Marco A. López Silva

La cuadratura del círculo

Perfil Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus opiniones son personalísimas. Sonorense y chilango, y viceversa. Hace tiempo entendió que todos tenemos ideología; que no podemos evitar usarla como filtro de la realidad, y que por lo mismo, es importante formar la ideología poniendo atención a la evidencia. Suele meterse en discusiones eternas en Twitter. Síguelo en @marcolopezsilva

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Los villamelones del aborto

Esta colaboración se va a separar de mis temas y de mis tonos típicos. Y la tengo que comenzar con una confesión. Lisa y llanamente, no me caen bien quienes luchan por imponer la prohibición de la interrupción voluntaria del embarazo. No estoy hablando de todas las personas que, por distintas razones, consideran al aborto como algo indebido, injustificado o inmoral; esa posición me parece válida y respetable. Hablo sólo de los que pretenden imponer como regla general que nadie, nunca, en ningún lugar y por ningún motivo, pueda tener un aborto seguro y voluntario.

Los repelo como gato al agua por varias razones. La principal es que prácticamente todos lo hacen por motivos religiosos: pretenden imponernos a los demás las reglas de un sistema de creencias que ellos seleccionaron para sí mismos, pero que los demás no tenemos por qué seguir. En segundo lugar, me causan comezón porque entre ellos navega la hipocresía: conozco varias personas – incluida alguna familiar cercana que quise mucho – que públicamente han profesado la cigolatría, pero que poco han dudado en volar a Estados Unidos a “arreglar un asuntito” cuando lo han requerido. Casi siempre son los mismos que se niegan a reconocer el derecho de las personas con orientación distinta a la heterosexual a adoptar un niño, pero que nunca se han planteado, ni siquiera como posibilidad teórica, el adoptar a uno de tantos pequeños que por azares del destino crecen sin una familia. En tercer lugar, me causa conflicto que, para mantener mi congruencia interna, tengo que defender su derecho de libertad religiosa y de expresión de sus creencias. Mi defensa en estos puntos es un tanto egoísta: si en este país no existiera la libertad religiosa, a un ateo, enemigo de los dogmas, pro-gay, pro-choice, partidario de la educación laica, liberal hasta el tuétano como yours truly, ya lo hubieran quemado vivo. (Como estas personas hacían antes, pues.  Además fui un joven bastante mocho y seguramente hay quien me considera traidor a mi crianza. De la historia de mi conversión les platicaré en otra ocasión). Pero sobre todo, me parece detestable la posición del villamelón filosófico – esa cómoda postura de opinar sobre cuestiones morales complejas a las que el hablante nunca se ha enfrentado. Porque yo sí sé que tener que decidir sobre el aborto es una decisión angustiante, que tiene un costo emocional enorme, y que no se toma a la ligera. No puedo sino asumir que, para una mujer, la decisión es todavía peor.

Les platico, pues, mi experiencia personal. En 2005 vivía en Estados Unidos con mi familia, en ese entonces compuesta por mi esposa y mi primera hija. Mi esposa y yo llevábamos ya un par de años discutiendo la posibilidad de tener otro hijo, y varias circunstancias se alinearon para crear la situación perfecta: yo estaba estudiando, mi esposa se estaba dado un break de su carrera profesional para cuidar y disfrutar a mi nuestra primogénita, y nuestro seguro médico cubría todos los cuidados prenatales, así como el parto. De modo que decidimos intentarlo. A diferencia del caso de mi primera hija – en que la cosa pegó luego luego – en esta segunda ocasión estuvimos tratando de lograr un embarazo durante varios meses. Obviamente nos dio mucho gusto cuando, finalmente, lo logramos.

El embarazo se desarrolló de forma normal más o menos hasta los seis meses. Hasta que un día mi esposa me habló llorando. Muy angustiada. Había ido a un ultrasonido de rutina, y el técnico había detectado algo anormal en la imagen. Ahí empezó la pesadilla. El médico familiar nos refirió a un especialista en neurología pediátrica, quien nos explicó que cierto espacio en el cerebro de la niña – para ese entonces ya sabíamos el sexo – parecía ser mayor al tamaño normal. La situación podía ser síntoma de varios síndromes muy serios, cuyas expresiones incluían deformaciones físicas severas, discapacidad intelectual y motora importantes, y una expectativa de vida más o menos de tres años. Tres años. Y entonces, la bomba: uno de los integrantes del equipo médico nos pidió considerar la posibilidad de interrumpir el embarazo – comenzando ya el sexto mes de gestación.

Es difícil describir la angustia que uno siente en esos momentos. El embarazo estaba muy lejos de ser imprevisto, y – como sabrá cualquier padre – los meses de espera son de una acumulación emocional creciente. Una noticia así te desgarra. Pasamos largos días de franca agonía, evaluando las opciones y tratando de decidir. Finalmente, decidimos que querríamos al bebé en cualquier circunstancia; que teníamos el potencial económico para enfrentar los gastos de una discapacidad importante – no digo “los medios”, porque gasté todo mi capital y me endeudé considerablemente para poder estudiar mi posgrado – y que el embarazo continuaría hasta el final. También consideramos que estábamos siendo atendidos, afortunadamente, en uno de los mejores hospitales en Estados Unidos. Pero los siguientes meses fueron duros. Se tomaron un par de resonancias magnéticas y muchos ultrasonidos; el especialista decía que las medidas estaban acercándose un poco más a la “normalidad”, pero que la única forma de estar seguros de si la pequeña estaba bien o no, era esperar al parto, observarla y hacerle pruebas. La angustia a la n potencia.

Finalmente, un cinco de mayo – fecha curiosa para que una bebé mexicana naciera en Estados Unidos – vio la luz la pequeña. La vi perfecta y procuré tranquilizar a su madre. Acompañé a la bebé a su primer estudio después de nacida – oootra resonancia magnética – y todo pareció estar en orden. Después de un par de horas, el neurólogo emitió su diagnóstico: la niña no tenía nada. N-a-d-a. Si fuera religioso, diría que el alma nos volvió al cuerpo. Dos semanas después nos reunimos con él nuevamente, y nos explicó que la posición de la bebé había sido siempre la misma a lo largo de los últimos tres meses, y que en esa postura en particular, la medida que tenían que tomar era poco precisa. Bueno… también dijo que, a veces, en las familias “de gente con cabeza grande” se tomaban medidas poco precisas. El médico me volteó a ver a mí cuando lo dijo, cosa que le causó suma hilaridad a mi esposa. Nunca nadie me había dicho cabezón en mi vida. Y a mis amigos que están leyendo este artículo, les prohíbo de una vez que lo hagan. No porque sea poco paciente con la carrilla, sino la referencia no me traería buenos recuerdos.

Si se lo están preguntando, la niña ha crecido perfecta. Si sacan cuentas, hoy tiene casi seis años. No ha tenido problemas en su desarrollo, en ningún sentido. Es una niña normal y feliz, y espero que lo siga siendo. Su madre, su hermana y yo la queremos mucho – como supongo hace toda familia con sus hijos. Ella y su hermana se pelean mucho, pero sé que se quieren. Se les nota cuando no pelean.

Esta historia admite – lo admito – varias moralejas. A los cigoteístas les dirá que hay que confiar en su dios; que hay que aceptar lo que el señor nos manda, y la verán como una confirmación de su postura. Las cosas hay que dejarlas en manos de la providencia, dirán. Así son: tienden a ver sólo las cosas que parecen confirmar sus dogmas, e ignorar todo lo que los derriba, así sea la vasta mayor parte de la evidencia. A mí, la historia me hizo entender que el aborto es algo personal. Que no podemos pensarnos como maquinitas biológicas sujetas de manera irremediable a los designios del azar, o de una inteligencia superior – ni mucho menos sujetos a la interpretación que algunos hacen de la voluntad de esa supuesta inteligencia superior. Que la decisión sobre si continuar un embarazo es de cada quien; que no es justo que yo y mi esposa hayamos tenido siempre la posibilidad de interrumpir un embarazo si lo considerábamos necesario, pero que una mujer indígena en la sierra de Guerrero – o una niña violada en Mexicali – se vean obligadas por los demás a continuarlo, aún si no lo desean.

Seguramente el tema revivirá en esta elección, al menos en el debate. No hay mucha forma de evitarlo. No sé qué vaya a pasar con el asunto en nuestro país en el corto plazo; lo que sí sé es que, si la historia nos ha enseñado algo, es que en materia de derechos vamos siempre en la dirección de la ampliación. A veces muy despacio. A veces con contratiempos. Casi siempre, a pesar de la cómoda posición de los villamelones filosóficos, que se auto-erigen en dictadores morales de la sociedad, simplemente porque pueden.

Por lo pronto, a mí y a mi esposa, por favor, no nos salgan con frasecitas fáciles y poco pensadas, lanzadas por el sacerdote de la parroquia de la esquina, que no se ha enfrentado – esperamos, aunque uno oye de todo – a la decisión. Dejen de pretender que un feto, a las doce semanas, tiene conciencia, puede sentir dolor y es equiparable a una persona adulta. Si les tranquiliza, piensen que si existe un dios y considera el aborto un pecado grave (cosa debatible: lean lo que dice al respecto Éxodo 21:22) ya se encargará de pedir razones y darle su merecido a quien tomó la angustiosa decisión. Dejen que cada quien decida. Dejen también de pensar que las mujeres embarazadas se toman este tema a la ligera. Eso, amigos, es ignorancia; es la comodidad de ver los toros desde la barrera. Es arrogancia. Arrogancia pura.

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