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Nigeria: tus sentidos se transforman

 

Por: Martha Gaona

La lluvia en Nigeria es la expresión máxima de lo que los sentidos pueden percibir. El tacto, el oído, la vista, el olfato, el gusto, la perciben en toda su magnitud. Hoy quiero intentar poner en el papel cómo se siente, se huele, se escucha, se ve Nigeria. O más bien como la siento, la huelo, la oigo y la veo yo. Está lloviendo a cantaros y no queda otra opción que aprovechar el encierro.

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Anoche fue la segunda noche consecutiva transportándonos al hospital. Una noche muy oscura, las calles no tan vacías como el viernes a la misma hora. Cara dijo “Saturday night!”  Tiene razón. Vemos gente en las calles,  uno que otro peatón atravesando la avenida en el lugar de los puentes peatonales, pero por debajo de los mismos. Viajamos rápido. No tenemos mucho tiempo para distinguir en la negrura de la noche lo que pasa por el camino. No es momento para hacer city tour. Por motivos de seguridad entre más rápido lleguemos al hospital mejor para todos, no nos detenemos en los detalles de la oscura ciudad.

Al llegar al hospital nos encontramos con caras de preocupación de familiares esperando afuera, caras de desvelo del personal y caras de expectación del médico a cargo de urgencias.  El Doctor Obi, médico general en urgencias, recibió tres pacientes graves casi simultáneamente. El primer equipo quirúrgico, Takashi  (cirujano general japonés), Jerzy (cirujano ortopedista polaco-danés) y Jacques (anestesiólogo francés) llegó una hora antes que nosotros. Ellos tomaron a su cargo la atención del señor de 52 años con una herida de arma de fuego en el abdomen. Cuando llegamos ya estaban en cirugía. Estaba pendiente la valoración de los otros dos pacientes.

Al llegar, tus sentidos se transforman: tus ojos se abren, tus oídos se despiertan, tu tacto se vuelve fino y tu tacto fino se vuelve aun más sensible. Los olores pasan desapercibidos a menos que te den una información especial.

Nos dirigimos hacia el paciente más grave, a la unidad de cuidados intensivos. Un joven en bicicleta atropellado por un carro. Con un “vistazo” ya sé de qué se trata. Se escuchan palabras como “change in mental status” “pass-away”, “comfortable measures”, “oxygen” and “pain killers”. En tres minutos está tomada la decisión: no se hospitaliza, no se opera, está tan grave que tenemos que decidir la transferencia al hospital universitario donde puede ser atendido por su trauma cráneo-encefálico. Hay que hablar con la familia.

Vamos a urgencias. Nos presentan al paciente: un joven con una gran lesión en el muslo, lo revisamos y coincidimos: debe entrar a cirugía para exploración. Nos tenemos que repartir. Hay dos quirófanos y dos enfermeras en quirófano. Se toman decisiones rápidas. Dos equipos quirúrgicos trabajando simultáneamente.

Marta Gaona

Martha Gaona

 

La calma que precede a la emergencia

Después de estos minutos de agitación hay un estado de calma. Me dirijo al quirófano a través de los corredores oscuros y angostos. Todos duermen: los camilleros encima de las camillas, los pacientes encima de sus camas. Empiezo a percibir el olor del lugar.  No sé cuántos años tiene este hospital, por fuera se ve una construcción moderna y reciente, sin embargo la naturaleza lo invade por todo lado. El sol ha quemado su techo y la lluvia ha carcomido sus cimientos. Los camaleones (lagartijas) han pisado las paredes. La humedad ha penetrado las paredes, no solo las externas, las de adentro también. Ha penetrado las puertas y los muebles de madera. Todo el lugar despide un olor a viejo, guardado, mojado, encerrado.  A veces es difícil respirar. A veces es un olor agrio, desagradable. No me acostumbro al olor. No estoy muy feliz de estar otra noche trabajando,  aun estoy resfriada, tengo tos.

La naturaleza también invade el edificio por dentro. Un pequeño ratón se me atraviesa al entrar al vestidor. Demasiado pequeño para provocar un grito de susto, demasiado gris para distinguirlo del color del piso, demasiado rápido para ser tomando en consideración. Supongo que el gato que vi en la entrada le dedicara su atención.

Tal pareciera que el tiempo se detuvo, que los minutos discurren con lentitud, que voy en cámara lenta. Me pongo el uniforme quirúrgico encima de la camiseta roja, no quiero que me pegue el frío del aire acondicionado en la espalda. Todo en silencio, solo mis pensamientos  y el chaca- chaca perezoso del ventilador. Me pongo el gorro de tela color marrón, me dejo los calcetines y me pongo los zapatos verdes de hule de quirófano y el cubre boca. Ya estoy lista.

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“Todo va a estar bien”

Dos muchachos altos, jóvenes y fuertes enfundados en el uniforme color azul oscuro de los camilleros y los cinturones amarillos de protección lumbar cargan al paciente por las interminables escaleras. Lo colocan en una camilla. Cambiamos de roles, son las 00.20 y ahora Cristelle y yo somos las camilleras, empujamos la camilla y rápidamente lo metemos a la sala de quirófano y con ayuda del deslizador lo instalamos en la mesa quirúrgica. Todo el mundo habla a la vez y debo aguzar el oído para tratar de entender el idioma ingles con todos sus acentos: french, polish, danish and nigerian of course! Especialmente tengo que entender el inglés que habla el paciente. Habla en un tono muy bajito que no alcanzo a entender. Acerco mi oído a su cara y de todos modos no le entiendo, necesito traducción del ingles al ingles! Esta adolorido, no le dieron suficiente analgésico en urgencias, con una pequeña dosis de morfina lo pongo de mi parte y colabora perfectamente para la instalación de la anestesia. Está preocupado por su pierna, Ya sin dolor le hablo al oído y le pido “Be quiet”, “Be calm”, “Think that everything will be OK” Le descubren la pierna y ahora soy yo quien necesita que alguien le hable al oído y diga: “tranquila, todo va a estar bien

El rojo de la impresionante herida me regresa a mi velocidad normal: una carrera para volver a checar la hemoglobina, solicitar las unidades de sangre, tomar otras vías venosas, poner a hervir el agua en la tetera para calentar las soluciones, traer campos para cubrir al paciente, traer la sabana de aluminio para que no se enfrié, conseguir una bata para que yo no me enfrié mas.

La cirugía transcurre rápida y lenta a la vez. Takashi en la sala uno, realiza resección intestinal, anastomosis y colostomía al primer paciente. Jerzy en la sala que yo estoy, la dos, controla sangrado, retira tejido dañado, limpia y venda. A las 4 y media de la mañana los dos equipos quirúrgicos terminamos. Lo hicimos muy bien. Los pacientes están estables, los trasladamos a recuperación. Estamos satisfechos y contentos. El chofer que paso la noche en el hospital esperándonos nos lleva a la casa de regreso. Son las cinco de la mañana.  Estamos contentos, satisfechos comentamos los detalles de las cirugías. Poco a poco empieza a aparecer el cansancio: nos vemos  exhaustos y nos sentimos sedientos. El agua fría del garrafón es la delicia gourmet más grande que hemos probado los seis en las últimas horas.

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Nostalgias de la vida humanitaria

Son las 9hs, ya amaneció. Está lloviendo, no recuerdo si llovía cuando regresamos. Me quedo descansando un poco más. No es posible dormir, hace calor, estoy pegajosa, acalorada, tengo tos otra vez. Por fin a las 12 me levanto de nuevo. El agua caliente de la ducha alivia mis adoloridos músculos, me pongo ropa limpia con olor a viejo, hay unas bolitas de naftalina en el closet de la ropa limpia para evitar la humedad. Voy a la cocina y me hago  un desayuno. Nunca he sido especial para la comida, pero no me gusta como sabe el cerdo ni los huevos de aquí. Simplemente extraño las hormonas, colorantes y saborizantes artificiales de México.  Decido satisfacer mi sentido del gusto con té francés que alguien amablemente trajo de Francia, lo acompaño con manotadas de cereal.

Sigue lloviendo. Todo el día ha llovido.

 

* Martha Gaona es anestesióloga de Médicos Sin Fronteras (MSF) desde el año 2010. Nació en Colombia pero en 1991 se nacionalizó mexicana, país en el que vive y trabaja. Junto a MSF ha laborado en distintos proyectos médicos humanitarios en países como Afganistán, Yemen y Nigeria.

 

 

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