Sobre legitimidad y segundas oportunidades

El enorme supuesto detrás de la segunda vuelta, que parecen obviar sus impulsores, es que la legitimidad proviene de la legalidad y transparencia en el proceso a cargo de una institución con capacidad de garantizarlas, lo que no sucede ahora.

Por: Moisés A. Silva (MoisesSilva_10)

En Marzo de 2017, Buendía y Laredo publicó su última encuesta sobre confianza institucional. Los resultados no son muy alentadores con vistas a 2018. El Instituto Nacional Electoral (INE) cuenta con la confianza de solo el 43 % de los encuestados, quedando detrás de la policía (otro resultado preocupante) y los partidos políticos como las instituciones que gozan de menos confianza.

Dados los resultados, y especialmente las formas, de los comicios del 4 de Junio, parecería muy poco probable un escenario en el que las instituciones electorales locales, como las nacionales, resultaran fortalecidas. Es por eso que, tanto la prensa, como la clase política nacional han recuperado la idea de instaurar un mecanismo que, entre muchas más ventajas, reencontraría la confianza y legitimidad que se han perdido entre fosas e impugnaciones: la segunda vuelta.

A continuación presentamos un escenario de la última elección de presidente con segunda vuelta.

Elección 2012

Los resultados son de sobra conocidos, el candidato de la coalición Enrique Peña Nieto obtuvo el triunfo con más de 19 millones de votos, el 38.2 % de los votos emitidos; seguido por Andrés Manuel López Obrador, más de 3 millones de votos detrás y con el 31.57 % de la votación. Dada esta diferencia, hubiese sido necesaria una segunda vuelta bajo cualquier sistema de segunda vuelta a nivel mundial.

Antes de entrar al escenario de segunda vuelta, es necesario tener en mente la distribución de preferencias entre los candidatos punteros. Enrique Peña Nieto obtiene el primer o segundo puesto en el 92 % de las secciones electorales, mostrando un desempeño sobresaliente en estados como Chihuahua, Zacatecas y el Estado de México. Quizá más impresionante aún sea el número de cuartos lugares obtenido, mismo que no rebasa siquiera la decena de secciones electorales.

Por su parte, Andrés Manuel López Obrador, en su segunda elección presidencial, obtiene el primer o segundo puesto en el 58 % de las secciones electorales a nivel nacional; mostrando un gran desempeño en estados como Michoacán, Oaxaca, Guerrero y Tabasco. Por otra parte, Andrés Manuel obtiene el tercer puesto en el 41 % de las secciones, siendo penalizado por los votantes en Estados como Chihuahua y Tamaulipas.

Competitividad

Más del 64 % de las secciones ganadas por la coalición liderada por Peña Nieto fueron obtenidas por márgenes superiores al 10 % de los votos, la mayoría de ellas concentradas en el norte del país; el resto de sus victorias se dieron en escenarios altamente competitivos. En cuanto a sus derrotas, el 64 % de ellas rebasaron el 10 % de desventaja, siendo estados como Tabasco, Oaxaca y Guerrero, hostiles al priísmo.

Los territorios afines a López Obrador en 2012 son claros en el mapa: Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Tabasco son estados con marcada presencia del candidato de izquierda. De sus más de 19 mil secciones ganadas, únicamente el 38 % rebasó los 20 puntos de ventaja, casi el mismo porcentaje (35 %) que las secciones resueltas por menos de 10 puntos. Por otra parte, el 57 % de sus derrotas rebasaron los 20 puntos de desventaja y solo en el 19 % de las mismas fue altamente competitivo.

Escenario Segunda Vuelta

El método fue el siguiente: tomemos la sección 1,150 de Guanajuato, ganada por los 732 votos de Josefina Vázquez Mota, se sumó el número de votos de los candidatos en contención en la segunda vuelta (347 a favor de EPN y 144 para AMLO) y se obtuvo un peso seccional para cada uno de ellos con base en ese resultado (70.7 % para EPN, 20.3 % para AMLO), mientras los votos de los candidatos restantes (Vázquez Mota y Quadri) se sumaron y posteriormente fueron distribuidos con base en el peso seccional obtenido previamente, suponiendo el mismo nivel de participación.

La distribución territorial en este escenario resulta abrumadoramente priísta, al doblar el número de secciones obtenidas por Obrador. El candidato de la izquierda aumenta su total, mas no al ritmo del candidato priísta. En este escenario el candidato del PRI gana la elección con más de 27 millones y medio de votos, frente a los cerca de 21 millones y medio de votos del tabasqueño. La diferencia inicial, de poco más de 3 millones, trescientos mil votos se amplía, hasta alcanzar un margen superior a los 8 millones, doscientos mil votos.

Competitividad

Como el mapa sugiere, la segunda vuelta, en este escenario, hubiese sido benévola con Peña Nieto. Ya que, de las poco más de 12 mil secciones en las que tuvo un margen de victoria menor a los 10 puntos porcentuales, el 58% aumentó el margen a más de la decena de puntos porcentuales. Más allá de ampliar la diferencia con respecto al segundo puesto, recupera secciones, ya que de las más de 30 mil secciones perdidas, reclama cerca de un tercio de las mismas.

Con respecto a López Obrador, refuerza su posición en estados como Guerrero, Oaxaca, Tabasco, Morelos o la ahora Ciudad de México, mientras sus márgenes de derrota se amplían en todo el norte del país, así como en estados de gran peso electoral, como Veracruz o el Estado de México. De las más de 11 mil secciones en las que el margen con respecto al primer lugar se encontraba entre 10 y 20 puntos porcentuales, más de la mitad (5,342 secciones) se resolvieron por diferencias superiores a los 20 puntos.

Conclusión

Si bien en este escenario la segunda vuelta hubiese creado certidumbre y claridad en el resultado, no es una respuesta que se espere de todas sus aplicaciones. Replicando el ejercicio, en este caso para la elección de 2006, el puntero en la primera vuelta, Felipe Calderón, pierde la elección frente a Andrés Manuel López Obrador por más de 4 millones y medio de votos. El proceso invierte el resultado.

Uno de los peligros de la amplitud en los resultados es la pretensión de consenso con la que llegaría el ganador. En este escenario Enrique Peña Nieto hubiese llegado a la presidencia con una diferencia superior a los 8 millones de votos y el equivalente al 54.6 % de los votos, cantidad que rebasa, con creces, su apoyo en el congreso, donde no alcanza la cantidad mínima de legisladores para impulsar su agenda legislativa sin necesidad de acuerdos más amplios.

Por otro lado, la legitimidad no se alcanza necesariamente por la amplitud de un resultado, solo en los comicios del 4 de Junio se registraron más de 400 impugnaciones, así como la asignación de multas risibles (basta con ver la multa recibida por la coalición del PRI en Coahuila por el reparto de tarjetas). Si a esto sumamos la anulación de la elección en Coahuila, el resultado es poco alentador para la potencial aplicación de una segunda vuelta.

Los argumentos a favor de la segunda vuelta se basan en la claridad de sus resultados y el consenso que crea en el electorado. El enorme supuesto detrás, que parecen obviar sus impulsores, es que la legitimidad proviene de la legalidad y transparencia en el proceso a cargo de una institución con capacidad de garantizarlas y, ante la imposibilidad de la autoridad electoral de generar confianza y certidumbre en los resultados, la segunda vuelta, presumiblemente, quedaría rebasada por sus promesas democráticas.

 

@telusmx

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