas del homicidio, su sexo, edad, residencia, lugar de deceso (v. gr. vía pública o vivienda), educación, etc. No obstante, en las dos bases hay un retraso de alrededor de dos años para su publicación y el mínimo nivel de agregación, a partir del 2002, es la localidad. De actualizarse más pronto y considerando información a nivel coordenada geográfica sobre el punto de muerte y la residencia de las víctimas, tendríamos una de las bases de datos más ricas del mundo en términos de salud, mortalidad y violencia.

A pesar de estas limitaciones, los certificados de muerte ya nos permiten aproximarnos al perfil de las víctimas del homicidio, en particular, a las personas más vulnerables ante este delito, a los fantasmas detrás de las cifras, a los que el sistema de justicia mantiene, en una cantidad considerable, en el olvido. Complementariamente, también pueden ofrecernos un vistazo sobre las características geográficas del homicidio y la relación que guarda el espacio con el móvil del crimen.

Como muestra el siguiente cuadro, es posible determinar ciertos factores de riesgo relacionados al perfil de las víctimas de un asesinato. En primer lugar, han ocurrido 269 mil 175 homicidios desde el año 1998 al 2013, de los cuales el 87 por ciento son del sexo masculino. Una proporción importante de las víctimas son hombres y mujeres entre 15 y 35 años de edad y con una escolaridad promedio de 6 años o menos. Otra característica rescatable es que tanto en hombres como en mujeres (61 por ciento y 45 por ciento, respectivamente), la causa de muerte más común es el arma de fuego. Por consiguiente, el perfil de la víctima nos puede aproximar, en un primer comienzo, al diseño de acciones que protejan a este tipo de individuos.

homicidios por sexo

Segundo, en el plano geográfico, encontramos que la gran mayoría de los hombres mueren en la vía pública, mientras que el lugar donde más son asesinadas las mujeres es dentro de viviendas –60 por ciento y 45 por ciento de las veces, respectivamente. Lo anterior es un resultado preocupante: tiende a sugerir, a manera de hipótesis, que, en muchos casos, las mujeres son víctimas de violencia intrafamiliar o de violencia de género en la presencia de un conocido. Adicionalmente, los datos muestran que más de la mitad de los hombres fueron víctimas de un homicidio dentro de la localidad donde residen. En este sentido, las probabilidades en los hombres de morir por un asesinato son mayores dentro de la localidad de su residencia que fuera de ésta, a diferencia de las mujeres.

¿Por qué las mujeres son más propensas a morir dentro de una vivienda (sea su domicilio particular o no) en comparación a los hombres? Y ¿por qué los hombres son más proclives a morir en la vía pública y dentro de su localidad de residencia? Si contáramos con un punto de referencia geográfico, podríamos determinar con mayor precisión en dónde se localizan las viviendas donde se perpetran crímenes contra la mujer, si éstas guardan una estrecha distancia frente a otros vecindarios mayoritariamente violentos, o, bien, si un puñado de calles en una localidad dada son las más peligrosas para los hombres.

En suma, los resultados a nivel localidad son relevantes en el diseño de políticas públicas para la reducción del homicidio. No obstante, ¿qué podríamos conseguir con datos a nivel coordenada geográfica? Si bien los datos de la Ssa arrojan tanto hallazgos relevantes, como hipótesis interesantes, podríamos llevar esta discusión a un plano todavía más especializado cuando contemos con datos a una escala menor, como lo han demostrado estudios criminológicos en E.U.A., Colombia y Brasil. Específicamente:

  • podríamos predecir las trayectorias de contagio y el diámetro de expansión del homicidio a partir de un vecindario violento hacia otros más pacíficos;
  • determinar en cuáles calles hay una mayor incidencia de asesinatos, y, por tanto,
  • desarrollar políticas preventivas “hiperlocales” para reducir éste delito de manera efectiva y eficiente.

A pesar de que aún no encontramos todos los factores causales que conllevan a la perpetración del homicidio, la lección que nos ofrece John Snow sobre el avance del cólera –así como otras valiosas experiencias criminológicas contemporáneas— es que la calidad de la información geográfica y las estadísticas vitales son claves para el desarrollo de las políticas de prevención y contención de un brote epidémico. En México, sin lugar a dudas, la calidad de las estadísticas georeferenciadas han mejorado notablemente en los últimos 15 años. Sin embargo, está en nuestras manos y en nuestra voluntad impulsar la calidad de las denuncias delictivas y los certificados de defunciones hacia un plano microscópico, que incorpore estadísticas más detalladas a nivel local e individual. Por tales razones, necesitamos implementar un nuevo sistema de información delictiva que recolecte no sólo la ubicación de las coordenadas geográficas exactas donde ocurrió un homicidio (incluyendo la ubicación puntual del domicilio de las víctimas), sino análisis toxicológicos y socioeconómicos de éstas para determinar, con prontitud, las posibles fuentes de contagio de esta grave epidemia social en nuestro país, como lo hizo exitosamente el doctor Snow, en 1854, para detener el avance del cólera en Londres.

Mapa original de John Snow (1854)
Mapa original de John Snow (1854)

 

* Mónica Ayala es practicante del Programa de Seguridad de México Evalúa. Jonathan Furszyfer es Coordinador del Programa de Seguridad de México Evalúa. Los autores agradecen la edición y los comentarios de Laurence Pantin.

 

 

 

[1] Snow, John. 1854. Carta dirigida al editor de Medical Times y Gazette.

[2] Se trata de factores causales que aumentan la probabilidad de delinquir.

[3] Roncek, Dennis W., y P. A. Maier. 1991. “Bars, blocks, and crimes revisited: Linking the theory of routine activities to the empiricism of hot spots.” Criminology, 29:725–755.

[4] Short, M. B., M. R. D’Orsogna, V.B. Pasour, G. E. Tita, P. J. Brantingham, A. L. Bertozzi, y L. B. Chayes. 2008. “A statistical model of criminal behavior.” Mathematical Models and Methods in Applied Sciences, 18: 1249-1267.

[5] Menezes, Tatiane, Raul Silveira-Neto, Circe Monteiro, y Jose Luis Ratton. 2013. “Spatial correlation between homicide rates and inequality: Evidence from urban neighborhoods.” Economic Letters, 120: 97-99.

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