De normalidad, naturaleza y catolicismo conservador

La lógica católico-conservadora cierra sus ojos a lo que lleva más dos siglos demostrado: sin variedad, sin diversidad, no hay evolución.

Normal”, según el Diccionario de la Real Academia Española, tiene tres acepciones básicas: lo “que se halla en su estado natural”; lo “que sirve de norma o regla”; y lo que “por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano”. “Anormal”, por su parte, es lo que “accidentalmente se halla fuera de su natural estado o de las condiciones que le son inherentes”, así como lo “infrecuente”.

El uso del concepto de “normalidad” para describir lo humano es muy problemático – y me atrevería a decir, peligroso – por tres razones. La primera es la bidireccionalidad evidente en su definición: normal es lo que corresponde al estado natural, pero también lo que, por sus características o naturaleza, se ajusta a ciertas pautas. La segunda razón es la connotación negativa de su antónimo: lo anormal es lo ajeno a la naturaleza; lo que se desvía de lo esperado, lo que se aprecia como distinto a lo debido. La tercera es la complejidad derivada de intentar ajustar la realidad a las categorías alrededor de las cuales tendemos a ordenar el pensamiento humano.

Permítame ilustrar el último punto con un ejemplo.

Supongamos que queremos saber cómo es el “hogar pobre típico mexicano”. Para simplificar un poco, asumamos que acotamos el análisis a los pobres que habitan zonas urbanas, y que queremos describirlos en términos de cuántas personas viven en su hogar; si cuentan con estéreo, televisión analógica, licuadora, microondas, refrigerador, estufa, plancha, focos incandescentes y conexión a internet.

Acudamos, como es usual, a observar promedios. La edición 2014 de la ENIGH arroja que los hogares urbanos en situación de pobreza tienen, en promedio, 5.2 miembros –redondeemos a 5. Ahora tratemos de definir un rango que nos permita escoger a una fracción muy alta de los hogares alrededor del promedio; sabiendo que la desviación estándar es 2.3, podemos decir que aproximadamente el 70 % de los hogares pobres urbanos tienen entre 3 y 7 miembros. Ahora observemos la variable “estéreos”: su promedio es 0.39; si lo interpretamos como una probabilidad, podemos concluir que es poco probable que un hogar urbano en pobreza posea un estéreo. Lo mismo hacemos con el resto de las variables, observando el promedio de cada una. De esta forma, resulta que el hogar “normal” pobre urbano tiene entre 3 y 7 miembros, no tiene estéreo, microondas ni conexión a internet; sí tiene una licuadora, refrigerador, estufa, plancha y unos 2 o 3 focos incandescentes.

Pero la anterior conclusión, que a primera vista pudiera parecer lógica, es incorrecta: si bien es cierto que partimos de una definición que agrupaba al 70 % de los hogares en pobreza urbana, solamente el 21.9 % de éstos cumple, al mismo tiempo, con todas las características después mencionadas. Lo anterior obedece a que elegimos fijarnos en el promedio de cada variable y a las reglas del álgebra de conjuntos y de la probabilidad: entre más variables o subconjuntos introducimos a la mezcla, menor será la intersección.

Sabiendo lo anterior, reflexionemos unos segundos: ¿Qué pasaría si en lugar de seleccionar arbitrariamente un rango que abarque aproximadamente el 70 % de las observaciones, seleccionáramos uno que sólo abarque el 50 %? (¿Por qué no el 100 %?) ¿Qué pasaría si en lugar de estimar la posesión de satisfactores físicos introdujéramos actitudes, costumbres, creencias u orientaciones? Dando un paso atrás: ¿qué significado tiene un hogar que cumple, al mismo tiempo, con todos los promedios? ¿Por qué asumimos que existe una equivalencia entre lo “promedio” y lo “normal” –y por lo tanto, entre lo que sale del promedio y lo “anormal”?

Esta presunción de equivalencia, de acuerdo con Todd Rose, es herencia de planteamientos realizados en el siglo XIX por el matemático Adolphe Quetelet, quien adaptó conceptos utilizados en astronomía a las ciencias sociales. El principal problema que enfrentaban los astrónomos de su época consistía en que los métodos de medición que tenían disponibles resultaban en divergencias en las mediciones efectuadas por distintas personas –digamos, cuando intentaban medir la velocidad a la que se mueven los astros. Auxiliados por una demostración matemática de Gauss, los astrónomos descubrieron que el promedio de una serie de mediciones era la mejor aproximación posible al valor verdadero correspondiente.

Siguiendo esta lógica, Quetelet decidió calcular los promedios aritméticos de una gran lista de características de las personas, que con el advenimiento de la burocracia profesional, habían aparecido de pronto en los archivos oficiales: la estatura de los soldados o de los presos; su peso, la longitud de las manos, la circunferencia del pecho. Pero, ¿qué podría significar el valor promedio de una característica cualquiera? Crucialmente, Quetelet adaptó la lógica astronómica y declaró que los valores promedio representaban a una persona promedio (como hemos visto, un salto lógico considerable) y que ésta, a su vez, representaba al humano “verdadero”, poseedor de la fisonomía ideal que la naturaleza había pretendido para la especie. De ahí pasó a argumentar que “cualquier cosa que difiere de las proporciones y condición del Hombre Promedio constituye una deformidad y enfermedad” y que “si un individuo en una época determinada de la sociedad fuese poseedor todas las cualidades del Hombre Promedio, éste representaría todo lo que es grandioso, bueno o bello”. Esta concepción, según argumenta Rose, fue retomada por numerosos científicos (sociales y naturales) como Karl Marx o Wilhelm Wundt (padre de la sicología experimental). Con el tiempo, dio lugar a la presunción de que un individuo “promedio” es representativo de los grupos a los que pertenece – los mexicanos, digamos – y solidificó la utilidad social de los estereotipos al dotarlos de una dudosa pátina científica.

Hablar de los saltos conceptuales de Quetelet resulta sorprendentemente oportuno porque éstos están siendo rescatados por el conservadurismo católico en su más reciente embate contra el matrimonio y la adopción igualitarias, así como lo que denominan “ideología de género”. Los planteamientos de estos grupos están plagados de falacias, francas faltas a la verdad, un ánimo contrario a los derechos humanos y una completa y preocupante ignorancia de hechos que la ciencia tiene –desde hace décadas– por demostrados.

Dejemos para mejor ocasión la penosa confusión, implícita en sus argumentos, entre conceptos relacionados pero distintos, como el de sexo, género, identidad sexual, identidad genérica y orientación sexual. El pensamiento católico conservador parece obsesionado con la relación entre la “normalidad” y lo “natural” y reduce la diversidad observable en la naturaleza (digamos, el rango que considera “promedio”) de forma total y absolutamente arbitraria. Gracias a Darwin –contemporáneo de Quetelet– sabemos que las especies que hoy observamos en la naturaleza han aparecido por mutaciones que son intrínsecas a la biología, algunas de las cuales han resultado ventajosas para la supervivencia de los individuos en su entorno, asegurando así su dispersión en el pool genético y resultando determinantes en las características de cada especie. La lógica católico-conservadora cierra sus ojos a lo que lleva más dos siglos demostrado: sin variedad no hay evolución. Y la diversidad observada en la naturaleza ocurre en todas las variables que puedan plantearse –si hay un amplio rango en el largo de los dedos ¿por qué no habría de haberlo en la orientación sexual? Si el contacto sexual entre individuos del mismo sexo ocurre en tantas especies animales, ¿por qué no habría de presentarse en la humana? ¿Por qué –si no es por homofobia– se pretende que lo natural no es lo empíricamente observable en la naturaleza animal (incluida la humana) sino lo que se deriva de normas sociales?

La segunda equivocación de los planteamientos de estos grupos es su fijación con la dicotomía, que asume “natural” (y, por tanto, “normal”) cuando no lo es. Parte del supuesto de que los humanos nacemos hombres o mujeres, cuando desde hace décadas la ciencia reconoce de forma plena la existencia de personas intersex, cuyos genitales, gónadas, hormonas sexuales o cromosomas (sí: la característica biológica que alguna vez se pensó diferenciador definitivo) no se corresponde con nociones binarias de una anatomía o genética binaria hombre/mujer. Resulta al menos curioso que amplios grupos sociales continúen ignorando lo anterior recién terminado un ciclo olímpico, tan profuso en ejemplos de intersexualidad y discusiones mediáticas al respecto. La naturaleza simplemente no es dicotómica, por más que los voceros del movimiento católico-conservador pretendan lo contrario.

Un tercer error de grupos como el absurdamente denominado “Frente Nacional por la Familia” es asumir que lo que identifican como “socialmente normal” (en realidad, lo típico) es fijo, cuando la historia de nuestra especie demuestra justo lo contrario. Los mismos textos bíblicos dan fe de sociedades –culturalmente precursoras de la nuestra– que consideraban “familia” a grupos muy alejados del concepto nuclear heterosexual.

Por último, el pensamiento católico-conservador se despeña conceptualmente al equiparar lo “anormal” con lo que, por razones perfectamente válidas, hemos decidido considerar “ilegal”. Hace no más de un siglo las relaciones sexuales entre adultos y adolescentes se consideraban parte de la “normalidad” por ser una práctica extendida; de forma relativamente reciente, sin embargo, decidimos que las personas menores de 18 años no podían otorgar su consentimiento para sostener contacto sexual y confeccionamos diversas reglas al respecto. No es necesario que, para señalar algo como indeseable y por tanto fuera de la legalidad, lo consideremos “anormal” –ni siquiera en el sentido de infrecuente.

Lo irónico, como lo señala Kenji Yoshino en este extraordinario artículo, es que la pretensión de que en lo social y humano existe lo “normal” (lo mainstream, en palabras de Yoshino) termina por dañarnos a todos. Lo que se considera “normal” varía en el tiempo y entre sociedades y, por necesidad matemática, es imposible para un individuo cumplir con todos sus criterios de forma simultánea. Buscando identificar lo “normal”, nos hacemos anormales –vulnerables a una eterna presión social.

Volvamos al inicio: el uso del concepto de “normalidad” para describir el comportamiento humano y lo que sucede en el ámbito social es tan problemático, que resulta nocivo. Excluye de forma arbitraria a multitud de individuos que, de acuerdo con el marco normativo que los mexicanos y mexicanas hemos decidido adoptar, tienen derecho a vivir libres de violencia. Es usado por algunos grupos sociales para ejercer violencia contra otros: para señalarlos como parias, anormales, aberrantes, defectuosos; para buscar privarlos de la debida condición de paridad ante la sociedad y ante la ley. En este contexto, considero obligación ética de quien se considera progresista, rechazarlo; pugnar por su destierro o –al menos– por su radical resignificación.

 

@marcolopezsilva

 

 

* Agradezco a Valentín Yahuitl su asistencia en el análisis de la ENIGH 2014.

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