Shopultepec va porque va

El gobierno de Miguel Mancera quiere construir un centro comercial en la vía pública y un parque elevado (segundo piso) en la avenida Chapultepec de la Ciudad de México. La vida de las millones de personas será modificada por una decisión totalmente vertical que separará colonias, privatizará el espacio público, provocará más inseguridad y privilegia al automóvil.

Shopultepec va porque va
Proyecto de Corredor Cultural Chapultepec. // Imagen: Agencia de Promoción, Inversión y Desarrollo para la Ciudad de México (ProCDMX). ProCDMX

La receta es más que conocida.

Primero, empresarios y políticos llegan a acuerdos donde se intercambia apoyo electoral (o vulgar dinero, casas y viajes) por beneficios en inversiones públicas que el candidato, en tanto gobernante, otorgará al grupo que le apoyó.

A escondidas se analizan los aspectos técnicos del proyecto, se publica una “declaratoria de necesidad” de la obra (no pocas veces empalagado de buenos deseos y frases cautivadoras) y de forma sigilosa la asignan a un consorcio ganador previamente definido.

El lenguaje de convenios y decretos es absolutamente críptico para la ciudadanía. Su publicación, nunca falla, ocurre en coyunturas que se saben de antemano son poco visibles para el ojo ciudadano: fines de semana, puentes, época electoral, vacaciones…

Algún periódico recoge la noticia. Generalmente es la sección de finanzas la que da las buenas nuevas de que habrá inversiones en puerta.

Así, comunidades y vecinos se enteran que enfrente de su casa habrá buldóceres y obras y ruidos. Los habitantes nunca reciben una notificación para participar en definir las “necesidades” de donde viven. A cambio, acogen incontables promesas de reuniones “informativas” donde “tomarán en cuenta” su opinión. Dulces, pues.

Mientras, el gobierno comienza a desplegar su poderío con toda la fuerza de las relaciones públicas. Contratan agencias especializadas, buscan a líderes de opinión, hacen maquetas, cooptan grupos vecinales y organismos afines, comienza la peregrinación hacia el PowerPoint y la letanía del progreso, los empleos generados y la felicidad. A veces la lógica no cuadra en sus explicaciones, pero es lo de menos.

En tanto la ciudadanía exige información y detalles que llegan a cuentagotas. A veces no queda más que dar la batalla por el acceso a los documentos, a los reportes técnicos, a los informes desechados y también aquellos que justificaron las decisiones ya tomadas.

Entonces los vecinos se dan cuenta de la magnitud del proyecto. El gobierno incumple con procesos que presume son “participativos” cuando no tienen nada de deliberativos y mucho de “informativos” (en el mejor de los casos). La decisión ya está tomada. La obra va porque va. En el camino, los procesos legales siguen: llegan las expropiaciones, las expulsiones, la maquinaria.

Ahí es cuando la comunidad se radicaliza y comienza a organizarse y tomar acciones: firmar un comunicado, hacer una conferencia, quizá marchas, plantones, toma de instalaciones y de maquinaria. El gobierno se exaspera de personas que “fueron recibidas”, “informadas”, “atendidas” y, malagradecidas, se oponen al proyecto. “Pero si quedamos en tomarnos un café”, “pero si la puerta siempre estuvo abierta”, etcétera.

Ante lo evidente, el gobierno comienza a descalificar a sus interlocutores: “están malinformados”, “tienen motivaciones políticas”, “seguro mi enemigo político está detrás de ellos”, “no saben”, “nomás quieren dinero”. Lo que sea que sirva para negar la arbitrariedad de sus decisiones.

A los opositores se suman otros actores a su causa. A veces encuentran apoyos en lugares de la geografía política o socioeconómica completamente alejados. Reciben apoyo de especialistas y técnicos que les ayudan a afinar sus argumentos. En otras ocasiones cuentan con apoyo legal de genuinos indignados o vulgares buitres que sólo quieren aprovecharse de la tragedia. En cualquier caso comienza la batalla legal para impedir la obra. La batalla por la opinión pública, también. Ante la desesperación y la impotencia, el radicalismo aumenta.

En este punto, el gobierno decide seguir con lo que originalmente tenía planeado: hacer la obra. Va porque va.

En ocasiones la fuerza pública es suficiente para someter a los habitantes de las zonas afectadas. En otras, David vence sobre Goliat. En medio, arrestos, amenazas, hostigamientos e incluso muertos.

Esa espiral puede encontrarse en cualquier obra de megaproyectos. Ocurrió en Temaca con la presa Zapotillo, ocurrió con la Supervía de Marcelo Ebrard. Es el guión.

Proyecto de Corredor Cultural Chapultepec. // Imagen: Agencia de Promoción, Inversión y Desarrollo para la Ciudad de México (ProCDMX).

Proyecto de Corredor Cultural Chapultepec. // Imagen: Agencia de Promoción, Inversión y Desarrollo para la Ciudad de México (ProCDMX).

Proyecto de Corredor Cultural Chapultepec. // Imagen: Agencia de Promoción, Inversión y Desarrollo para la Ciudad de México (ProCDMX).

Proyecto de Corredor Cultural Chapultepec. // Imagen: Agencia de Promoción, Inversión y Desarrollo para la Ciudad de México (ProCDMX).

Proyecto de Corredor Cultural Chapultepec. // Imagen: Agencia de Promoción, Inversión y Desarrollo para la Ciudad de México (ProCDMX).

Proyecto de Corredor Cultural Chapultepec. // Imagen: Agencia de Promoción, Inversión y Desarrollo para la Ciudad de México (ProCDMX).

Ahora, el gobierno de Miguel Mancera quiere construir un centro comercial en la vía pública y un parque elevado (segundo piso) en la avenida Chapultepec de la Ciudad de México.

Sin consulta ni concursos públicos, ya asignó la obra a un despacho de arquitectos, una constructora, una administradora de centros comerciales y una empresa financiera.

La vida de las millones de personas será modificada por una decisión totalmente vertical que separará colonias, privatizará el espacio público, provocará más inseguridad y privilegia al automóvil.

En el discurso, el proyecto es “verde”, “cultural”, “sustentable”, “peatonal” y demás simulaciones para la verdadera prioridad: un centro comercial sobre la vía pública.

La “necesidad” de construir un centro comercial y un parque elevado en la avenida Chapultepec no es evidente ni de urgente resolución y las consecuencias no sólo tendrían costos enormes para la ciudad y sus habitantes, sino que serían irreversibles.

Por todo ello, un grupo de ciudadanos comenzó a organizarse bajo el lema “#NoShopultepec | #SíChapultepec” para exigir la cancelación del proyecto. Han publicado un comunicado, que suscribí, y también han abierto una petición en Avaaz para juntar firmas y así sumar a otros ciudadanos a su causa.

La historia no es nueva. La cerrazón del gobierno, tampoco. Ante el “va porque va”, la resistencia ciudadana. Una vez más.

 

@albertoserdan

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Comentarios
  • JULIO C. LAVALLEY PEDRAZA

    ES UNA ALTA TRAICION A LA VOLUNTAD DEL PUEBLO, SE SUPONE QUE EL PODER POLITICO RADICA EN EL PUEBLO. Y SU VOLUNTAD HA SIDO BURLADA Y DESPRECIADA POR UN SISTEMA DE TIRANIA Y DESPRECIO A LA VOLUNTAD DEL PUEBLO, POR INTERESES DE LOS QUESQUE REPRESENTANTES QUIENES TIENEN LA OBLIGACION DE ATENDER LA VOLUNTAD DEL PUEBLO, PERO LA TIRANIA DEL SENADO NO ACATA LA PROPUESTA DE 3 DE 3, PORQUE NO HAY SENADOR O DIPUTADO QUE SE SALVE DE LA CORRUPCION,ESTO CONVENCE MAS AL PUEBLO MEXICANO QUE ESTAMOS EN UN SISTEMA POLITICO DICTATORIAL, “HAGASE LA LEY EN MIS ENEMIGOS QUE EN LA MIA NO APLICA ” ES EL LEMA DE LA CAMARA DE DIPUTADOS QUE QUITEN LA FRASE DE BENITO JUATEZ, DE QUE “LA PATRIA ES PRIMERO”