Perfil Psicólogo que no ejerce, creativo milusos, músico y compositor. Escribe donde se pueda sobre sus temas recurrentes: la decadencia mental en una sociedad que glorifica y premia la imbecilidad e ignorancia. Twitter: @JorgeHill.

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Celebrando abstracciones

 

ciclos planetarios

 

Una vez más el planeta Tierra se vuelve a poner en el mismo lugar –desde nuestra perspectiva- con respecto al sol y las ilusiones de un nuevo ciclo inician. Viene el año nuevo y como cada nuevo año vuelvo a pensar lo mismo, qué curiosa tradición humana la de pensar que algo cambia o cambiará sin nuestra participación, que algo tiene un imaginario botón de Reset cada 365 días.

Entre la ilusión y la esperanza se encuentra también un ligero toque de falta de responsabilidad, pensar que la vida propia o la ajena puede cambiar de manera mágica sin hacer algo al respecto por lograr ese cambio uno mismo. Señora Fortuna a veces se porta bien con nosotros, a veces mal, no puede uno negar que buena parte de lo que somos y lo que nos rodea, es una ínfima parte, una mínima muestra de laboratorio del gran juego del azar molecular que nos rodea universalmente, ese juego de interpretaciones donde vemos pequeños órdenes en un gran esquema que más bien apunta hacia un todo caótico que no cabe del todo en la cabeza humana, evolutivamente cableada para funcionar a través de conocer y reconocer, ordenar y clasificar, categorizar y jerarquizar. Depredador me come, presa me la como, sobrevivo y puedo seguir reproduciéndome; aunque hoy existan tendencias tan extrañas como “Carne mala, hierba buena, soy moral e intelectualmente superior”, me imagino que estas personas se hacen que la virgen les habla cuando se ven los colmillos al espejo o sienten algún tipo de humanista tragedia vista desde el pedestal cuando alguien muere de cáncer, complicaciones diabéticas o arterias taponeadas, males de los que ellos también podrían morir, o atropellados por el camión contaminador que viene desde un lugar completamente deforestado para llevar a las tiendas más nice de la Condecci las verduritas más lindas y brillantes que han sido logradas en inmensos cultivos “orgánicos, we” que antes fueron ecosistemas balanceados; pero en fin, lo importante es que “se siente padre, we” y supongo que debe ser sádicamente y narcisistamente sabroso estar jodiendo a los que se quieren comer su taco de suadero con longaniza en paz.

Así como las cosechas dependen de las estaciones del año para sobrevivir, también los pajaritos y abejitas y demás animalillos suelen seguir ciclos de vida muy apegados a las estaciones y a lo que comprendemos como “año” y “ciclo”, mismo que desde que se instauró el año juliano en el imperio romano, basados en el calendario egipcio, nos da la sensación de que algo sigue un orden mágico, casi perfecto. La realidad es que ni siquiera el año juliano es exacto, por algo los años bisiestos se crean para poder ajustar el tiempo que ha sobrado en los años anteriores. No hay gran exactitud en los cielos y millones de factores hacen que ese orden que queremos ver en ellos sea sometido a lo que interpretamos como ligeros cambios, cuando lo que vemos en juego son inmensas fuerzas cósmicas sacando un poco de balance esa momentánea homeostasis que nos ha dado, por unos microsegundos en la vida del universo, un pequeño paraíso de suerte que aun así, destruimos día a día; mientras, mejor no pensamos en eso y nos embrutecemos con el pambolito y las telenovelas, cada quién. En palabras de Lovecraft:

“A mi parecer, no hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos”

Pero hay algo en los humanos en los que parece ser que las estaciones y los años no son factores primarios como ciclos humanos, que nuestros cuerpos y mentes no son primariamente afectados por ellos, parecen ser más importantes ciclos como el día y la noche, la llegada de la pubertad, la maduración, el temprano inicio de la decadencia de ese cuerpo que está ahí por y para reproducirse, en eterna pugna con la otra herramienta que ha ido evolucionando hacia su propio lado, para que conjuntamente, funcionen como garantizadores de la sobrevivencia: la mente –No, “el cerebro”-. Este es uno de los resultados más extraños que nos debe haber dado el azar del universo, algo así como una broma de mal gusto con consecuencias que van desde lo cómico hasta lo trágico, pasando por lo conmovedor. Interpreto la “creación” (entrecomille imaginariamente esta palabra mil veces) del humano como estos muñecos de feria con rebaba, devenidos de moldes imperfectos, que tratando de ajustar funciones para tan diversas necesidades, terminan creando una quimera que funciona un poco para todo, pero no es realmente buena para nada en específico, y aparte, se reproduce rampante y tóxica, destruyendo el cuerpo mismo que habita y le da sustento: un caníbal, el lobo del lobo, un virus universal.

Cuando los filósofos quieren hablar sobre esa abstracción ilusoria llamada “Naturaleza humana” yo sólo puedo pensar en eso, lo demás son metáforas, cuasi poesía, juegos retóricos y sofismas, juegos de palabras y falacias solemnes.

Dentro de esta gran esfera que podría parecer terrible –no lo es, simplemente es-, también hemos desarrollado otras capacidades para sobrevivir, ser parte de un grupo fuerte, ser generosos sabiendo que podríamos recibir generosidad de regreso, como los bebés que aprenden a sonreír y postponer la anticipación de su premio cada vez más, hasta que se convierte en una vida. También hemos aprendido a sentir por el otro, ponernos en sus zapatos, ocupar su lugar, empatizar gracias a que suponemos que su cuerpo y mente deben sentir y pensar de manera parecida a la nuestra, capacidad que nunca conocen los psicópatas, sociópatas y… gran parte de los chilangos. Yo soy chilango, en caso de que el saco te quede y te pique: Sin Yolanda y sin Ofelia, Maricarmen. Por Fabiola.

Hemos aprendido, también, que aunque algo pueda ser tan increíblemente absurdo como pensar que nuestra vida podría cambiar gracias a que la Tierra se ponga otra vez en el mismo lugar, tiene un cierto encanto el creerlo por un momento, y si no, por lo menos, celebrarlo. Celebrarlo de todas las maneras posibles, privadas y masivas, mayestáticas o ridículas como calzones rojos, gente corriendo por las escaleras con maletas, atragantarse de uvas, subir los kilos que unos días más tarde se piensa bajar como propósito de año nuevo.

Celebrar año nuevo es, como tantas celebraciones humanas, una abstracción, un símbolo medio vacío –los comerciales de la tele suelen ocupar una buena parte- para ser llenado con nuestra propia cosecha; como tantas celebraciones (cumpleaños, aniversarios, etc.), tal vez lo que se celebra, de fondo, es estar vivo todavía para seguir haciéndose la chaqueta mental de que hay ciclos, magia y orden en todo esto.

Y al final me pregunto ¿por qué no celebrar, entonces? y tampoco encuentro motivos lo suficientemente poderosos como para no celebrar. Total, tal vez entre nuestras capacidades más sofisticadas y complejas esté esa extraña función de celebrar.

Así que ¡coño, celebremos lo que sea!

Feliz año nuevo ¡signifique eso lo que signifique!

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