Robert Mercer, el tahúr trumpista

Robert Mercer, principal donante del Partido Republicano durante la campaña de Trump, es un chiflado con ilimitados recursos y la voluntad expresa de destruir los cimientos de la democracia: allá, aquí y en aquellos sitios donde se le deje.

Toda revolución que se respete y trascienda, así sea la hecatombe planteada por el ascenso de Donald J. Trump, requiere de caudillos. Lo cual es el escenario actual del titular número cuarenta cinco del Poder Ejecutivo estadounidense, el boquiflojo Trump, y el de sus enforcers o compañeros de viaje. El entorno de Los Dos Steve, neofascistas ideólogos de cámara: el 1 Bannon, y el 2 –mequetrefe telonero- Miller.

Caso especial es el de sus apoyadores a ultranza: funcionarios neófitos de su gabinete y los demoledores designados de las instituciones que encabezan. Soberanos del Universo. Presuntos outsiders y oligarcas de la Nueva Economía, como el siniestro Peter Thiel (1964), libertario cofundador de PayPal y uno de los primeros inversionistas incorporados a Facebook; dueño de empresas contratistas oficiales del Estado de Seguridad como Palantir. O el igual de truculento –y aún más acendradamente libertario, abierto descreedor del concepto mismo de ‘gobierno’- Robert Mercer (1946).

De Mercer se ha dicho que ostenta un ordenador por cerebro. Fue cuadro privilegiado de IBM. Arrogante y taciturno. Especie de Idiot Savant, que cojefatura Renaissance Technologies, fondo de cobertura o de alto riesgo con rendimientos siderales. También, para efectos de la salud (o enfermedad) de la República Imperial Trumpera, es principalísimo fondeador de nodos divulgadores de noticias alternas (Breitbart, en primer plano, cuyo director Steve Bannon es Rasputín -en clave blanca, anglosajona, protestante y sureña- de Trump). Capitán de una tupida red financiera (y conductual) de propaganda, Big Data y política reaccionaria que, de acuerdo a The Guardian, pudo haber influido decisivamente en los resultados del Brexit y la entronización republicana en congresos estatales, federal y la presidencia de Estados Unidos en 2016.

El saldo inicial de esta guerra son las órdenes ejecutivas racistas firmadas por el presidente, y el presupuesto federal que formaliza un adiós al medio ambiente, la cultura, la diplomacia, la defensa de derechos humanos y las redes de protección a sectores pobres (muchos de los cuales, mayoritariamente blancos, votaron con singular entusiasmo por él en los comicios de noviembre pasado).

Sólo se mantienen magníficamente bien custodiados, incólumes y con exceso de fondos, los enclaves mismos del Complejo Militar Industrial.

El universo moral del aspirante a Soberano Idiota de Queens, hijo del magnate inmobiliario Fred Trump, puede explicarse mejor al conocerse los impactos inmediatos de la decisión Citizens United de la Suprema Corte, la cual entregó en bandeja el financiamiento de campañas políticas a los multimillonarios.

La magnífica reportera de investigación Jane Mayer publica en el New Yorker una semblanza de Robert Mercer, que de no ser cierta podría parecer el delirio de un escritor de ciencia ficción.

Ella es autora de Dark Money, crónica pormenorizada de la captura –a punta de oportunos cañonazos de dólares- del Partido Republicano y la comentocracia derechista por parte de los hermanos Charles y David Koch (1935 y 1940, respectivamente), atrabiliarios petroleros y dueños paranoicos de una de las empresas privadas (que no cotiza en Bolsa) más grandes e importantes del mundo.

La vida, obra e influencia de Bob Mercer en decisiones de vida o muerte –en su caso, hablamos de alguien que debería estar bajo vigilancia sicológica las 24 horas, como Trump, el Gran Jefe– señala atisbos de lo que va a ser la gestión del Reality Showman, bravucón de barrio (septuagenario, boquiflojo y tuitero) instalado en la Casa Blanca.

Su auge político sería difícil de desentrañar, de no haber mediado la Suprema Corte que presumía -cuando se pronunció a favor de extender a las empresas los mismos atributos jurídicos que los de una persona física- una leve mayoría republicana. Proporción que se conservará, aumentada, en el mandato trumpista.

Este dictamen, y otros posteriores, han logrado remover cualquier límite monetario a lo que podían gastar las corporaciones y otros grupos de interés en comicios federales, y a los recursos que podían aportar personas físicas a los Comités de Acción Política. Desde entonces, el poder de los dos principales partidos políticos se ha diluido, hasta caer en manos de un minúsculo grupo de megadonantes.

Los recursos privados siempre jugaron un papel determinante en las elecciones norteamericanas. Pero cuando existían límites a lo que debía aportar un solo donante, era más difícil que él o ella tuviera un impacto decisivo. Ahora … un solo billonario puede firmar cheques que valen ocho cifras y por consiguiente influir directamente en el resultado … y sin que exista escrutinio público de sus motivaciones.

Foto de familia. Existen muy pocas del patriarca, aquí acompañado por su hija (tiene dos más) y esposa. Foto: Politico.

El encumbramiento paralelo (en las filas de la realidad alternativa) de su hija Rebekah –musa del conservadurismo a ultranza que inaugura una ‘Era Chapada en Oro’ como la del siglo diecinueve, pero exclusiva para los nuevos pashás de la obscena opulencia del XXI- a las altas esferas ideológicas y financieras republicanas y del régimen de Trump, y todo lo que representa su gobierno, remachan la condición hereditaria (y el afán de control total) de esta familia.

En esto cree Robert Mercer, cuando entra en confianza y se sincera con empleados de su fondo de riesgo, amigos y familiares:

Decía Mercer, durante la Guerra del Golfo, que los Estados Unidos debieron haberse quedado con el petróleo [algo que sostuvo Trump, a lo largo de su campaña — DG]. Otro empleado de confianza recuerda cómo Mercer subestimaba los efectos dañinos de posibles conflictos nucleares. Refiriéndose a las estragos de las bombas detonadas sobre Hiroshima y Nagasaki, él decía que fuera del perímetro de impacto directo, la radiación había logrado un incremento en la salud de los japoneses [sic].Esto lo entusiasmaba, pues servía para reforzar su creencia de que los accidentes nucleares no eran gran cosa’.

Como Jeff Sessions, el Procurador de Justicia nombrado por Trump cuya nominación fue apoyada por él, Mercer considera que la aprobación legislativa del Acta de Derechos Civiles de 1964 fue ‘un error mayúsculo’ asegurando, en repetidas ocasiones, que los afroamericanos antaño gozaban ‘de mejores oportunidades económicas’. Ha dicho que el problema del racismo en su país ‘se ha exagerado’. Hace no mucho, esta fuente escuchó a Mercer proclamar que no hay racistas blancos, sino sólo de raza negra.

‘Nadie en Renaissance lo desafía cuando habla de política en estos términos …’

Como era de esperarse, Mercer no considera que el Cambio Climático sea un problema planetario de consideración. E invierte cuantiosas sumas en proyectos y Think Tanks que piensan igual que él. Uno de ellos lo dirige Arthur Robinson, bioquímico desacreditado, para el cual si fuese real este fenómeno, y en sus propias palabras (según Mayer, en su artículo): ‘Generaciones futuras disfrutarían una Tierra aún más abundante, en distintas especies plantas y animales’.  

Concluye el testigo directo de las sandeces del magnate trastornado:

‘Si se estudiaran las opiniones de Bob sobre cómo tendría que funcionar un Estado ideal, nos encontraríamos con que él quiere que el sistema se quite de enmedio. El Cambio Climático se encuentra opuesta a esa visión global, debido a que los mercados no pueden resolverlo’.

Su desprecio por la red de seguridad social que él no necesita es absoluto. ‘Piensa que los seres humanos no tenemos un valor intrínseco, más allá de cuántos ingresos podemos generar. Un felino doméstico puede tener más valor, en virtud del placer que proporciona a los humanos. Pero si alguien depende del Estado de Bienestar, su valor se vuelve negativo. Si ganase mil veces más que un maestro, entonces valdría mil veces más.  

‘Bob piensa que la sociedad está funcionando al revés: que el gobierno fortalece al débil, y debilita al fuerte extrayéndole recursos mediante el pago de impuestos’. Su forma de pensar es típica de los ‘multimillonarios instantáneos’ que hacen sus fortunas de las finanzas, y no poseen ningún vínculo con la sociedad que los rodea.

Otro ex colega de Renaissance se une a la conversación con la autora.

‘Para Bob, entre menos gobierno, mejor. Le alegra que la gente no confíe en los políticos. ¿Y si el presidente actual es un payaso? Eso no le preocupa. En el fondo, quiere que todo se derrumbe’.

En un principio, Mercer apoyó la campaña de Ted Cruz. De acuerdo a Mayer, si luego pensó en Trump fue desde la perspectiva de un probabilista.

‘Cuando las posibilidades de obtener la candidatura no eran altas, debió haber pensado: Si promedian veinte por ciento, digamos, ¿qué tiene que suceder para que la cifra aumente, hasta lograr que Trump obtenga la presidencia? Fue como jugar una partida de póker con una mano muy débil’.

 A la luz de los acontecimientos, Mercer es un extraordinario jugador de naipes. Su apuesta política ha orillado a la revista Institucional Investor a bautizarla como ‘Inversión del Siglo’’.

El New York Times proporciona información adicional sobre Mercer, y las instituciones que él financia para negar los cánones del Cambio Climático.

El Oregon Institute, que realiza investigaciones de bioquímica y diagnósticos médicos fue cofundada por Arthur B. Robinson, profesor y candidato perdedor de unas elecciones para el Congreso que recibió una aportación de campaña por quince mil dólares de la esposa de Robert Mercer. En 1997 Mercer escribió para la página editorial del Wall Street Journal un artículo que llevaba por título ‘El Calentamiento Global es un Mito’, y que puntualizaba que los niveles ascendentes de bióxido de carbono ‘beneficiaban al medio ambiente’.

El texto era un rechazo al Protocolo de Kioto, que asumió la evidencia del calentamiento global producido por actividades humanas, y estableció metas para reducir estas emisiones. ‘No existe la menor prueba que los humanos son responsables del aumento de las temperaturas globales’, se leía en el artículo. Añadía Robinson: ‘No tenemos que preocuparnos por el uso humano de los hidrocarburos’.

Otro enorme beneficiario de Robert Mercer es el Instituto Heartland, a la que su fundación familiar ha otorgado casi cinco millones de dólares. En 2011, su presidente Joseph Bast escribió que aquellos liberales que reconocen al Calentamiento Global como algo cierto, lo hacen porque su combate ‘requiere impuestos más altos y la redistribución del ingreso’ junto a ‘otras políticas de la agenda liberal () creen en el Calentamiento Global porque eso justifica sus convicciones ideológicas…’.

Liberals have no reason to ‘look under the hood’ of the global warming scare.

Sobran comentarios.

Robert Leroy Mercer es un chiflado con ilimitados recursos, y la voluntad expresa de destruir los cimientos de la democracia: allá, aquí y en aquellos sitios donde se le deje. Como con el charlatán Don Drumpf, su papel de peligroso tahúr en el circo de la Trompitud se encuentra asegurado a perpetuidad (una que, esperemos, llegue a su término en 2021).

Estafador, charlatán y vendedor de ilusiones. Foto: vía Daily Kos.

¿Seguiremos siendo nosotr@s, testig@s pasivos de los estropicios de multimillonarios que hoy –como en México- son los que de veras mandan?

 

@alconsumidor

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