¡Respétennos!

Queremos que también nuestros hombres y niños vivan libres de violencia. El cambio que las mujeres necesitamos los involucra.

Para las mujeres en México, el simple hecho de salir a la calle supone una amenaza. Y a juzgar por las protestas internacionales, las mujeres del mundo en general no la estamos pasando bien. Entre la desigualdad y la violencia machista vivimos con miedo, indignadas, enojadas… y algunas simplemente no viven porque las matan como si no importaran.

Quienes ya llevamos muchos años sobre el planeta hemos caminado solas por la calle, hemos usado el transporte público, algunas hemos viajado solas con una mochila en la espalda, y hemos mandado al diablo a tres o cuatro porque nuestras madres – y uno que otro buen padre- nos enseñaron a no aguantar faltas de respeto. Nosotras hemos encontrado la manera de sobrevivir. Algunas no, porque la violencia ha surgido en sus vecindarios o peor aún, en sus propios hogares. O porque la pobreza las ha obligado a migrar a lugares lejanos y poner en peligro sus vidas en el camino. ¿Qué decir de la llegada de un misógino profesional al gobierno de los Estados Unidos? Y tantos otros que están en puestos de poder en nuestro propio país, tomando decisiones en su “Club de Tobi” y quizá hasta planeando sus iniciativas de ley al calor de unos tequilitas en un table dance. Es aterrador. Como quiera, aquí estamos, dando la batalla, algunas mujeres muy empoderadas y/o que de plano vivimos a la defensiva.

Quienes lo tienen más difícil son nuestras hijas.

Al estar conscientes de los peligros, protegemos a nuestros cachorros como si nos hubiera entrenado el Servicio Secreto Israelí. Eso las mantiene a salvo. Pero crecen y necesitan libertad. Muchos padres y madres que leemos las noticias estamos siendo incapaces de exponer a las jovencitas a la vida real. Las acompañamos a todas partes y observamos todos sus movimientos. Algunos optamos por la complicidad para que sean ellas las que nos cuenten sus inquietudes, con quién chatean, y qué cosas ven y oyen por ahí. Otros de plano leen sus diarios y les revisan el teléfono. (Acción terrible desde mi punto de vista).

Con todo y que he formado en mi hija a una adolescente feminista, me descubro censurando su forma de vestir. Tras la discusión correspondiente, le aclaro que no hay nada malo en su belleza, ni en su femineidad, lo que está mal es el país en el que vive, en el que uno prefiere esforzarse por pasar desapercibida si es que va a caminar por la calle, especialmente si va sola. “Ponte un suéter. Amárrate algo en la cintura. Bajo ninguna circunstancia vas a salir con ese escote”.

Las educamos en el miedo y la conciencia del peligro, porque es real. Tan real como su necesidad de libertad. Es nuestra obligación lograr un país, y un planeta, en el que puedan ser y crecer libres, seguras, tranquilas, felices. Por eso hay que protestar y decir en voz alta que no estamos de acuerdo con las cosas como están. O para ser más específicos, retomando la expresión usada en su momento por Javier Sicilia, fundador del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad: “¡Estamos hasta la madre!”.

Es importante recordar que feminismo es equidad. Protestar no es un acto de odio contra el género masculino. Queremos que también nuestros hombres y niños vivan libres de violencia. Sería absurdo meter a todos los varones en el mismo cajón, habiendo muchos que son maravillosos y feministas- No tantos como quisiéramos, pero los hay. Lo que es cierto es que el cambio que necesitamos los involucra. Todas y todos tenemos que hacer conciencia de las muchas formas en que estamos reproduciendo, fomentando o permitiendo el machismo y la violencia hacia las mujeres, y dejar de hacerlo. Varones del mundo: Somos sus madres, sus hijas, sus parejas, sus compañeras de trabajo. ¡Respétennos!

 

@tiare_scanda

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