Perfil Mala Madre es egresada de Periodismo por la UNAM con 20 años de experiencia, durante los cuales ha trabajado en los principales diarios de circulación nacional como reportera de política. Los primeros 15 de tiempo completo y los últimos cinco de freelance. Alguna vez le dijeron que daba mal ejemplo a sus hijas quedándose en casa y como nunca le ha gustado que le digan qué hacer, hizo lo que quiso… y se quedó en casa. Le encanta contar historias y nunca ha dejado de escribir, así sea la lista del súper. Síguela en Twitter: @malamadremx o escríbele a malamadremx@animalpolitico.com

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Mi hija favorita

 

Hace 15 años, cuando mi marido y yo decidimos ser papás, nunca me imaginé con hijos varones. Siempre sentí que no haría clic con un par de niños y que más le valdría al universo concederme mi deseo si no quería que predominara mi lado disfuncional. Tuve suerte. Procreé dos niñas que cumplieron todas mis expectativas como bebés.

Ahora que han crecido he llegado a la conclusión de que nuestros ancestros tenían un montón de hijos para que, por probabilidad, alguno les saliera bueno. Todavía no me agobia tanto la adolescencia de mis hijas, pero ya voy entendiendo el asunto de las preferencias. Aquí el detalle es el significado de bueno y todavía no conozco a un padre que no aspire a que sus hijos sean lo que espera de ellos.

Según el balance de mi madre, mis hermanos y yo salimos tablas: las tres mujeres nos casamos bien y los dos hombres son buenos proveedores. En el balance de mi padre, la parte resaltable es que no damos, pero por lo menos tampoco le quitamos. Yo tengo mis dudas respecto a esta última parte, sobre todo viniendo de… OK ya. Para mi madre, sin embargo, es inevitable apreciar más lo que venga de sus hijos que de sus hijas, no sé si producto de la cultura machista en la que creció (y con la que pretendió educarnos) o del nivel de problemas que cada uno les dimos (y seguimos dando). No es reclamo. Hace años asumí y acepté la preferencia de mi madre por sus hijos varones y es muy probable que de ahí venga mi deseo por tener niñas. Ella ha sido muy buena madre y, en lo que a mí respecta, ya se ganó su lugar en el cielo que venera.

Yo tengo en casa a dos polos opuestos que, por temperamento, ya imagino el camino que podría tomar cada quien. La mayor es extrovertida, encantadora, amiguera, emocional y hoy está más concentrada en las relaciones sociales que en los estudios. La menor es reservada, racional, ecuánime, incisiva, selectiva con sus amistades y dedicada en todo lo que hace. Últimamente, la big sister se queja que prefiero a la peque. Yo lo que digo es que, de momento, la menor me da menos problemas que la mayor, y no por ello ya la libré. Lo que si debo aceptar es que con una tengo mayor afinidad y empatía que con la otra, porque –obvio- la relación es más tersa. No hay forma de chacotear con la hija que te acaba de entregar una boleta de calificaciones con tres materias reprobadas.

Lo cual me lleva entonces al terrible hecho de que mi hija mayor se sienta menos querida que su hermana, cuando no es así. El amor es el mismo: daría mi vida por cualquiera de las dos en cualquier circunstancia, sin dudarlo. Pero todavía no hallo la forma de que entienda que nuestra relación no va a mejorar si insiste en ir mal en la escuela. En contestar de esa forma horrible que tienen los adolescentes. Y en poner a prueba, permanentemente, mi paciencia.

Ya sé que son las hormonas, que así son los adolescentes. Pero qué friega eso de poner límites, eh. Entiendo perfecto que algunos padres prefieran tirar la toalla y volverse amigos de sus hijos y permitirles cuanta barbaridad y media se les ocurra. Es una tentación enorme, si no fuera porque después los problemas son peores. Deberíamos hacer intercambio de hijos de vez en cuando, como hacen con las esposas en ese reality show de la TV, para que así, con la cabeza fría, otros padres metan en cintura a nuestros hijos y nosotros, al ver los problemas de otros niños, revaloremos lo que tenemos en casa. Ahora que lo pienso no estaría nada mal.

Hace 15 años, cuando mi marido y yo decidimos tener hijas, una de las cosas que sí imaginé es que ellas y yo seríamos compañeras y cómplices. Que nos iríamos de compras, al cine, a tomar un café. Que cuando vivieran en el extranjero, me invitarían a visitarlas. Que me pedirían consejo y lo tomarían en cuenta. Y que cuando tuviera nietos, me los dejarían con nana incluida. No sé si este sueño sobreviva a la adolescencia de mis hijas, ni si la big sister se comprará el cuento de que hay una favorita y que no es ella. Lo que si sé es que tendré que pedir paciencia prestada para demostrarle a las dos que, a pesar de las hormonas, estoy muy orgullosa de ellas y muy esperanzada con su potencial. Y convencerme a mí misma que la relación madre-hijas tiene futuro. Claro que sí, por supuesto que se puede…

 

 

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