Perfil Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 20 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo y los últimos cinco de freelance. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a malamadremx@animalpolitico.com

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Odio el Ipod de mi hija

 

Inicio el año con una crisis madre-hija con final aún impredecible: descuajeringué el Ipod Touch de la big sister. Fueron circunstancias que a ustedes no les interesa conocer y a mí no me conviene contar, pa’ qué más que la verdad. Sólo diré que me agarró en mis cinco minutos de malísima madre y el Ipod estaba a la mano. Y en esos insondables momentos de autodestrucción, estilo “pues yo pagué esta malindrola, ultimadamente”, el aparatejo salió volando y no amaneció en buenas condiciones.

Mi hija no lee este blog, así que podré explayarme con ustedes y con toda sinceridad confesar que sorrajar el Ipod me brindó los 10 segundos más maravillosos de los últimos seis meses, desde que fue adquirido como regalo de cumpleaños. El resto del tiempo ha sido una auténtica pesadilla con pésimas repercusiones en el historial académico de la susodicha, en las actividades extraescolares y, lo peor de todo, en nuestra relación familiar.

Porque a diferencia de la inteligentísima Janell Burley Hofmann, a mí nunca se me ocurrió hacer un contrato con mi retoño para fijar reglas claras sobre el uso y abuso de este aparatejo del demonio. Porque sí, ustedes disculparán, pero coincido con mi amiga la Kelly con que estas modernidades son cosa del demonio en tratándose de espíritus dicharacheros, desmemoriosos y conspicuos como los de nuestros hijos adolescentes.

En primer lugar, porque son bombardeados con toda clase de información que ni siquiera habían solicitado y que a sus 13 años no pueden procesar con la madurez requerida. Porque están expuestos a una increíble cantidad de chismes que trascienden el patio de la escuela y continúan en las casas a través del facetime -y que por quítame de aquí estas pajas se transforman en horrorosos casos de bullying. Y, finalmente, el punto que a mí más me puede, porque la simple posesión del aparatejo hace que la posibilidad de prescindir de él se vuelva un asunto de franco desafío de la autoridad materna.

A qué hora acepté regalárselo de cumpleaños. A qué hora me dejé convencer con esa carita de mamá soy Paquita, no haré travesuras. A qué hora le permití que podía “dormirse con música” sólo para descubrir que a la 1:30am de día de escuela seguía chateando con las amigas (cosa que podría hacer sin problema, siempre que al día siguiente no se quedara dormida en la clase de Física o Geografía). A qué hora creí ingenuamente que, al recogérselo, lo entregaría de buena gana y educadamente.

Bueno, pues bien dicen que nunca hay mal que por bien no venga. Con un poco de suerte y la tienda de Apple entretendrá el aparatejo un par de semanas en lo que averigua si tiene compostura. Yo le puedo agregar otras dos por aquello de “uy, no me han hablado”, “parece que la refacción viene desde Timbuctú” o “zas, existe la posibilidad de que si no queda bien, mejor te lo cambien, están haciendo todo lo posible”. Y mientras, voy preparando el terreno para los nuevos y firmes criterios que prevalecerán si quiere su aparatejo del demonio de vuelta #AySíAjá

En lo que a mí corresponde, creo haber aprendido la lección (aunque no garantizo nada). Ayer empecé con una tranquila plática con mi hija en la que le expliqué por qué odio su Ipod y qué podemos hacer para que pueda apreciarlo un tantito (ya saben: un par de horas de uso de lunes a viernes, custodia paterna por las noches, tiempo libre fines de semana). Plática en la que le anticipé también que si el aparato no tiene arreglo, tendrá que esperar los milochomil meses sin intereses que faltan para que termine de pagar éste, antes de pensar siquiera en la posibilidad de comprar otro o algo parecido. Que finalmente por música no tendrá problema con el Ipod que conserva y que no es Touch, ni Nano, ni Classic, ni Shuffle y que ya ni sé qué modelo es o en qué generación se quedó.

Por supuesto que no había necesidad de llegar al punto drástico de deshacer de un sorrajazo lo que tanto dinero costó, ¿verdad?, pero pues ya estamos en éstas y de lo perdido, lo que aparezca. Y si me da la oportunidad de enmendar el camino errado, pues qué mejor. Yo sé que ustedes jamás cometerían semejante exabrupto, pero por si las flies, aguántense las ganas. Que en alguien quepa la prudencia, por favor.

 

 

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