El día que fui rockstar

Fernando Rivera me apuntó con su guitarra y me disparó un sol sostenido (¿o habrá sido un do?). Yo, de acuerdo a lo ensayado, me tambaleé ante el poder de la música, recibí una nueva ráfaga de notas y caí muerto de rock brindando a la audiencia la mejor actuación multitudinaria que he ofrecido hasta la fecha.

Recuerdo. Era marzo de 2012. El país se debatía en medio de varios escándalos de corrupción, en todos lados crecía la indignación hacia algo, las grillas entre los partidos hartaban a los ciudadanos y aquí cada vez que llovía las inundaciones eran épicas, o sea que todo marchaba enmedio de la anormalidad acostumbrada. Aquella mañana me encontraba yo realmente muy quitado de la pena mirando cómo cruzaba el sol de lado a lado de mi estudio cuando recibí una llamada de Fer Rivera Calderón, creador entre otras cosas de Monocordio, su alter ego musical que ahora cumple dieciséis años de fundado.

— ¿Qué vas a hacer el fin de semana, Limón?

— Pues ir a verlos al Vive.

— ¿Te quieres subir al escenario con nosotros? Se me ocurrió que te disfrazaras del Papa (Benedicto XVI estaba a una semana de llegar a México) y que entres cuando estemos tocando El diablo es el ego de Dios.

— Me parece buenísimo ¿cómo hacemos?

— Por lo pronto vente a Casa Tostado para elegir tu disfraz.

Esa llamada inauguró para mí el fin de semana en el que, por una vez en la vida, me convertí en rockstar. Me gusta recordarlo como si en la mañana del día del concierto una gigantesca nave extraterrestre se hubiese posado encima de mi casa y me hubiera abducido, llevándome a vivir por unas horas al Planeta Rock. Un planeta tan distante como brillante. Que los planetas no brillan, bueno, este sí.

José Manuel Aguilera, fundador de La Barranca y creador también del histórico Sangre Azteka, dice que los días del Vive Latino son el equivalente al día de navidad para todos aquellos que en este país se dedican, de alguna manera u otra, al rock. Es cierto. Aquella mañana en que de la Condesa me transportaron hacia el Planeta Rock, pude confirmar que el de rockero es uno de los trabajos más increíbles que existen sobre la Tierra: una vez que los amables secres de la entrada me recibieron cruzándome la muñeca con multitud de pulseras (la clásica acreditación de prensa, más la que indicaba el escenario en el que nos íbamos a presentar, amén de la que daba entrada al camerino y una misteriosa en la que sólo se alcanzaba a leer la palabra hospitality) y finalmente me pude internar por la parte de atrás del monstruo, pude constatar que ahí todo eran abrazos, sonrisas, catering y ensayos por lo bajito. Ni pensar en ese momento que para llegar a un backstage en el que uno es tratado como estelar haya que picar piedra por muchos años -aunque hoy las piedras por picar sean un poco más calizas- y demostrar por largo tiempo a todos que uno posee idénticas proporciones de temple y talento. Digamos que ese día me la pasé rodeado por rockstars que tenían ya años de haber pagado su derecho de piso y esas cosas que yo reflexionaba a todos les valían rockeramente madres.

La energía que con gritos y ovaciones envía hacia el escenario la multitud que se agolpa para ver a una banda reconocida se siente ahí arriba como un continuo estallar de esferas color plata que se multiplican en cuanto suena el primer guitarrazo. Yo lo sé porque pude estar ahí al lado desde el instante en el que subió Monocordio hasta el momento en el que, temblándome las piernas (que no se me veían debajo de la sotana papal) me tocó entrar al escenario. Recuerdo perfectamente que el continuo oleaje de gritos que sobresalía por encima de la música se incrementó en cuanto me “reconocieron” como el Papa. Bendije a todos, a la multitud, al grupo. Fernando Rivera me apuntó con su guitarra y me disparó un sol sostenido (¿o habrá sido un do?). Yo, de acuerdo a lo ensayado, me tambaleé ante el poder de la música, recibí una nueva ráfaga de notas y caí muerto de rock brindando a la audiencia la mejor actuación multitudinaria que he ofrecido hasta la fecha.

Mientras dos asistentes del grupo se preparaban para levantarme y sacarme en vilo del escenario, me clavé en el cielo soleado de aquella tarde y en las esferas plata de las que ya les he hablado. Fue un momento hermoso: tirado ahí, en pleno centro del Planeta Rock, con los brazos abiertos recibiendo energía del universo.

Todo acabó cuando los asistentes se acercaron y uno resultó menos atlético que el otro (en realidad, ninguno era atlético): por allá fui a dar, entre los gigantescos telones de gasa colocados a los lados del escenario. Resoplando me tiraron sobre el piso como si en lugar de Papa o rockstar no fuera yo más que un humilde ciudadano que acababa de vivir un evento extraordinario.

Más tarde supe que la misteriosa pulsera Hospitality era en verdad el salvoconducto para entrar al corazón fiestero del Planeta Rock: la zona lejanísima a los escenarios en la que luego de sus respectivos toquines los músicos van a soltar un poco de estrés postconcierto y el sitio en el que pude por primera vez darme cuenta que Joselo y Meme son unos tipazos y Carla Morrison una mujer que, por lo menos en aquel año, se encontraba harta de ser tan famosa.

Ya luego, inesperadamente, vendría a posarse sobre mí la nave extraterrestre que nuevamente me abdujo pero esta vez para sacarme de ahí y depositarme absolutamente atarantado de vuelta en mi casa.

Sabedor de que las Grandes Glorias existen para que uno las recuerde toda la vida, asistiré este fin de semana al Vive Latino para presenciar una vez más la actuación de Monocordio, ahora con una alineación que incluye, además de Fer, a los talentosos Alonso y Chema Arreola. No subiré esta vez al escenario, pero a la hora en que la banda aparezca, recordaré aquel día de 2012 como si estuviera pasando en ese momento. Volveré a la abducción, a la energía incesante de los fans y al Hospitality. Recordaré mi paso por el Planeta Rock como una de las grandes cosas que me han pasado en la vida.

Y es que ¿quién podría olvidarse del día en que fue rockstar?

 

@elimonpartido

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