Minuto de silencio

¿Qué hacer para que en México se respete, junto con la vida de todos, la existencia de los periodistas, imprescindibles para el funcionamiento de la verdad?

Hace muchos años, cuando en este país las notas relacionadas con violencia de cualquier tipo no eran cosa que veíamos a través de la pantalla todos los días, el noticiero estelar del Canal 2 presentó el caso (horrendo) de una pequeñita de unos ocho o nueve meses de edad que era cotidianamente golpeada nada menos que por la mujer encargada de cuidarla en tanto los padres acudían a sus trabajos. Las imágenes que ante las sospechas de los progenitores había grabado una cámara de video de esas de antaño eran, como todos ustedes imaginarán, muy duras. La denuncia a nivel nacional trajo junto con la indignación unánime el castigo merecido por aquella criminal. Hoy esa historia seguramente ya no es recordada por prácticamente nadie, sin embargo quiero recuperar uno de los detalles que más me impresionó de todo aquello: dedicada a analizar el abuso, una psicóloga empleó algunos minutos en pantalla para hablar acerca del llanto de la niña refiriéndose a él de una manera que estremecía. Palabras más, palabras menos, la especialista señaló que el llanto de aquella infante reflejaba una condición de desamparo total. La persona de las imágenes lloraba con el desconsuelo de percibirse completamente desprotegida. Sabía que nadie acudiría en su auxilio y en su caso llorar era sólo una vía, acaso instintiva, para desahogar su dolor.

De alguna terrible manera así se percibe en estos días al gremio periodístico al que pertenezco: como una comunidad integrada por indignados profesionales que exigen, acompañados de la razón más plena, protección, pero que a su vez sabe perfectamente que el Estado no va a brindárselas por más declaraciones, fiscalías, decálogos y menjurges retóricos que empeñe en simular que pretende hacerlo. En este país se ha golpeado gravemente el ejercicio periodístico por años y la evidencia muestra que a los distintos gobiernos (federal, estatales…) el tema no les ha importado mayor cosa. Ahí está la abultada lista de condenados por ataques a periodistas para demostrarlo: 3 de entre 804 denuncias, las cuales incluyen a su vez 53 por asesinato, tomando en cuenta las correspondientes a los seis periodistas ultimados durante lo que va de 2017.

Ante la “reacción” gubernamental, resultó sintomático escuchar desde Los Pinos a compañeros reporteros demandando justicia frente a Peña Nieto añadiendo por ahí, entre otras frases de las que se gritaron frente al presidente: “se abren carpetas de investigación y nunca se finalizan”. Muy pocos (pocos en verdad) dudan que por estos días asistimos nuevamente a una simulación que permite adelantar lo que ocurrirá luego de las declaraciones de Peña Nieto y Osorio Chong: nada. Sólo unas cuantas semanas aparentando avances para ganar tiempo y luego lo de siempre: el olvido y el desprecio que acompañan la inacción. Hasta que caiga el siguiente periodista, algún criminal -que quedará impune- se ufane al estar seguro que ha obtenido una victoria y vengan de nuevo las condenas institucionales mientras que alguien le sube al botón mohoso que mal enciende esa máquina completamente arruinada que es la de la procuración de justicia en nuestro país. El dilema es espantoso ¿a quién acudir?, ¿qué hacer para que en México se respete, junto con la vida de todos, la existencia de los periodistas, imprescindibles para el funcionamiento de la verdad?

Los periodistas en México integran una comunidad que hoy rezuma su rabia, sabedora de que los golpes seguirán llegando por debajo mientras allá arriba la autoridad pide un minuto de silencio.

Qué llanto tan más seco.

 

@elimonpartido

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