Una perspectiva histórica de la #PrimaveraVioleta

Ningún fenómeno histórico es lineal ni enteramente progresivo y en la marcha del 24 de abril fue absolutamente claro que las luchas de las feministas corren por caminos muy diversos (afortunadamente), pero pueden articularse en coyunturas específicas; en este caso, en un grito de justicia por el triste y apremiante contexto de violencia sistémica que afecta de forma muy particular a las mujeres.

Una perspectiva histórica de la #PrimaveraVioleta
Foto: Ignacio Rosaslanda / @talladeboina36 Ignacio Rosaslanda / @talladeboina36

Por: Karla Motte (@karlamotte)

En comparación con otras manifestaciones feministas, la del 24 de abril pasado fue avasallante. Las cifras de participación indicaron que al menos 8 mil personas asistieron a las marchas que se llevaron a cabo en 27 ciudades del país, lo que dio pie a celebrar el éxito cuantitativo de la protesta. En términos históricos también se corroboró que el llamado #24A puede considerarse como la manifestación feminista más nutrida de la historia de México, pues en ningún otro momento del pasado se había alcanzado un número tan elevado de personas convocadas por grupos feministas para protestar públicamente.

Foto: Daliri Oropeza / @dal_air
Foto: Daliri Oropeza / @dal_air

Es pertinente, entonces, realizar una reflexión con perspectiva histórica y feminista acerca del fenómeno,[1] así que este es un buen punto para indicarle que, si usted es arjonista y cree que las mujeres al feminismo y los hombres al machismo harán que la historia termine igual… le recomiendo detenerse aquí y que mejor empiece leyendo esto.

Comencemos por colocar a la Primavera Violeta en perspectiva, situando a las manifestaciones o protestas políticas en los espacios públicos como fenómenos de la “modernidad política”. Esta gran categoría histórica ha causado enormes –y eternos– debates entre quienes nos dedicamos a investigar la historia, pues el concepto de “modernidad” ha enmarcado y justificado una visión jerarquizada y lineal de los procesos. Por ejemplo, el concepto ha sido muy criticado porque implica una dicotomía insalvable entre lo moderno y lo “atrasado”, “tradicional” u “obsoleto”.

Sin embargo, para tratar de sortear estos meticulosos debates, mencionaré sólo dos elementos que nos resultan útiles: primero que en el mundo liberal de Occidente (en términos generales, el que inició tras la Revolución francesa) comenzó a pensarse que el mundo discurría en dos espacios: el público y el privado. El primero es aquél que se encuentra al salir por la puerta de cada casa o negocio y donde se ejerce la política que, casi sobra decirlo, se concibió en sus orígenes como un espacio para varones. Por otra parte, el privado como el espacio de la familia y lo doméstico, en donde reinaba un ser inmaculado y angelical (léase el sarcasmo): las mujeres. Los negocios, por su parte, se pensaron como espacios donde se ejercían dos derechos fundamentales, el libre mercado y la propiedad privada.

Un elemento básico de esta “modernidad” fue la participación política de una masa amorfa que se ha denominado de diversas formas: pueblo, sociedad civil o, más recientemente, ciudadanía. Con pretensiones incluyentes y de justicia histórica, el liberalismo ensalzó una supuesta universalidad –la del pueblo como sujeto político– aunque en los hechos las mujeres fueron olímpicamente excluidas. En este marco, el siglo XIX vio nacer al feminismo “moderno” (la consabida primera ola) caracterizado por su unidad en torno a lucha por la obtención de derechos políticos. Este es un tema básico en la historia de los feminismos y cabe apuntar que marco con negritas unidad, porque las feministas coincidían en la lucha por sus derechos políticos, pero tenían también muchas discordancias, tal como sigue sucediendo y se vio claramente en el #24A.

Foto: @droncita
Foto: @droncita

En México, que es el lugar que nos ocupa, desde el ascenso de los gobiernos revolucionarios algunas mujeres identificadas con el feminismo, además de luchar por el sufragio, expresaron otras ideas, innovadoras para la época. Por ejemplo, la enfermera de origen estadounidense Margaret Sanger, quien trabajó en Yucatán difundiendo el método anticonceptivo del ritmo, a pesar de las críticas y de haber sufrido un linchamiento mediático (¿les suena parecido?), que poco tiempo después derivó en la promoción de la maternidad por parte de grupos conservadores encabezados por el arzobispado de México, a través de la instauración del Día de las Madres que se celebró por primera vez en 1922.

Otro caso notable es el que sucedió en 1916 durante el Primer Congreso Feminista de Yucatán, en donde Hermila Galindo dijo que era necesario reconocer los impulsos sexuales de las mujeres y enseñarles educación sexual. Esto fue muy polémico, y también causó una ola de denostación en los medios y por parte de muchas feministas (jamás hemos sido hermanitas del bosque que cantan una canción al unísono), que no esperaban escuchar afirmaciones tan inmorales como que las mujeres también podían anhelar tener vida sexual y conocer sus cuerpos. Mucho menos que tenían que recibir educación sexual (¡escándalo!). Otro caso menos conocido pero bastante significativo ocurrió en plena época del callismo y la guerra cristera, con la presencia de una intelectual feminista española en México: Belén de Sárraga,[2] quien se atrevió a afirmar que conocía casos de pederastia clerical que debían ser combatidos (tsssss…).

So… en la primera ola también había diversas demandas: ningún fenómeno histórico es lineal ni enteramente progresivo y en la marcha del 24 de abril fue absolutamente claro que las luchas de las feministas corren por caminos muy diversos (afortunadamente), pero pueden articularse en coyunturas específicas; en este caso, en un grito de justicia por el triste y apremiante contexto de violencia sistémica que afecta de forma muy particular a las mujeres.

Otra dimensión importante para comprender históricamente al #24A es que las manifestaciones o protestas políticas son un fenómeno histórico relativamente reciente, que surgió en el siglo XIX en el marco del liberalismo y de forma paralela a la revolución industrial, al surgimiento del socialismo teórico y a las luchas obreras. Además, las concepciones de participación política de grupos amplios y el ejercicio del civismo y la ciudadanía son fenómenos todavía más recientes, pues en México fue hasta principios del siglo XX que las grandes masas se apoderaron de una parte del ejercicio político, con exigencias y luchas para presionar o apoyar a los gobiernos, ávidos de obtener votos.

Incluso hasta que Francisco I. Madero decidió postularse, ni siquiera era necesario hacer campañas electorales; pero el panorama cambió radicalmente cuando los gobiernos requerían de bases de apoyo en amplios espectros sociales. Fue entre los gobiernos de Venustiano Carranza (1914-1920) y de Lázaro Cárdenas (1934-1940) que se perfeccionó el recurso de mostrar el apoyo popular mediante manifestaciones multitudinarias en eventos públicos. Sí, sad but true, en México las manifestaciones masivas, con cierto peso mediático y en donde mientras más personas participen, ese apoyo sí se ve, fueron parte del esquema político de cooptación, corporativización, acarreo y demás prácticas legadas por la “familia revolucionaria” y por el PRI.

Pero el panorama no es tan triste, porque ese también fue un fenómeno a nivel mundial que, en el mundo contemporáneo, es parte de las expresiones de oposición que pueden (o no) incidir en la toma de decisiones. Más cercano al presente, el fenómeno del uso de la sátira y de múltiples performances entraron a la escena política como expresiones populares de crítica política, irreverente e innovadora, gracias a los jóvenes. Esta tradición es muy larga, e incluso se observó desde la huelga estudiantil de 1929, que consiguió el otorgamiento de la autonomía para la UNAM; pero sin duda el referente de 1968 fue muy influyente en la forma en cómo se marchaba. Entre las feministas, paulatinamente también se realizaron estas expresiones de manifestación política que tuvieron diversos fines y salieron de los “protocolos” de las marchas oficialistas (como las de los sindicatos o las campañas electorales).

Desde la simple catarsis, hasta la visibilización y creación de redes que pueden iniciar otras acciones políticas, los performances actuales que se ejecutan en las manifestaciones (sobre todo de oposición o crítica) tienen un valor simbólico muy significativo. Tal como se vivió en la Primavera Violeta, las manifestaciones de las feministas de la segunda ola ya contaban con estos elementos: como la recurrente quema de sostenes, o el reparto de pócimas mágicas contra los violadores.

Hilda Campillo, Mónica Mayer y Maris Bustamante, artistas feministas de la segunda ola.
Hilda Campillo, Mónica Mayer y Maris Bustamante, artistas feministas de la segunda ola.

Conscientes de que el reconocimiento de los derechos políticos eran insuficiente para alcanzar la igualdad (ahora se utiliza el término equidad, pero esa idea llevó su tiempo de gestación y parto), de forma similar al presente, las mexicanas feministas de la segunda ola se opusieron a la retórica institucional (como en el caso de las manifestaciones paralelas al Año Internacional de la Mujer, celebrado en México en 1975), y utilizaron recursos discursivos visuales, verbales, histriónicos, artísticos, poéticos, musicales, etc. para exigir sus demandas. Toda esta riqueza de los feminismos que se expresó entre las décadas de 1960 y 1990, todavía requiere de mucho estudio, y para eso está la archiva de Mónica Mayer en espera de que vayan a investigarla (tip para historiadoras).

La tercera y última dimensión que abordaré es el de las críticas reiteradas hacia todo aquello que se denomina feminista o que manifiesta una lucha focalizada hacia el sector femenino, que se expresa con suma violencia y que en la marcha del 24 de abril se expresó de diversos modos. El tema es muy complejo y se manifiesta desde diversos sectores (el más obvio siempre ha sido el de los conservadores), pero me parecen significativas las críticas desde la izquierda, pues aunque en diversos momentos ésta ha enarbolado retóricas libertarias (llamémosles así para no entrar en detalles y debates que no vienen al caso), reiteradamente se han opuesto a la inclusión de las demandas feministas como parte de sus luchas o agendas.

Para ejemplificarlo, mencionaré dos casos. El primero ocurrió entre 1935 y 1938 cuando, en el marco corporativista de la posrevolución, muchas feministas creyeron que colaborando con el gobierno socialista del presidente Lázaro Cárdenas lograrían su mayor anhelo: el derecho al voto. Con ese fin crearon el Frente Único Pro Derechos de la Mujer[3] (FUPDM), cuya principal demanda era el sufragio. Ellas se plegaron al gobierno pero no les hizo justicia la revolución.

Mujeres del Frente Único Pro Derechos de la Mujer.
Mujeres del Frente Único Pro Derechos de la Mujer.

Esta historia es bastante conocida: el presidente Cárdenas envió al congreso nacional y a los congresos estatales una iniciativa que otorgaría el voto a las mujeres. La iniciativa fue aprobada por todos los estados y, como marca la ley, sólo faltaba que el presidente la publicara en el Diario Oficial de la Federación para su entrada en vigor, cosa que nunca ocurrió. Lo que no es tan conocido es que el FUPDM le pagó al Frente Socialista de Abogados, encabezado por Alberto Bremauntz, para que hiciera un estudio que esperaban fuera favorable sobre la necesidad de otorgar el voto a las mujeres. La respuesta del Frente fue que “las mujeres no sienten la necesidad de participar en asuntos públicos, como lo demuestra la falta de todo movimiento colectivo en ese sentido”.[4] Tal aseveración se realizó en pleno apogeo de una de las organizaciones de mujeres más numerosas e importantes de toda la historia de México.

Otro buen ejemplo de discursos de denostación desde la izquierda, elevada en su peldaño de moralidad intachable, nos lo otorga Benita Galeana, militante del Partido Comunista Mexicano, que por su condición de pobreza y analfabetismo realizó trabajos secundarios para el partido como repartir periódicos y engrosar las manifestaciones. En sus memorias, escritas bajo dictado, comentó que ella “… veía que camaradas muy capaces e inteligentes eran los que más mal trataban a sus compañeras, con desprecio, sin ocuparse de educarlas, engañándolas con otras mujeres como cualquier pequeño burgués y, en cambio, los primeros en decir: “¡son unas putas!”, cuando la mujer anda con otro”.[5]

Pero quizá una descripción que ejemplifica mejor la permanencia de ideas en contra del feminismo la ofreció la militante comunista Evelyn Trent Roy, esposa de M.N. Roy, uno de los fundadores del Partido Comunista Mexicano. Ella afirmaba que “el feminismo intentaba separar a hombres y mujeres y alejar a la mujer de la lucha de clases… El feminismo llamaba al individualismo, en tanto la lucha revolucionaria requería de un espíritu de clase, sin egoísmo, ni preocupaciones individuales”.[6]

Efectivamente, uno de los principales argumentos históricos de las posturas de izquierda, que ha minimizado a la lucha feminista por considerarla separatista de la “verdadera lucha”, ha sido que en algún momento se emancipará por igual a hombres y mujeres (*puño izquierdo levantado*) tal como lo manifestaron los camaradas de Guerrilla Comunicacional México en su opinión contra el grafiti en el antimonumento a los 43.

En el presente, las críticas a las movilizaciones o expresiones del feminismo continúan siendo iracundas y suele reinar un desconocimiento de los conceptos que las mujeres han construido desde hace mucho tiempo. Aunque los conservadores suelen ser pedestres en sus opiniones (como al opinar que el feminismo acabará con la familia y desquiciará a la sociedad en su conjunto), la historia nos muestra que el campo que han recorrido las feministas siempre ha estado minado. Aunque todavía queda mucho por saber, y más por reflexionar, echarle un ojo al pasado resulta inspirador y nos permite visualizar nuestras acciones en un contexto más amplio, también pensando en cómo nos visualizamos en el futuro y cuál será el legado para las niñas del presente y para aquellas que aún no han nacido. Por lo pronto, el #24A ya es un hito histórico.

 

* Karla Motte es Historiadora, estudiante del Doctorado en Historia de la UNAM; estudio los procesos políticos de la posrevolución, la oposición conservadora en México contemporáneo y la historia de las mujeres.

 

 

[1] Considero pertinente advertir que la historiografía contemporánea analiza cada vez más los fenómenos históricos propios de las mujeres y diversos temas bajo una perspectiva de género -la cual está en un proceso de reformulación constante-. Sin embargo, los huecos todavía son muchos y falta mucho por hacer. Como historiadora, además, expreso mi filiación con el movimiento feminista sin que ello signifique “faltar” a la objetividad, pues ésta es una aspiración que desde muchas escuelas historiográficas se ha puesto en duda, además de que el gremio de profesionales de la historia ya no suele tomar muy en serio esta exigencia, pues resulta más interesante el debate sobre los diversos horizontes de análisis que denostar a las subjetividades analíticas.

[2] Su figura fue estudiada recientemente en el libro de María Teresa Fernández Aceves, Mujeres en el cambio social en el siglo XX mexicano.

[3] El más importante texto sobre el tema es el de Esperanza Tuñón Pablos: Mujeres que se organizan. El Frente Único pro Derechos de la Mujer 1935-1938.

[4] Así quedó en el folleto publicado por Alberto Bremauntz en 1937 titulado El sufragio femenino desde el punto de vista constitucional.

[5] Benita Galeana, Benita.

[6] Ana Jiménez Álvarez y Reyes Castellanos, Sembradoras de futuros. Memoria de la Unión Nacional de Mujeres Mexicanas, p. 26.

Close
Comentarios