Fábrica de diplomas

Ni los miles de millones de pesos desviados, ni los escándalos de corrupción destapados, ni los resultados tan malos en logro de aprendizajes han concitado la movilización de padres y maestros. ¿Por qué? Quizá porque en México importa menos la educación que los diplomas.

En sobremesas, en los cafés, en foros y discursos constantemente se refiere a la educación como algo importante. Hasta se adopta una actitud solemne cuando se dice eso. Pero, si tanto se valora, ¿por qué se vive una actitud generalmente pasiva respecto de lo que pasa en la educación en México? Ni los miles de millones de pesos desviados, ni los escándalos de corrupción destapados, ni los resultados tan malos en logro de aprendizajes, ni las malas condiciones materiales de las escuelas, ni las malas políticas públicas, ni las constantes interrupciones del servicio educativo en varias zonas del país, han concitado la movilización de padres y maestros. ¿Por qué? Quizá porque en México importa menos la educación que los diplomas.

Si se revisa qué entienden alumnos, padres y maestros por “educación”, a lo mejor ahí hay una pista: es común escuchar la idea de que “los maestros enseñan” y la “educación se recibe en casa”. Visto así se le pide al sistema educativo algo para lo que no está diseñado: educar. Coartada perfecta para evadir responsabilidades y evitar exigibilidades.

Desde esta perspectiva, la educación es un proceso continuo que comienza en la casa, que es responsabilidad de los padres, es una herencia y se reduce en la idea de tener “buenos modales” y “buenos valores” –cualesquiera que estos sean. Son cosas que los padres pueden transmitir a sus hijos y que les ayudarán en cualquier contexto. El papel del maestro entonces es la de un reforzador de la “educación” que reciben los niños en sus casas.

Por su parte, la consideración de que en la escuela se “enseña”, no se “educa”, implica “acercar los libros a los niños”. También esta noción refiere a adquirir conocimientos e información, generalmente con una perspectiva vertical y unidireccional y donde la enseñanza se “imparte” en la escuela.

A su vez, para padres de familia y alumnos, la “enseñanza” no es un fin, es sólo un medio para el trabajo. El fin es el trabajo (y así vivir bien y “salir adelante” –sinónimo de “proyecto de vida”), pero la enseñanza de la escuela es simplemente un requisito que se cumple con el diploma o el título, no con la verificación de aprendizajes relevantes. Dado que la escuela es instrumental, una escuela es mejor si contribuye al éxito en el trabajo: si la escuela no da conocimientos, al menos que dé contactos y conocidos para tener un trabajo. Una escuela con contactos es una buena escuela, aprendan o no los alumnos.

Siguiendo esta línea, el derecho a la educación se cumple cuando los hijos obtienen un diploma, título o certificado. Eso basta. Eso es el éxito académico. Si el sistema educativo cumple con su función de entregar el diploma, el trabajo está hecho y ni padres ni maestros necesitan movilizarse. De esta forma la educación es un instrumento y el título lo más importante ya que los certificados son los que dan sensación de progreso y continuidad, no el aprendizaje. Donde verdaderamente se aprende, visto así, es en el trabajo, en la experiencia de la vida, no en la escuela. La escuela es un trámite.

Dado que el aprendizaje no se da en la escuela, aprender depende de uno, del esfuerzo propio, no del contexto. De esta manera no hay incentivos para formar comunidades de aprendizaje. No hay incentivos para cambiar la forma en que se organiza el trabajo en la escuela porque lo fundamental sí se cumple: se transmiten conocimientos y se producen diplomas. Por ello se valora más el esfuerzo, el “echarle ganas”, porque eso sí que garantiza tener el diploma, fin último de esta “educación” y garantía de cumplimiento del rol que la sociedad ha destinado al mexicano: ser trabajador.

El éxito en la escuela es “sentirse satisfecho”, no aprender ni verificar que lo aprendido sea relevante. El éxito es el esfuerzo. Pero, si esforzarse es sinónimo de éxito, aparentar éxito es muy relevante y se logra, por tanto, aparentando esfuerzo. Se trata entonces de una actuación: lo que importa es que el esfuerzo “se note”, no necesariamente que se haga. Si el esfuerzo se nota, el éxito también se nota. Una simulación aceptada y alentada.

Al distinguir entre “buenos” y “malos” alumnos, resulta que los “buenos” alumnos son los que se portan bien, no los que más aprenden. En contraparte, los “malos” alumnos son los que se portan mal y no se esfuerzan. Incluso, son “buenos” alumnos los que se esfuerzan por aparentar que se esfuerzan, no los que aprenden. Así, los alumnos no se esfuerzan para mejorar su aprendizaje sino complacer al maestro con su buen comportamiento (real o aparente). El punto de equilibrio es una relación en la que no hay boicot: maestros no reprueban, alumnos no molestan al maestro.

En este contexto, los alumnos tienen muy claro cómo “salir adelante” en la escuela: tener (o aparentar) buen comportamiento; hacer (o aparentar) un gran esfuerzo; obtener (o falsificar) el título, diploma o certificado. Aprender es secundario o, peor, irrelevante.

Este sistema de valores parece condenar a México a la simulación. Por ello urge redefinir lo que debe significar la “educación” y debe recuperarse la importancia de la formación integral. Debe apuntalarse la importancia de la comunidad escolar, de la comunidad de aprendizaje con una redefinición de roles, responsabilidades y prioridades en los valores que rigen al sistema educativo.

El derecho a la educación es el derecho a aprender, y el aprendizaje es una apropiación activa de competencias que se construye a partir de la relación entre las personas. Por tanto, es indispensable reconstruir las relaciones entre padres, maestros y alumnos en torno al aprendizaje. México debe dejar de ser una fábrica de diplomas y fomentar el motor del aprendizaje. Ahí está el reto.

 

@albertoserdan

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