Simón Levy

El chino talibán

Perfil Simón Levy-Dabbah es especialista en Economía y Políticas Públicas de China, Abogado con especialidad en Comercio Exterior, egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM, Maestro en Administración y Dirección Internacional en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y la EGADE del ITESM, así como en Derecho Chino por la Universidad Popular de China. Fue el primer abogado mexicano con permiso de trabajo en la República Popular China. Sus opiniones son a título personal.

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El avestruz de color púrpura

A  Daniel Moreno Chavez

por la esperanza de lo real.

 

“Se tiende a poner palabras

allí donde faltan las ideas”.

Goethe

 

El color de su exótico plumaje era diferente y lo diferente daba miedo, causaba rechazo. También se movía y al moverse la miraban.

No caminaba; aumentaba el ritmo sin importar quien la observara. Su andar dejó de ser pausado. No era tanto el púrpura tan llamativo sino el sonido del paso lo que daba nota de su color. Su avance robaba la atención desde los cisnes que descansaban en el lago hasta los búhos sumergidos en el intenso verde de los frondosos robles. Era el avestruz de color púrpura.

La sola idea de conocerla hizo galopar la noticia y con el paso de los días, el zoológico de la Ciudad aletargado por años empezó a ser constantemente abarrotado por peatones, bicicletas y automóviles- familias enteras fueron de a poco poblando el antiguo espacio entonces condenado por la indiferencia y la suerte de la decadencia.

La novedad reciclaba el ambiente. Mientras tanto, los colonos de las cercanías comenzaban a criticar a la autoridad por haber traído -sin con-sul-tar- a un animal cuya excentricidad amenazaba la calma y la quietud del lugar. No obstante, los beneficios no tardaron en llegar: pronto se empezó a generar economía en los alrededores por tan singular atracción, se adoquinaron los pisos, se mejoraron los servicios urbanos. Mostrar al público el avestruz de color púrpura concentraba admiración para algunos pero tensión para otros. El efecto de traer algo diferente a un ambiente indiferente fue un revulsivo eficaz para mejorar las zonas aledañas muy abandonadas del zoológico de la Ciudad.

Un público renovado local y foráneo pronto empezó a sentirse entusiasmado. Llegaban a visitarla escritores, actores, jóvenes, incluso filósofos para conocer y hablar del avestruz.

Las aves y los pájaros, decididos a llamar la atención por su insatisfacción, comenzaron a emitir – por las mañanas y por las noches- graznidos ensordecedores. Aprovechados los colonos inconformes de la intranquilidad  de los animales, pronto hicieron correr la leyenda que el ave púrpura había traído un mal que era también contagioso a los humanos.

Fuera por la intranquilidad de las aves del zoológico o por el miedo provocado por los colonos, la calma de la ciudad se perdió. Las críticas hacía el avestruz crecían. El miedo impuesto imperó logrando que el interés de la gente que vivía de otras atracciones superara el espectáculo de la  avestruz púrpura.

Las críticas y la leyenda no tardaron en difundirse en volanteos y renombradas columnas de la gaceta ciudadana. Fue tal la presión que la suerte del fenómeno púrpura hizo que el avestruz fuera llevada al zoológico de la ciudad vecina con gran éxito en aquel destino.

Después, todo volvió a la calma y a la larga el zoológico  terminó siendo cerrado.

La hiperabundancia de leyendas-creencia  

En México mucho se ha hablado de grandes inversiones, de reformas legislativas, proyectos, buenas intenciones, intereses que perjudican y algunos otros que benefician. Lo cierto es que gran parte de esos proyectos terminan condenados a la suerte del ave  púrpura.

Ese destino podría también hacer más nítido el nuevo-viejo mal del periodismo, antes escrito y hablado, hoy digital o virtual, donde el fantasma de la globalización de las creencias podría estar creando tanto en México como en muchas partes del mundo, leyendas de un periodismo robotizado y desechable, hecho a mano digital para satisfacer el interés grupal y provocar la desculturización del conocimiento.

Antes sólo eran historietas y realities de pantalla, hoy la opinión pública corre el peligro de ceder ante el morbo de las tendencias de las redes sociales.

La diferencia del antes en los medios tradicionales frente a las plataformas digitales de hoy, están en la velocidad de reacción y en el método de crear percepción. El problema actual no es ser diferente como el avestruz púrpura -al contrario, ello podría aplaudirse en un mundo de diversidad abierta-. El asunto es tener la astucia para explicar el valor-beneficio donde las diferencias que separan se vuelven diversidad que atrae, sabiéndolo  comunicar al ritmo de percepciones virtuales en los entornos reales.

El problema de los avestruces púrpuras como de los proyectos de nuestro país es que se enfrentan al juicio de leyendas con un velo legitimador de moral-cultura, donde los cabildeos deben ser cuidados para que el intento del progreso no sea tempranamente descalificado con tono de improvisación.

Síntoma actual de cuando se es veloz y no sensible, es la aparición de plumas-teclado de infantería periodística o gremial que en lugar de investigar lo que en varios casos acontece, buscan fabricar verbenas digitales, intereses o pugnas para hacer valer su prestigio individual.

El fenómeno del avestruz púrpura me lleva a pensar que la generación en la que vivimos podría encontrarse frente a la caducidad de reglas del espacio-mundo real donde la tecnología crea a través de los blogs y del marketing digital, microfranquicias informativas o paleros robotizados a modo eficaces en el desprestigio. Si acaso, también periodistas reales que buscando adaptarse a la nueva realidad, viven de infraestructuras del pasado usando renovados seudónimos o máscaras digitales que combinan las relaciones con la eficacia de crear opiniones virales que retuitean creencias.

Para algunos de los consagrados del pasado, todo intento transformador es un delirio improvisador; para los debutantes del presente, usar el marketing digital para hacerse notar y comenzar a posicionarse es un recurso vital.

Mientras, la desinformación copy-paste se difunde en las redes porque lideres virtuales son capaces de destruir y construir en segundos a personalidades reales sin un régimen eficaz que imponga consecuencias en el inframundo digital.

Sean reales o personajes míticos, el marketing digital crea ingresos y rentas por leyendas urbanas que sirven en una época de la hiperabundancia de la información, la gratuidad de datos y la carestía de conocimientos. Se va agotando la libertad por conocer frente a la seducción y necesidad de difundir para sobrevivir.

Las bondades de la democracia de la tecnología, si bien crean más oportunidades y transparencia en la información, está resultando ser tan peligrosa como la censura totalitaria. El peligro-beneficio de ser reportero hoy requiere un teclado y un blog en el computador; antes exclusivamente de gran preparación.

Pero, ya acá en el mundo real, ilusamente me pregunto: ¿Cuánto de lo que se escribe o se habla en los corridos periodísticos impresos o digitales; lo que se reproduce o se comenta en las sobremesas nos ayuda -no ya a crear sujetos con conciencia- sino a crear progreso real?

¿A cuánto ascienden los derechos de libertad del denunciar frente al consumo terminal de la desinformación?

Tan dañino es el totalitarismo de la censura como el libertinaje desechable de la apertura.

El vacío de liderazgos o de contenido relevante puede crear desordenes emocionales de muchas plumas y teclados que para subsistir manufacturan achaques o calumnias individuales para buscar imponer tendencias y crear audiencias ¿Hacia dónde vamos con la regulación de los medios digitales y los espacios? ¿La libertad de unos por opinar puede terminar con la dignidad de otros al intentar progresar?

La fábrica que subasta puntos de vista en puntos de venta

La vida se acelera y el juicio se aligera; el bombardeo de información que aclama, crea competencia ante un público confuso y anestesiado por la hiperinformación. El peligro de ser, es que ahora, muchas columnas digitales son tiendas de raya de información que no posicionan puntos de vista, adoctrinan audiencias como puntos de venta. ¿Esta es la súper democracia de la transparencia que no enfrenta contrapesos?

Hoy, hay muchas personalidades digitales que se auto determinan con el derecho a pontificar sobre cualquier tema y con ello, conquistan audiencias para ser observados gracias a dosis de astucia en el marketing viral más que una verdadera preparación en el mundo real.

Usan el juego de 5 actos: uno critica con infantería real o digital- la víctima lo busca- él se deja seducir y juega a la psicología inversa- usa su pluma como franquicia y si logra el chantaje, transforma su punto de vista en punto de venta.

El besamanos de las sobremesas y los blogs

Los personajes se construyen y se destruyen con la información que se incuba en los corredores de pasillo o en blogs de moda; en el ritual preparado pero casual de las sobremesas donde nacen las opiniones en el inframundo de las redes sociales. Las opiniones son tan desechables, que no se crean ni se destruyen -con presupuesto-  se transforman.

Algunos de quienes hoy escriben podrían estar renovando su existencia al usar directa o indirectamente su pluma digital para crear, fabricar, reproducir e intentar extinguir maniquíes-personalidades cuyas percepciones imponen – por los intereses creados- verdades absolutas sin otorgar el derecho al beneficio de la duda.

El antes sacrílego besamanos presidencial se hace cada vez más evidente en los terrenos del periodismo y redes sociales.

Es la eterna historia entre el conservadurismo atávico y el progresismo que detrás de la crítica o leyendas, se hospeda el más evidente interés o lucha por acuartelar parcelas de actividad profesional para subsistir.

Es fácil caer en la trampa de la denuncia fácil o la imposición dócil, la crítica verbosa o el alineamiento de trolls o  paleros digitales que se subastan frente al precio de la tendencia.

¿Cómo seducir y volver sexy el deber ser para que el periodismo libertario logre formar a personas cuyo poder de teclado construya dígitos con conciencia para compartir conocimiento? Un régimen legal de consecuencias podría ser eficaz en su construcción.

¿Será posible demandar a un enmascarado digital, un troll o un robot tuitero por difamación? ¿Qué se está haciendo al respecto?

Por otro lado, ante la competencia internacional es imposible permanecer inactivo frente a la realidad nacional ¿no será momento que la alternativa del progreso colectivo sea la única opción frente al autosabotaje?  ¿Es muy iluso concedernos una tregua para crear un México donde el ganar-ganar deje de ser cautivo de historietas o de leyendas y se transforme en una realidad?

¿Cómo poder adaptar los intereses que brillaban por señalar y denunciar en el pasado a los pactos y acuerdos del presente que antes se añoraban y hoy se empiezan a vislumbrar? ¿Saber ponerse de acuerdo significa ser servil o un sumiso principiante? ¿O será que los intereses que empiezan a quedarse en el pasado no saben cómo adquirir un salvoconducto al futuro?

Afortunadamente el periodismo constructivo puede ser un jugador clave. Una verdad puede empezar a dejar de existir cuando en lugar de enunciar prefiere enjuiciar.

¿Hacia dónde va una sociedad que pugna por la libertad de expresión pero se enfrenta al viejo fantasma renovado  de la desinformación?

Cómo poder criticar a una clase gobernante, si quien lo hace es el cómplice y el salvoconducto -muchas veces- de los intereses más obscuros. La democracia digital de la información de hoy exige un régimen de consecuencias eficaces.

Peligroso es que una mente con poder virtual controle la fábrica de muchas realidades.

Como seres humanos tenemos la gran oportunidad de ser cautos, dejar de rasgarnos las vestiduras y ponernos verdaderamente a trabajar, contribuir, expresar y construir en lugar de  abandonarnos en la difamación estéril y gratuita.

Necesitamos abrir los ojos, quizá tener menos reacciones de corto plazo y un mayor actuar para construir el largo plazo. A las nuevas generaciones nos toca dejar de apostar en leyendas y decir “aquí y así nos tocó vivir” y saber ponernos de acuerdo para hacer de las diferencias que separan y causan miedo, diversidad  que logra atraer beneficios colectivos.

 

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