Daniel Gershenson

Entropista

Perfil Me llamo Daniel Gershenson. A falta de un término más exacto, podría decirse que soy emprendedor social. Me dedico a temas que hasta hace poco: antes del advenimiento de las redes sociales según algun@s, se consideraban ociosos. Presido dos ONG sin fines de lucro desde mediados del 2006: ALCONSUMIDOR, y ALARBO, AC.

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El Gigante insomne

El domingo 20 de enero al mediodía, Barack Obama prestará juramento como presidente reelecto de los Estados Unidos. Será el cuadragésimo tercer hombre –ninguna mujer, todavía- en ocupar el cargo (Grover Cleveland ganó las elecciones de su país en 1888; tras perder las de 1892, volvió a prevalecer en 1896, por lo que hasta el momento es el único en no ocupar la Casa Blanca vía reelección consecutiva).

Se abre un nuevo capítulo de la historia de esta República Imperial, como la definió Octavio Paz. Arranca entonces la segunda mitad del mandato del primer presidente afroamericano de los Estados Unidos.

Derrotero ininterrumpido, ruta que nos concierne a todos: con personajes sin partido en sus orígenes (George Washington); después federalistas, demócratas-republicanos, demócratas a secas, whigs y republicanos. Presidentes ilustrados, como los Padres de la Patria John Adams, Thomas Jefferson (principal redactor de la Declaración de Independencia) o James Madison (coautor de los Papeles Federalistas); mediocres nulidades, del estilo de Millard Fillmore, James Buchanan, Chester Arthur, Benjamin Harrison, o el mismísimo George Bush Jr.

Expansionistas jurados como James Polk, que operó la guerra que redujo a México a la mitad de su territorio. Héroes militares como Andrew Jackson  ( a quien durante el cautiverio en Washington Santa Anna ofreció Texas cuando ésta ya era independiente, y se incorporaría un lustro más tarde a la Unión Americana); los efímeros titulares del Ejecutivo Zachary Taylor  o William Henry Harrison; Ulysses S. Grant (comandante en jefe de las fuerzas federales que derrotó al Ejército de la Confederación de Estados del Sur durante la Guerra Civil) o Dwight D. Eisenhower. James Monroe, el que impuso cordones sanitarios a las potencias europeas, a cambio de la perpetua ‘protección’ norteamericana. Imperialistas furibundos que, en relativo descargo, supieron imponer límites y controles certeros e inamovibles al poder de Trusts o monopolios: el republicano Theodore Roosevelt. El único presidente -Richard Nixon, también republicano- que tuvo que renunciar en 1974 por el escándalo Watergate. Dos que fueron sometidos al procedimiento del impeachment, librando en ambos casos la destitución: Andrew Johnson en el siglo XIX –vicepresidente y sucesor de Lincoln, después del magnicidio de 1865 en el Teatro Ford- y Bill Clinton en el XX. Cuatro asesinados: Lincoln, James Garfield, William McKinley y John Fitzgerald Kennedy (el 22 de noviembre de 2013 se cumple medio siglo del atentado en Dallas). Otro tanto, que murieron en funciones (Old Tippecanoe Harrison; el veterano de la invasión mexicana Taylor, el corrupto Warren Harding  y Franklin Roosevelt: arquitecto del New Deal).

William Howard Taft, contemporáneo de la Revolución Mexicana que terminó presidiendo, después de su gestión, la Corte Suprema. El utópico racista Woodrow Wilson, que ordenó Marines a Veracruz, o al general John Pershing más allá del Río Bravo en inútil busca de Pancho Villa en 1916). Interlocutores maniqueos, epítomes del Realpolitik. Muchos santurrones. Pocos estadistas, en ambos lados de la mesa y a lo largo de los años.

Y es una saga con aristas electorales tan truculentas como las nuestras: remitámonos a la célebre jornada de 1876 que, mediante trampas diversas y múltiples coimas, impuso al ilustre desconocido Rutherford B. Hayes. Eco no muy distante de lo que sucedió hace doce años en el estado de Florida, y que forzó la balanza –merced a la suspensión del conteo de boletas decretada por la Suprema Corte- del lado de George Dubya Bush y su compañero de fórmula: el siniestro Dick Cheney.

Se presenta otra clara oportunidad de llevar a buen término una reforma migratoria que no prosperó durante la administración de George Bush Jr. Por los atentados del 11 de septiembre de 2001. La comunidad hispana hizo la diferencia en las fortunas del demócrata Obama en estas pasadas elecciones.

Cosas del pasado compartido. Republicanos fueron los que dieron la puntilla al esclavismo de los estados sureños dominados por el Partido Demócrata, tras prevalecer en la Guerra Civil de ese país. Un siglo después, los papeles se invirtieron y fue una coalición demócrata la que –un siglo después- extendió derechos civiles amplios a la minoría afroamericana. Fue entonces que Richard Nixon operó, mediante la Estrategia Sureña, la recuperación para su causa de toda esa región de los Estados Unidos. Hoy día es lo único que queda, junto con algunos reductos de la pradera: Nebraska, Oklahoma, Utah, Idaho, las Dakotas y un no muy largo etcétera, de aquel sólido bloque que prefiguraba victorias aplastantes en el mediano plazo.

Ahora los que no migraron al Tea Party son rehenes de la teocracia del Grand Ole Party, que junto con votantes independientes dio triunfos holgados a Ronald Reagan en 1976 y 1980. Coalición confesional de electores blancos volcados por Bush padre una vez (antes de perder la elección de 1992 que ganó Bill Clinton, y donde el tercero en discordia Russ Perot obtuvo dieciocho por ciento de los votos), y por su hijo en el desaseado proceso de 2000 más la reelección de 2004.

Obama está a punto de iniciar la conclusión de su mandato. Existen demócratas y republicanos dispuestos a responder al reclamo de las y los migrantes: la ventana de oportunidad podría cerrarse en cualquier momento. Lo mismo aplicaría para el replanteamiento profundo de la estrategia de guerra contra las drogas.

Ayudaría, para nuestros propósitos, atisbar la narrativa alterna ofrecida por especialistas como Howard Zinn: amplio caleidoscopio de voces y voluntades. Hoja de ruta para el futuro.

La participación inteligente de México en la defensa de nuestros intereses debe jugar un papel relevante. El Coloso del Norte posee un voraz apetito, y nunca duerme. Más vale que nos espabilemos, para entender cómo dialogar con él.

Mal haríamos en dejar pasar esta oportunidad.

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