Marco A. López Silva

La cuadratura del círculo

Perfil Ingeniero; maestro en y analista de políticas públicas. Miembro de Fundación IDEA, aunque sus opiniones son personalísimas. Sonorense y chilango, y viceversa. Hace tiempo entendió que todos tenemos ideología; que no podemos evitar usarla como filtro de la realidad, y que por lo mismo, es importante formar la ideología poniendo atención a la evidencia. Suele meterse en discusiones eternas en Twitter. Síguelo en @marcolopezsilva

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Feliz cumpleaños al dios en que no creo

La religión fue parte importante de mi vida por lo menos hasta los 30 años. Mi familia (padres, hermano) son católicos practicantes. Mi abuela paterna fue catequista durante décadas. Hice casi toda la primaria en el Cumbres Lomas (sí, el primer colegio que fundó el hoy tristemente célebre Marcial Maciel); ahí nos daban clases de “Moral” que en realidad eran de religión, y que consistían en recitar interminablemente una serie de preguntas y respuestas destinadas, al parecer, a que nos aprendiéramos el catecismo. Llevé como dos años de catecismo adicional, como preparación para hacer la primera comunión. La secundaria en la que estudié no era religiosa, pero era dirigida por un par de monjas que todos los viernes nos llevaban al padre de la parroquia por si queríamos confesarnos. Durante ese mismo período toqué la guitarra, todos los sábados, en el coro de la iglesia. En varias ocasiones serví de monaguillo, y en muchas misas me encargué de las lecturas del Evangelio. Durante la carrera estuve ligado a organizaciones de los Legionarios de Cristo, con las que realicé parte de mi servicio social. Me casé por la iglesia y bauticé a mis dos hijas. Uno de mis mejores amigos – a quien respeto y estimo profundamente – es sacerdote legionario.

Y ahora – lo que son las cosas – soy ateo. MUY ateo. No tengo mucha compañía en el país en general (según el Censo 2010, sólo el 4.6% de los mexicanos dicen no tener religión); sin embargo, entre mis amigos sí son bastante comunes el ateísmo (es decir, la postura de que no existe lo sobrenatural, incluido un dios) y el agnosticismo (es decir, la posición que argumenta que la existencia o no de dios no puede probarse, y es irrelevante para la vida).

El proceso por el cual me “convertí” en ateo se dio a lo largo de muchos años. Ahora que lo pienso, creo que comenzó en la primaria, a raíz de un evento ocurrido en la escuela en la que estudié. Tal vez muchos lectores no lo sepan, pero el escándalo de abuso sexual de Maciel (que comenzó a ser público en 1997) está muy lejos de ser el primero por el que pasaron los Legionarios de Cristo. En 1983, por ejemplo, hubo un escándalo mayúsculo en el Cumbres Lomas, cuando se supo que un prefecto de disciplina (Eduardo Villafuerte, a quien todos le decíamos “Güicho”) había violado al menos a una docena de estudiantes. Y eso no era todo: lo había hecho bajo el conocimiento del Director de la escuela, un sacerdote de apellido Lucatero, que argumentó que no había denunciado el hecho para salvaguardar el prestigio de la escuela. Ambos fueron llevados ante la justicia; el primero tuvo una condena muy larga y se dice que murió en prisión; el segundo pasó unos meses en la cárcel y luego fue sacado del país. Decía yo previamente que muchos lectores seguramente desconocerían el evento; estoy bastante seguro de ello, porque los Legionarios se encargaron de que no se hablara del mismo en ningún medio “respetable”. Acá pueden ver más detalles de la historia. El caso es que a los nueve años entendí que con los sacerdotes, como con el resto de la gente, había que tener cuidado. Muy temprano en mi vida, los “padres” dejaron de ser la figura reverencial que hasta entonces habían sido. Con el tiempo entendí que este tipo de cosas pasan en cualquier organización jerárquica que es reacia a la transparencia y amante de la cohesión interna. No por nada se dice que la corrupción es una planta de sombra, y que la luz es el mejor desinfectante. Eso le aplica a todo; ciertamente, a todas las iglesias.

La siguiente duda me surgió en la prepa, a raíz del argumento católico, contenido en el catecismo oficial, en el sentido de que “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. De hecho, todas las religiones organizadas sostienen alguna versión del argumento. El caso es que en la prepa tuve mi primer amigo cercano no católico; en un par de ocasiones lo acompañé a él y a su familia al servicio religioso protestante al que acudían. La similitud de las ceremonias, la cercanía de las creencias y la normalidad de mi amigo y de su familia chocaban frontalmente con la idea de que terminarían en el infierno. Simplemente no tenía sentido. Después caí en cuenta que muchos héroes morales de la humanidad (digamos, Gandhi) ciertamente eran personas honorables, y no tenía el más mínimo sentido que no tuvieran derecho a la salvación eterna.

En esa etapa de mi vida ocurrió algo adicional que me hizo comprender la facilidad con que las religiones manipulan a la gente: mi novia de entonces y su familia se volvieron Testigos de Jehová. Los acompañé a varios de sus servicios religiosos. Visto desde fuera, era evidente que esa religión era en realidad una compañía editora con una fuerza de ventas ferviente y gratuita. Como parte de sus ceremonias religiosas, tenían una especie de role play en que les explicaban cómo iniciar una conversación encaminada a atraer adeptos, en distintas situaciones (digamos, cuando estaban esperando en la parada de un camión). Las primeras publicaciones de los Testigos (por ejemplo, los ejemplares del Atalaya) son gratuitas, pero los libros más complejos que explican sus creencias no lo son. Además, noté que ciertas de sus creencias y costumbres eran un intento muy burdo de hacer sentir a sus adeptos que eran diferentes, y de aislarlos del resto de la sociedad: por ejemplo, creen que Jesús no murió en una cruz, sino en un madero (¿qué diferencia tiene, de verdad, si fueron dos palos o uno?); no pueden tomar bebidas alcohólicas, café ni fumar. No festejan cumpleaños, ni dicen “salud” cuando alguien estornuda. Tampoco celebran la Navidad, “porque es más relevante celebrar la muerte de Jesús, que su nacimiento” Todo eso me parecía artificial, aunque nunca me hizo cuestionar mi fe católica.

La primera ocasión en que cuestioné mis creencias fue cuando noté lo caprichoso de la voluntad divina: a veces rezamos para que pase algo, y pasa; otras veces, sucede lo contrario. Uno nota que a la gente buena le pasan cosas malas, y a la mala, cosas buenas. Y para tratar de resolver la disonancia cognitiva  que ello implica, decimos que “los caminos de Dios son misteriosos” – en otras palabras, que la voluntad divina no tiene sentido, al menos para la mente humana. En realidad, lo que estamos haciendo es construir un puente (muy endeble) para reconciliar una idea imposible con una realidad tangible que se le opone diametralmente. La poca lógica del argumento de los caminos misteriosos me fue expuesta – con cierta brutalidad – por una amiga: durante una cena, comenté que me sentía muy agradecido con Dios, porque a pesar de diversas dificultades familiares, había logrado “salir bien”. También dije que había sentido la mano de Dios en muchas ocasiones a lo largo de mi vida. Y ella me soltó: “¿Y qué tienes tú de especial, que a ti te ha concedido Dios esos favores, y que no tienen los miles de niños que mueren diario de hambre? ¿Qué clase de dios tolera estas cosas?”. Sus preguntas me dejaron incómodo por semanas. Porque intuí que mi amiga tenía razón.

El siguiente evento que me apartó de la religión ocurrió cuando decidí casarme, después de casi cinco años de noviazgo. Mi ahora esposa y yo fuimos a los mentados cursos de preparación; me resultó muy chocante tener que chutarme varias horas de consejos de pareja de parte de un sacerdote que – queremos pensar – NO HA TENIDO una relación de pareja. Pero el acabose fue cuando, unos días antes de la boda, me fui a confesar. Entre los pecados que tenía que confesar (y espero que esta columna no la lean ni mis hijas ni mis suegros) se contaban los partidos de preparación que me había echado con mi novia. El padre se puso fúrico cuando se lo conté. De profanador del sagrado sacramento del matrimonio, y de pervertidor de la futura madre de mis hijos, no me bajó. Y mientras él hablaba, yo estaba pensando: ¿qué tiene de malo echarse unos rounds antes de casarse, con la persona que uno ama? Estuve a punto de decirle al padre que, a la lista de pecados por absolver, le agregara la mentada de madre que le estaba yo poniendo mentalmente, pero me contuve. El caso es que la experiencia me dejó con la clara sensación de que la Iglesia estaba en manos de gente muy alejada de mi experiencia de vida.

Algunos años después – mientras estudiaba en el extranjero y me seguía considerando católico – entendí que el entorno social de uno es el factor explicativo más potente de su religión. Los amigos árabes que tuve mientras estudiaba fuera, eran musulmanes; los que venían de India, eran hindúes; los gringos, por lo general protestantes. Y eso no tenía sentido, porque, en general, todos pensábamos que el dios en el que creíamos era el mismo, visto desde distintas tradiciones. ¿Y por qué habría Dios de manifestarse de distintas maneras a distintos pueblos? ¿Por qué habría de escoger un método de revelación que causaría división; tantas guerras y sufrimiento? ¿Por qué habría de decir, tanto a palestinos como a judíos, que el mismo pedazo de tierra era de ellos?

Siguiendo el orden cronológico, la siguiente reflexión a que me enfrenté tuvo que ver con la obsesión de buena parte de la gente religiosa, con normar la vida de los demás. Me cuesta mucho trabajo entender a mis amigos judíos que nunca han probado el tocino o una gringa (el taco, no el gentilicio – y que ni lo hagan, porque no van a poder dejar de comérselas a escondidas el resto de sus vidas) o que van por ahí con ropa por demás aburrida. Pero es su derecho a hacerlo. Lo que no es su derecho es imponernos a los demás sus normas: a decidir que si uno es gay no puede casarse (¿vieron que el Papa declaró que el matrimonio gay es una amenaza a la justicia y la paz? – es en serio…), o si es mujer y tiene un embarazo no deseado no puede tener un aborto (aun cuando el “sufrimiento” de un feto es nulo, porque durante el periodo en que el aborto está permitido, éste no tiene un sistema nervioso desarrollado que le permita sentir dolor). Hoy soy ateo y defiendo el derecho de los demás de vivir su vida como quieran, siempre y cuando no afecten la del resto de la gente.

Pero las dos argumentaciones más básicas sobre la existencia de Dios y la posibilidad de probar dicha existencia – y las más sencillas de refutar – son las que tardé más en entender. Un buen día alguien me dijo que la única prueba que uno requería para dar por sentada la existencia divina era observar la naturaleza. “Mira qué bonito y perfecto es todo”, me dijo. ¿What? Pensé yo. La existencia de un dios (o varios dioses) es una idea extraordinariamente complicada y está lejos de ser obvia. En efecto: usualmente, la gente tiene un concepto de dios extraordinariamente complejo: cree que existe un ser sobrenatural (cuya existencia no puede probarse), que creó el universo y todo lo natural (contra la evidencia científica que demuestra con certeza la ocurrencia del Big Bang y de la evolución); que escucha sus plegarias (es decir, que puede leer sus mentes), que puede violar a voluntad las leyes naturales que él mismo creó (o sea, hacer milagros), y que tiene una voluntad indiscernible (porque a veces hace caso a sus peticiones y otras no). Nótese que ninguno de los componentes de esta creencia típica puede probarse.  Además, la secuencia de grandes pasos (ocurridos a lo largo de millones de años) por la cual se dio el estado actual de las cosas, está perfectamente entendida y probada por la ciencia: la realidad comenzó cuando un punto en que se concentraba todo, explotó y dio origen al universo. Por cierto, les recomiendo al respecto el libro “Big Bang”, de Simon Singh, un británico que se dedica a escribir libros de divulgación científica. En el libro mencionado, Singh hace un recorrido histórico y bastante accesible a través del desarrollo de todos los conceptos y experimentos científicos que llevaron a plantear – y probar – la tesis del Big Bang. Comienza con el cálculo que hizo Erastóstenes de la longitud de la circunferencia de la tierra; pasa por la medición de la distancia entre objetos celestiales, y termina con el descubrimiento de los procesos físicos por los cuales todos los elementos surgieron en el centro de las estrellas. También les recomiendo “TheGreatest Show onEarth”, de Richard Dawkins, en que este reconocido biólogo – también británico – recorre todos los análisis que a la fecha se han desarrollado para probar o desmentir la teoría de la evolución, y que, en todos los casos, se han decantado por la primera opción. Más allá del récord de fósiles, y de los resultados de análisis moleculares que hoy pueden realizarse, existen casos documentados de la ocurrencia – ¡incluso en nuestros días! – de la separación de una especie animal en dos distintas que no pueden reproducirse entre ellas, como respuesta a su habitación en ecosistemas distintos. Sabiendo todo lo anterior, aplica una regla lógica conocida como la “navaja de Occam”, que dice que en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta. En otras palabras, si escuchas ruido de cascos, probablemente sea un caballo y no una cebra (ya que los primeros son mucho más comunes). ¿Qué es entonces más lógico pensar: que es correcta una creencia compuesta de varias capas, ninguna de las cuales puede probarse, o que lo correcto es una sucesión de hechos científicos, debidamente probados? Además, es interesante notar que la idea que la humanidad ha tenido de los seres divinos (como explicación de lo que no entendemos) ha ido reduciéndose conforme hemos ido entendiendo más de la realidad.

El segundo argumento tiene que ver con la común insistencia de la gente religiosa en que sea el ateo el que pruebe que los dioses no existen. El argumento es absurdo, por dos motivos. En primer lugar, probar la inexistencia de algo es lógicamente imposible: uno sólo puede intentar probar que X o Y existen, pero no probar que no existen. En segundo lugar, quien propone una hipótesis es quien carga con la obligación de probarla, y la hipótesis aquí es que dios existe. Al respecto, me vino muy bien conocer la analogía de la tetera de Bertrand Russell. La analogía va así: vamos a suponer que les digo que entre la Tierra y Marte orbita una tetera muy especial, cuyas propiedades le permiten no ser observable por ningún método de medición conocido: no se puede ver, no se puede escuchar, no se puede palpar. ¿Sería una posición aceptable que quisiera yo dar por sentado que la tetera existe, dado que ustedes no pueden “probar” que estoy equivocado? Otra analogía útil es la del unicornio rosa invisible: dadas sus características (es al mismo tiempo rosa e invisible, por no hablar de que es unicornio) no se puede probar su existencia… ¿significa eso que existe? Un ejemplo más (en esta ocasión, con una buena dosis de sarcasmo) es el “pastafarianismo”, o religión del Monstruo de Espagueti Volador. Sus “seguidores” afirman que su “creencia” no es ni más ni menos absurda que las defendidas por las principales religiones; solamente lo parece porque las segundas son más comunes. Los “pastafarianos” en realidad no creen en un delicioso dios volador; buscan demostrar lo absurdo de pretender que no sea el creyente sino el escéptico quien demuestre su punto.

Pues bien: un buen día, después de terminar de leer The God Delusion (de Richard Dawkins, que les recomiendo ampliamente), varios textos de Christopher Hitchens y las ocurrencias de Ricky Gervais, me animé a pensar: Dios no existe. Digo que me animé, porque la idea me había estado dando vueltas en la cabeza por un par de años, pero no me atrevía a pensarla ni mucho menos a verbalizarla. Y lo que me encontré al hacerlo no fue un vacío atemorizante, sino la ausencia de éste y un sentimiento de liberación muy poderoso. Entendí que la vida no tiene un sentido determinado por un ente externo: lo que nos sucede es resultado de nuestras acciones y del azar. La vida es efímera, y más vale aprovecharla, porque vida eterna no hay. Y no hay mejor forma de aprovecharla que ser una persona decente, y dejar un legado positivo al mundo.

Cuando me decidí a contarle a mi familia y a mis amigos que era ateo, me ofrecieron un par de argumentos más, esta vez más prácticos. “¿No has pensado que la religión es necesaria; que sin su existencia la vida humana sería un caos? ¿Qué se puede esperar de alguien sin convicciones?”, me dijo alguien muy cercano. El argumento me dio risa. No sé por qué la gente cree que ser ateo es no tener principios. Al contrario: al aceptar que no existe nada “más allá” que dicte nuestra moral, uno entiende que es necesario desarrollar sus propias reglas, y que las normas que las religiones tienen (digamos, los diez Mandamientos) son lineamientos esenciales para la convivencia humana que no requieren de la religión. En otras palabras: si todos nos sintiéramos libres de matar a quien nos cae gordo, o de acostarnos con la mujer del vecino, esto efectivamente sería un caos; claramente, las reglas en contra de esos comportamientos se nos hubieran ocurrido aún sin religión.

Además, hay que tener en cuenta que los datos estadísticos demuestran que los países en donde la gente auto-identificada como secular es una fracción mayor de la población, tienen mayores niveles de bienestar y menor crimen (ver los datos sintetizados en este paper, por ejemplo). Además, como lo señala el prestigiado Pew Center, a nivel mundial, conforme aumenta la riqueza de una nación (y por tanto sus niveles de educación, salud, nutrición y bienestar en general) disminuye el porcentaje de la población que considera que la religión es muy importante. Es más: se puede hacer el argumento estadístico de que la creencia en el perdón divino aumenta la prevalencia de crímenes (ver esta nota de The Economist). Y la gente atea no lo es por simple azar o por desconocimiento de los mandatos divinos: como lo señala esta nota del New York Times, en Estados Unidos los ateos son el grupo que más conoce de religión – su conocimiento es casi el doble del que tienen los católicos hispanos. En mi experiencia, la gente atea lo es después de un proceso muy cuidadoso de examinación de creencias religiosas previas.

“¿Y el hecho de que todos los pueblos conocidos tengan religión, no te dice nada?”, me dijo alguien más. Esa sí es buena pregunta. Resulta ser que la existencia de la religión puede explicarse en términos evolutivos. Una de las explicaciones en la materia resalta que los humanos actuales tenemos la tendencia a asumir que las cosas pasan porque alguien (o algo) las causó con cierta intención. Por ejemplo: si andamos en el bosque y oímos un ruido, lo natural es asustarse, pensando que lo causó un animal que quiere hacernos daño. Lo curioso es que, si este tipo de intuición hubiera estado presente en algunos humanos primitivos y en otros no, los primeros tendrían una probabilidad mayor de sobrevivir (ya que en ocasiones, nuestro instinto tiene razón, y en efecto el ruido lo hizo un gato enorme que nos quiere merendar). De acuerdo a las reglas de la evolución, el grupo de humanos con esa predisposición eventualmente se impondría (porque sobreviviría más que el otro grupo) y heredaría la predisposición a todos los humanos modernos.

En resumen, después de un proceso de reflexión que me llevó muchos años, soy ateo y soy muy feliz. No cargo las culpas que lleva uno a cuestas como católico, viviendo bajo el supuesto de que es un pecador. No le tengo miedo al demonio, ni a fantasmas, ni a posesiones – me queda claro que nada de eso existe. Trato de ser la mejor persona que puedo ser. No dejo de tener conflictos; por ejemplo, sé que mis convicciones tendrían que llevarme a ser vegetariano, pero me gusta demasiado la carne (¿será porque soy sonorense?) como para dejarla. Sé que debería oponerme con más  firmeza y acción a las corridas de toros, y a la experimentación con animales. Y nunca encuentro el tiempo de hacerlo. Ser ateo tiene también el inconveniente de que, en estas fechas, no falta el conocido que me quiere prohibir festejar la Navidad (e incluso, descansar durante ésta). “Y tú, ¿qué festejas?”, me dicen. Pues festejo lo que la vasta mayoría de los católicos realmente festejan: la oportunidad de convivir con su familia; de tener la satisfacción de ver la cara de aprobación de sus hijos, amigos y familiares, cuando abren un regalo que uno seleccionó con mucho cuidado. De modo que feliz Navidad, y si su conciencia así lo exige, feliz cumpleaños a su dios (… en que no creo).

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