Cómo desvirtuar movimientos sociales

El incendio de la puerta de Palacio Nacional (y su manejo mediático) tuvo como propósito influir en la opinión pública bajo un guión que se ha visto en varias ocasiones.

La clase política en el poder está acostumbrada a las movilizaciones que, desde su perspectiva, pueden controlar. Las que no, suelen verse con recelo. Para este grupo (sin importar su color partidario) es amenazante que existan levantamientos fuera de su alcance. Por tanto, les resulta estratégico desvirtuar y minimizar cualquier movilización que gane fuerza y suponga un riesgo a su estabilidad en el poder.

Así, gobernantes echan mano de diferentes tácticas (legales o no, legítimas o no) que convergen en una estrategia común: ganar la batalla por la opinión pública (u “opinión del pueblo” como era nombrada desde los tiempos de Heródoto y Cicerón). Las opiniones son creencias acerca de temas controvertidos, por lo que influir en esas creencias para que se conviertan en apoyo político al gobierno en turno lo es todo.

Un grupo muy reducido incendió la puerta de Palacio Nacional luego de una manifestación pacífica el sábado 8 de noviembre. Miles fueron convocados en horas para protestar contra las acciones y omisiones del Estado mexicano en el contexto del anuncio de los avances de la investigación respecto de la desaparición forzada de los normalistas de Ayotzinapa. Las imágenes de la manifestación son poderosas, también las de la puerta quemada.

El incendio (y su manejo mediático) tuvo como propósito influir en la opinión pública bajo un guión que se ha visto en varias ocasiones. Cuando uno visita las galerías del Archivo General de la Nación, particularmente las relacionadas con movimientos sociales y/o la Dirección Federal de Seguridad, es abundante la cantidad de documentos que prueban la infiltración de agentes del gobierno en los movimientos. Por ello no es descabellado considerar que la decisión de quemar la puerta de Palacio Nacional haya sido tomada por “alguien” en el gobierno a través de la infiltración –y hay indicios que así lo sugieren– o de la deliberada negligencia en el resguardo del inmueble –como documentó Salvador Camarena. De esta manera, ante el nivel de enojo e indignación provocados por el caso de Iguala, bastó un chispazo para iniciar los actos violentos.

El guión (usado una y otra vez) sugiere que una vez que se inició el “vandalismo” en la manifestación, lo que sigue es no detener al responsable (o responsables) de la provocación. En todo caso, se detienen a otros ciudadanos a los cuales violan sus derechos. Los medios hacen el resto: rápidamente los responsabilizan de lo ocurrido simplemente por coincidir en tiempo y lugar sin verificar si participaron o no en los actos violentos. Por su parte, los integrantes más activos del movimiento usarán su tiempo (y capital político) en defender a los inocentes creando la percepción en la opinión pública de que en realidad defienden a “vándalos” (y lo seguirán haciendo).

Enseguida, el gobierno aprovecha el poder de las imágenes de vidrios rotos, metrobuses o puertas quemadas (con la connivencia de medios de comunicación afines) para sembrar el pánico moral usando como señuelo el miedo irracional que despierta el daño en propiedad ajena como equivalente a un tipo de violencia que afecta al ciudadano común sin su voluntad. Dicho de otro modo, se aprovecha la creencia de que si te golpean o te matan es porque “seguramente” hiciste decisiones personales que te llevaron a ese camino; si afectan tus propiedades, tú eres el inocente. En el camino se distrae la atención respecto de las demandas del grupo movilizado y el apoyo popular que ha concitado.

El investigador Javier Treviño Rangel, quien más ha abonado al tema en México, señala que los pánicos morales emergen cuando un episodio, persona o grupo son definidos como una amenaza a ciertos valores o intereses sociales y suponen un miedo irracional o un fenómeno fuera de control. Así actores (generalmente alineados con la clase en el poder) comienzan una cruzada moral y despliegan mecanismos de control social para detener la amenaza hasta que llegue otro tema importante en la agenda pública y la desplace.

El pánico moral se caracteriza, apunta Treviño Rangel, por el drama; el sentido de emergencia y crisis; la exageración; la idea de valores bajo amenaza; ansiedad y hostilidad; interés exagerado hacia comportamientos o personas perturbadores que se dice deben ser detenidos; un sentimiento de que la amenaza es transitoria. Para disminuir sus efectos, aparecen actores con una agenda que garanticen estabilidad, continuidad y justicia.

Ante las consecuencias de la puesta en marcha de esta táctica, los grupos movilizados comienzan discusiones sobre los métodos de lucha a utilizar, potenciando divisiones entre radicales y moderados dentro del movimiento. Al final de día, la consecuencia práctica es que los integrantes del grupo se alejan de la construcción colectiva de una agenda que condense las exigencias y cursos de acción propuestos para resolver los problemas que el conjunto ha identificado como agravios.

De esta manera, la debilidad de los movimientos ante la opinión pública se basa en un desgaste de su imagen y una condena hacia la irrelevancia de sus exigencias y peticiones ante su falta de consistencia y solidez. No obstante, si nada de lo anterior funciona, lo que sigue para el gobierno es la represión.

Este viejo guión se cumple aun cuando quienes inician los actos violentos son grupos radicales e independientes al interior del propio movimiento. En este sentido cabe señalar que si bien la acción directa y violenta tiene algunas justificaciones teóricas, lo que es un hecho es que son acciones que no suelen ser consultadas y validadas con el resto del colectivo, trasladándoles el costo de imagen ante la opinión pública sin deberla ni temerla. Por todo lo anterior, la violencia termina siendo un acto de una alta ingenuidad política y simple idiotez táctica.

Miles marcharon por las calles de la ciudad de México mostrando indignación y rabia, pero en forma pacífica. El reto es (y siempre será) organizarse y no caer en monumentales provocaciones. El juego se llama “ganar la opinión pública”, pues influirla sí pone a temblar a los poderosos. Al movimiento le toca hacer propuestas, conmover y ganar empatía. Cuentan con la idea fuerza #FueElEstado que deben llevar hasta sus últimas consecuencias sin concesiones, pero sin perder foco de que para ganar a la opinión pública deben hacerlo a partir de la deliberación y el convencimiento.

Finalmente, la violencia a los más de 22 mil desaparecidos en la llamada guerra contra el narcotráfico y específicamente a los 43 de Iguala, no es violencia equivalente a las astillas de una puerta de Palacio Nacional. Muchas voces las hacen equivalentes, víctimas o usufructuarias de pánicos morales que están al servicio del status quo. Una pena que así sea ante la emergencia nacional en la que estamos.

 

@albertoserdan

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