Perfil Psicólogo que no ejerce, creativo milusos, músico y compositor. Escribe donde se pueda sobre sus temas recurrentes: la decadencia mental en una sociedad que glorifica y premia la imbecilidad e ignorancia. Twitter: @JorgeHill.

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El cuarto de Ximena

 

Estaba en casa finalmente. Dos meses de hospitalización y los dolores que aún quedaban no tenían comparación con lo que sabía que estaba por venir, el principio de un largo duelo, de llorar, odiar y más tarde extrañar hasta el final de sus días a esposo e hija perdida. El libro que había conseguido en aquella vieja librería podría servir como consuelo.

Lo primero que notó fue en la madrugada, entre sus sollozos escuchó un  ligero cuchicheo que parecía venir desde la pared a la que estaba pegada su cama, la feliz pareja del departamento C2 probablemente la había escuchado y hablaban sobre ella en voz baja, sobre su tragedia y su futuro incierto, su nada.

Al siguiente día intentó salir para visitar el mercado, la idea de cocinar la tranquilizaba. Un paso afuera del departamento las piernas ya flaqueaban. Al abrir la puerta de metal y vidrio hacia la calle fue inundada de sonido, de luz y movimiento; no poder respirar, tal vez un ataque al corazón, tal vez un peligro inesperado, un accidente más, la muerte estaba a la vuelta de la esquina. Cerró la puerta, se sentó en el piso para intentar tranquilizarse, media hora más tarde logró regresar al departamento y pidió comida a domicilio.

Su madre, Daniela, llamaba constantemente, quería que fuera a un psicólogo, quería estar siempre ahí, pero Ximena quería estar sola, para comprender qué era estar sola, para asumirlo con todas sus consecuencias. No podía explicárselo mejor a Daniela, lo intentaba mientras al teléfono inalámbrico se le terminaba la batería y se miraba al espejo, los ojos verdes humedecidos, la expresión rígida y forzada en un intento por controlar lo interno.

Nunca había creído en esas cosas, pero la confusión y el deseo la llevaban a preguntarse un constante “¿Por qué no?” y la mezcla que había creado unos días antes con aceites, trozos de la ropa de su hija y esposo, pelo y sangre de su menstruación, que debía ser atendida para que las velas nunca se apagaran, empezaba a manar un olor desagradable.

Esa noche los cuchicheos se hicieron más intensos y casi lograba darles forma como palabras separadas. Pensó pegar el oído a la pared para saber qué estaba pasando, sus ojos se  encontraron con una pequeña grieta en la pared, casi imperceptible, nunca la había notado antes. Al rozarla con sus dedos el cuchicheo creció hasta convertirse en un maullido, el sonido de un recién nacido llorando, un rugido agudo, todo al mismo tiempo o ninguno de ellos. Tal vez tendría que decidirse para salir y tener que ver a un psicólogo.

Daniela había buscado entre sus contactos más queridos y había conseguido una psicóloga a un par de cómodas cuadras de casa de Ximena, pero ella no logró llegar a la esquina. El miedo la paralizaba y la preocupación porque alguna vela pudiera apagarse era insoportable. Regresó, llamó a su madre, lloró, supo que no había esperanza para ella. Daniela insistió en ir a verla, pero conocía bien a su hija, si decía que no iba abrirle la puerta aunque estuviera tocando durante horas, era porque así sería.

La grieta se había convertido en un pequeño hueco, rodeado de pintura descarapelada y nuevas grietas, más anchas y profundas. Tomó un desarmador y rascó desde el centro, cayó rendida después de lograr unos cuántos centímetros de profundidad y el ancho de una moneda. Durmió desde el amanecer hasta la tarde. Pidió el mercado a domicilio y notó en la cara del repartidor la búsqueda por un olor, él la miró con sospecha, unos segundos después con lascivia, su bata dejaba ver parte de sus pechos firmes y sus piernas tersas, aún con moretones. Era joven, todavía atractiva, recordó las épocas en las que no le costaba trabajo llevarse a alguien a la cama, después de una fiesta, de un bar. Se abrió un poco más el escote en la bata y abrió más la puerta, el repartidor dio un paso al interior del departamento, pero algo lo detuvo, una náusea incontrolable y el pánico en los ojos lo alejaron rápidamente por las escaleras.

Movió la cama para ver la figura completa. Las grietas ya formaban algo que recordaba vagamente a lo antropomórfico, una especie de cola y tres dedos en cada pie la hicieron sentir un escalofrío. Donde debería estar el corazón, estaba el hueco principal, del tamaño de una mano y profundizándose como un cono. Apagó la luz, ya no podía pensar en otra cosa que no fueran las velas y en dormir, siempre, para siempre. Un pequeñísimo haz de luz provenía desde lo más profundo del hueco, pegó un ojo a la pared y pensó que sería posible ver el cuarto de sus vecinos, espiarlos, desear su felicidad, verla, odiarla. Tomó el desarmador más largo y raspó hasta que la luz se hizo más intensa. Entre pedazos de pared pudo ver una neblina espesa, metió el dedo para mover los restos, el contacto con la punta de otro dedo la hizo saltar hacia atrás. Recobró el valor y se asomó con un ojo, la recibió otro ojo verde, viéndola fijamente. Preguntó por su nombre, la respuesta fue un rugido y fuertes golpes de embestida del otro lado de la pared.

Daniela sabía que habría algo mal, que aunque Ximena hubiera dejado de llamar durante una semana, los reportes iniciales que recibía por teléfono tendrían que tener un grave error. Los vecinos se habían quejado de un olor a podrido desde el departamento. Después de diversas quejas y que nadie abriera, la policía decidió tirar la puerta, para encontrar el cuerpo de Ximena tirado en la cama, lleno de rasguños profundos que se habría causado ella misma en la parte más aguda de su brote psicótico, mismo que los del edificio podían confirmar ante el errático funcionamiento que habrían notado en ella los días anteriores.

Pero Daniela sabía que eso no era cierto, había recibido la visita de su hija sólo unas horas antes, feliz, maquillada, vestida sensualmente, pensaba hacer una vida lejos de todo, se había despedido con un “Algún día te llamaré”.

 

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El Cuarto De Ximena por Jorge Hill Ruy Sánchez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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