¡Viva la desconfianza!

Lo patético de nuestros tiempos no es la generalizada desconfianza de la ciudadanía reflejada en las encuestas, sino el total desinterés de la clase política para recuperar la confianza y crear mecanismos institucionales efectivos para canalizar la desconfianza a través de controles reales a su actuación.

En últimos años se ha machacado la idea de que no hay confianza en las instituciones y que eso es malo. Las declaraciones presidenciales en el sentido de que México está “plagado de desconfianza” han desatado una marabunta de columnas abordando el tema. Acá, acá, acá, acá, acá, acá, acá, acá, acá, acá, acá, acá, acá, acá, acá, acá, acá, acá y acá, pueden citarse algunas del último mes y medio. Es tan cotidiano el uso del término “confianza”, que quizá vale la pena detenerse a pensar si todos hablan de lo mismo y si la crisis de confianza es realmente nueva y eso qué implica.

¿En qué consiste la confianza? Anthony Giddens ejemplificó que la confianza que uno tiene al subirse a un avión nace, entre otras cosas, de que se ha probado anteriormente que los aviones suelen funcionar y, quienes los usan, saben del riesgo de caer pero lo asumen dadas las probabilidades de un vuelo exitoso y de los beneficios que trae consigo el ahorro del tiempo que los vuelos ofrecen.

Uno deja de confiar en los aviones cuando sistemáticamente tienen fallas. Se recupera cuando, después de muchas pruebas, se alcanzan estándares que dan certeza de que el avión es seguro otra vez. El punto de referencia es el pasado y se usa la información que, sin ser exhaustiva, se tiene a la mano: no se necesita ser un experto en aeronáutica para confiar en los aviones, basta saber que funcionan.

A su vez, para algunos, la confianza se trata de un intercambio voluntario donde una Persona A canjea cosas o promesas con una Persona B. Si A y B desconfían mutuamente, el acuerdo se cae o se sostiene pero no basado en la confianza sino en la lealtad, la coerción, el engaño, o el abuso. Cuando ciudadanos colectivamente pierden confianza en sistemas clave como las finanzas, salud, retiro, impuestos, la caída económica resultante puede ser inmensa y altos los costos de transacción.

En la economía suele plantearse que uno tiene confianza en el futuro económico del país en función de experiencias pasadas. Si la economía va bien, uno confía que en el futuro inmediato irá mejor. Si la economía va mal, uno desconfía del futuro. La confianza tarda mucho tiempo en construirse y muy poco tiempo en erosionarse, requiriendo otro tanto para recuperarla.*

Figura 1

En el caso de los gobiernos, la confianza nace de una serie de valores que suelen cumplirse cotidianamente para los ciudadanos: imparcialidad, legalidad, integridad, transparencia, eficiencia, igualdad, responsabilidad, justicia, profesionalismo, bien común. Estos valores constituyen normas compartidas en función de las cuales se pondera un comportamiento confiable.

De esta manera, entre las recetas para recuperar la confianza cuando se pierde, se suelen citar acciones que apuntalen tales valores. Entre éstas se encuentran: minimizar los efectos de las incertidumbres políticas, económicas y sociales; aumentar la probabilidad de que las cosas funcionen bien; mejorar y ampliar la capacidad de respuesta de los gobiernos hacia los ciudadanos en los servicios públicos; contar con gobiernos abiertos; contar con regulaciones justas, claras y coherentes; contar con la integridad de un gobierno limpio y justo; ser implacables al crear políticas inclusivas y ser inclusivo en el proceso de creación de políticas públicas.

La desconfianza en las instituciones en México no es nueva. Con cálculos basados en las encuestas de Latinobarómetro desde 1995 a la fecha, el primer año de Enrique Peña Nieto no es espectacularmente diferente a los promedios de los sexenios de Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón. De hecho, prácticamente en todos los rubros durante el sexenio foxista había más desconfianza que en el arranque de Peña Nieto excepto para el caso de la televisión.**

Figura 2

Lo que sí es nuevo, es un desplome generalizado entre 2013 y 2015 en la confianza en las instituciones producto del desempeño del gobierno de Peña Nieto, la abrupta imposición de sus reformas y, sobre todo, su respuesta ante las crisis de derechos humanos de Tlatlaya, Ayotzinapa, así como los casos de corrupción en su gobierno y los conflictos de interés relacionados con las casas del presidente, su esposa, su consejero jurídico y su secretario de Hacienda adquiridas a contratistas del gobierno (i.e. Grupo Higa). La indignación nacional e internacional es comprensible lo mismo que la pérdida de confianza.***

Figura 3

Ahora bien, ¿confiar o desconfiar? Desconfiar es un derecho de los ciudadanos; ganar la confianza ciudadana, una obligación de los gobernantes. Dado que la confianza se da en un ambiente de reciprocidad, cuando existen asimetrías de poder y quien lo ejerce cotidianamente la traiciona sin consecuencias, la confianza es inviable y suele sustituirse por la lealtad clientelar, la exclusión, la coerción, el engaño o el abuso. De ahí que el escepticismo o la franca desconfianza (a pesar de ser engorrosa y costosa) sea un valor positivo pues es alimento del control ciudadano sobre los gobernantes.

Sin embargo, lo patético de nuestros tiempos no es la generalizada desconfianza de la ciudadanía reflejada en las encuestas, sino el total desinterés de la clase política para recuperar la confianza y crear mecanismos institucionales efectivos para canalizar la desconfianza a través de controles reales a su actuación. Esta indolencia se basa en su certeza de que pase lo que pase, sus espacios de poder están garantizados, nada les turba o les inmuta pues tienen de su lado los beneficios de la simulación y del acaparamiento del acceso al poder y de todo órgano de control independiente.

Para generar confianza, es indispensable construir instituciones que favorezcan la preminencia de los valores mencionados anteriormente. Para ello se requiere de una sociedad civil que se organice y presione. Pero también es indispensable remover a las personas que desde el poder ejercen antivalores y bloquean sistemáticamente la creación y eficacia de instituciones que permitirían reconstruir la confianza. Por eso urge una reforma política que abra al sistema y permita que otras personas fuera de la clase política actual puedan ser democráticamente elegidas para emprender esta tarea. De otra forma, la desconfianza sólo desembocará en frustración y largo estancamiento o violencia.

 

@albertoserdan

 

 

Nota para los clavados:

* Serie desestacionalizada de la Encuesta mensual de confianza del consumidor elaborada por INEGI.

** La base de datos de Latinobarómetro no presenta resultados para 1999 y 2012. Para los promedios sexenales sólo se emplearon categorías que tuvieran datos en todos los años restantes. Por tal motivo no se incluyeron aquéllas específicas para las que no hay información consistente desde 1995 como la confianza en el “presidente”, en el “gobierno” o en el “Estado”.

*** La fuente es GEA-ISA (marzo 2013 y marzo 2015). Los porcentajes varían de Latinobarómetro tanto por diseño de la muestra como por la formulación de las preguntas.

**** Cabe apuntar que la confianza no es lo mismo que fe. La fe es una creencia total –y que suele ser ciega– de que algo ocurrirá. Las deidades (y no pocos políticos que se creen así) esperan que las personas les profesen su fe. Por otra parte, la confianza no es lo mismo que afecto. Es posible tenerle afecto a alguien aunque sea desconfiable o viceversa.

Close
Comentarios