Daniel Gershenson

Entropista

Perfil Me llamo Daniel Gershenson. A falta de un término más exacto, podría decirse que soy emprendedor social. Me dedico a temas que hasta hace poco: antes del advenimiento de las redes sociales según algun@s, se consideraban ociosos. Presido dos ONG sin fines de lucro desde mediados del 2006: ALCONSUMIDOR, y ALARBO, AC.

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Pincel vs. Espada. Zapiro y Zuma

(Advertencia – algunas imágenes que aquí se incluyen: aunque caricaturescas, podrían ser consideradas obscenas)

No han cambiado gran cosa los usos corruptos y costumbres impunes del partido que moldeó (junto a familias y escuelas programadas para producir ciudadanos dóciles y conformistas) a tres generaciones de mexicanos en el agachonismo estoico, la escandalosa tolerancia por la desigualdad y la más profunda simulación. Un total de setenta y un años de dados cargados y capitalismo de compinches, récord mundial para el siglo veinte.

Poco indica que el derrotero que tome Enrique Peña Nieto vaya a alejarse mucho de las coordenadas señaladas por sus predecesores. Será más bien: o eso parece, un epidérmico  cambio al tema que tuvo doce años en la mayoría de los gobiernos estatales para que atestiguáramos un auge preocupante.

Las otras agrupaciones políticas que probaron las mieles de la responsabilidad ejecutiva en distintas entidades, también abrevaron del autoritarismo priísta. La democracia fue un lujo electoral que no se extendió a otros ámbitos, donde los ciudadanos tenemos a la fecha el acceso prohibido.

Las grandes cuestiones nacionales que no se consultan y se implementan unilateralmente por la autóctona Nomenklatura, siguen siendo inapelables. Desde las esferas de decisión públicas y privadas, nuestra función es la de permanecer callados y obedientes: si acaso, con vítores y aplausos ocasionales. Pero siempre haciéndonos a un lado. Somos espectadores impávidos y usuarios cautivos sin ninguna posibilidad de resarcimiento justo o castigo para los que hacen del abuso su costumbre.

Algunos medios reiterarán que el PRI no puede, aunque quisiera, conducirnos al pasado; que la sociedad civil no lo permitiría.

Yo no estoy tan seguro. Pienso en los cambios que sí han sido fundacionales en otros países, y constato que aquí son viables las vueltas de regreso a la tuerca.

La necesidad hizo que F. W. de Klerk abriera canales de negociación con Nelson Mandela para liberarlo e iniciar el cambio en esa nación multirracial que llegó al punto de no retorno con la elección de este último a la presidencia. Siguió la gestión de Thabo Mbeki,  con todo y su Negacionismo hacia la epidemia de SIDA, seguido por la estela de negocios sucios de su sucesor Jacob Zuma, acusado de violación cuando se preparaba para las elecciones que lo llevaron al poder en 2009. Desde entonces, la democracia que tanto trabajo costó asumir en el país se enfrenta a múltiples retos, y a políticos indignos del origen ejemplar operado por la autoridad moral el prisionero 46664, recluido durante 27 años y hoy leyenda viviente nacida en 1918.

El monero Jonathan Zapiro es un ácido cronista de la vida sudafricana, que con sus cartones exhibe la estulticia de los políticos desde antes del proceso que derivó en la victoria del mayoritario Congreso Nacional Africano. Su obra causa revuelo, y abre brechas difíciles de cerrar (y qué bueno). Invita a la reflexión desde la sátira, y la ironía del iconoclasta. Vivió de cerca el cambio radical y pacífico del apartheid hasta la modernidad, y es testigo de la degradación de un sistema que sostiene una  deuda con la inmensa mayoría de la población que afronta problemas de desempleo, inseguridad, salud y cleptocracia consuetudinaria.

Cuando era el candidato natural para suceder a Mbeki, Zuma fue acusado en 2006 de violación por una mujer de 31 años: hija de antiguos compañero y aliados del actual presidente sudafricano. Ella era seropositiva. Sostuvo relaciones con ella sin condón, y cuando fue cuestionado en la corte dijo que bastaba evitar el contagio ‘con un duchazo’. Eventualmente, fue exonerado.

Desde entonces, Zapiro lo dibujó con una regadera, la mayoría de las veces abierta, en la cabeza.

 

 

 

El presidente sudafricano inició una serie de juicios contra el satirista, sin demasiado éxito. Ha sido víctima de mofas relacionadas con su fallida tentativa por obligar al dibujante a pagar multas por demás improcedentes.

Uno de sus cartones ilustra a Zuma acompañado por sus compinches, quienes la someten para que él pueda, literalmente, violarla.

El cartón le ha servido como punto de partida para ensayar otras versiones, cada vez más estrafalarias, conforme avanzaba la causa judicial contra Zapiro.

En mayo de 2012, el pintor Brett Murray exhibió The Spear o La Lanza, juego de imagen y de palabras subido de tono, y variación de un tema muy socorrido por el Realismo Socialista soviético. A saber, la pieza de propaganda de Víctor Ivanov Lenin vivió, Lenin vive, Lenin vivirá.

 

 

La pintura fue dañada a propósito doce días después. Intacta o profanada, dio lo mismo: provocó un intenso debate, con explícitas aportaciones de Zapiro en este culebrón.

 

 

 

 

Apenas el mes pasado, Jacob Zuma retiró su demanda por difamación contra Zapiro. El sitio de humor en línea Hayibo.com incluso aventuró que lo hacía, tras haber descubierto que los personajes de los cartones, ‘no son reales’

En muchos sentidos y guardando proporciones, el retorno del Revolucionario Institucional se asemejaría en Sudáfrica al imposible regreso del Nacional Party en nuestro tiempo: algo que ni siquiera conforma el horizonte  imaginario del más acendrado racista. Que México vuelva a caer en la órbita del eterno tricolor, muestra la insalvable distancia que nos separa de los regímenes que (no sin tropiezos pero con agudeza crítica, pero siempre con la mirada el frente) sí ven hacia el futuro.

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