Se está reblandeciendo todo

Por encimita dicen que el país se encuentra lujosamente asfaltado, todo luce limpio y liso. Pero por debajo está corriendo demasiada agua sucia.

“Hay una cosa que no tiene precio y que no se puede sustituir, y es precisamente que a la alta política no se debe entrar para hacer negocios, sino para comprometerse con la causa de la gente”.

José Mujica

 

Tiene ya un buen rato que se siente blandito el suelo del país. No es precisamente algo que nadie haya advertido. Basta con asomarse un poco por debajo de la línea de flotación de la República para darse cuenta. Lodo, fracturas, descuido. A lo largo de todo el territorio cruza una especie de tubo gigantesco que hace mucho tiempo se rompió y sobre el que han querido construir algo que sólo mirado desde muy arriba -pongamos, desde la ventanilla de un avión- aparenta estar bien. Pero la realidad es que se encuentra muy blando el suelo. Se siente cuando uno va caminando ¿o estaré loco?

Suelo reblandecido que anuncia que un día podría abrirse un gigantesco boquete.

Pero dicen que el asfalto con el que están recubriéndolo todo es muy resistente. Asfalto carísimo por cierto, dicen. De primera calidad, dicen. Que no había drenaje bajo la obra monumental que están construyendo, pero que gracias a ellos ya lo hay. Un drenaje que de punta a punta permite la tranquila circulación del agua. Y más bien se siente como que si un día se hunde todo se va a escuchar un sonido espeso, como el ruido que produce un objeto muy pesado cuando se borra de pronto al caer al fondo de un agujero muy grande.

Van a decir que lamentablemente un tramo del drenaje que va por debajo, mismo que además, milagrosamente, había funcionado muy bien a lo largo de cuarenta años (curiosa aritmética la de la corrupción, donde también se nos ha dicho que este asfaltado maravilloso va prácticamente garantizado para funcionar a todo meter durante… cuarenta años), taponeó, caray, la basura. Y la lluvia que tan atípicamente cae. Dirán que tenían todas las certificaciones. Pero, chin, se taponeó.

Suelo blando. Pero ellos dicen que se está atendiendo. Que en los recorridos se van dando cuenta que hacen falta detallitos, ya se sabe, señalamientos, pintura. Pero otros como yo sentimos mullido debajo, quizá se va hundir. Y dirán que se trató de una lluvia atípica. Una de esas lluvias con personalidad de huracán.

Pero desde la ventanilla de un avión se mira todo muy bien. Espléndida carretera, dicen. Están construyendo una gran autopista que ha de soportarlo todo. Rápida. Segura.

Pero desde abajo, la verdad, es que basta asomarse sólo un poco para darse cuenta del desastre. Por encimita dicen que el país se encuentra lujosamente asfaltado, todo luce limpio y liso. Pero por debajo está corriendo demasiada agua sucia.

Sin embargo, dicen, no hay que hacer juicios anticipados. Quizá sea vocación de este suelo hundirse. Por ello, cuando esta blandura que se siente bajo las suelas termine por ceder, a nadie va a extrañarle que algún encargado directo (de esos que en las historias bien escritas saltan al abismo para lograr salvar a los más posibles) se atreva a dar un paso al frente para señalar que se realizará un peritaje de lo ocurrido -cómo se nos fue a hundir país tan bonito, caray- para, “en su caso”, determinar responsabilidades.

“En su caso”. Esta historia que me narro mientras camino por un país al que cruza un gigantesco tubo roto concluye cuando se determina que la responsabilidad última del desastre es toda de Pachamama y de San Isidro Labrador. Concluye también cuando quienes en realidad llevan muchos años arrastrando basura sólo se alejan, para mirar el socavón desde arriba y desde muy lejos. Bien lejos.

Se está reblandeciendo todo.

 

@elimonpartido

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