“Cuando el sol se pone en el mar,
hasta el pescador más pobre navega con remos de oro.”
F. Nietzsche
“¡Atención, atención! A todas las personas, jóvenes, interesados del ejido Salvador Urbina se les invita a que acudan a la plaza, ahi se están realizando entrevistas para trabajar en el estado de Hidalgo. ¡Acerquense, acerquense!”. Esta es la voz que sale del perifoneo de un coche que circula al amanecer por los caminos de terracería del ejido Salvador Urbina en los altos de Chiapas, un ejido dedicado al cultivo del café y que ha sido seleccionado junto con otros 11 poblados para integrarse a un proyecto singular: reclutar a algunos de sus pobladores para abrir una planta farmacéutica de alta tecnología en su nueva Ciudad Rural.
Las Ciudades Rurales son un proyecto del estado de Chiapas para migrar a personas que viven esparcidas en territorios de difícil acceso a pequeñas nuevas ciudades, más concentradas y mejor dotadas de servicios como agua, luz, salud y educación. Sin embargo, para que las ciudades rurales sean exitosas, necesitan contar con una oferta atractiva de empleo. Aquí entra a la ecuación el ingeniero y empresario farmacéutico Arne aus den Ruthen (ex delegado en la delegación Miguel Hidalgo en México, DF) y su iniciativa de abrir en una de estas ciudades rurales una planta de alta tecnología para producir un extracto antioxidante a partir del fruto del café.
El proyecto de Arne no se limita a la apertura de una planta de manufactura, incluye un documental realizado por Roberto Canales llamado “Ciudad ≠ Rural” (presentado hace unas semanas en la Cineteca Nacional) que documentó este interesante experimento social que lleva a la reflexión sobre nuestra percepción de pobreza y desarrollo.
De los cientos de personas que acudieron al llamado para la oferta de empleo, diez fueron elegidos para ser parte del proyecto. Durante un año, estos jóvenes chiapanecos trabajaron y se capacitaron en la planta de Atlantis Pharma en Tizayuca, Hidalgo. Ahí aprendieron las habilidades empresariales e industriales necesarias para operar con éxito la nueva planta que se instalaría en su estado natal. En todo momento, los jóvenes estuvieron contentos con su trabajo y esperaban con optimismo lo que les aguardaba a ellos y a su comunidad.
Terminando el año de su capacitación, reciben un memorandum de la dirección en el que se les informa que están listos para iniciar el proyecto que los llevará de regreso a sus tierras, pero en el aeropuerto de la Ciudad de México descubren que hay un pequeño detalle: tendrán que ir primero a entrevistarse a la Secretaría de Economía de Chiapas. No entienden por qué se le convoca pero acuden al llamado obedeciendo las instrucciones de la dirección. Antes de abordar el avión, Arne los sorprende con un pedazo de información que no tenían y que los deja pasmados: ellos serán ni más ni menos que los dueños de la nueva planta. Serán los accionistas y éste será su proyecto. Los 10 jóvenes que salieron de Chiapas para trabajar en una planta en Hidalgo descubren que son parte de un proyecto para convertirlos en empresarios en sus propias tierras.
Arne los ametralla con sus nuevas responsabilidades: “tienen que conseguir el terreno, tienen que conseguir los permisos de agua y alcantarillado, permiso de electricidad, de construcción cuando tengan el diseño de su planta, tienen que definir que productos tienen que hacer y ver de que forma proyectar la farmaceutica, sus dimensiones y flujos de su planta. Ustedes son los emprendedores”.
La noticia les cae de sorpresa, no comprenden qué es lo que está pasando ni alcanzan a entender sus nuevas responsabilidades. El acuerdo es que Atlantis se compromete a comprarles un millón de dólares en producto y resulta que la cita en la Secretaría de Economía del estado de Chiapas será para gestionar un apoyo por otro millón de dólares así como el terreno para colocar la planta. Es una oportunidad única que difícilmente se repetirá en sus vidas.
Los nuevos empresarios aceptan titubeantes su nueva condición pero lo que sigue es una larga cadena de desencuentros entre el grupo y su promotor. En cada una de las decenas de juntas posteriores, Arne les pregunta una y otra vez por avances que el grupo no puede reportar. Para Arne –en ese entonces un entusiasta del coaching ontológico– la raíz del problema está en la victimización del grupo. Cada excusa, cada explicación que le dan tiene una causalidad externa, ajena a su responsabilidad personal. Trata de explícarles que si ellos no tienen la iniciativa de hacer las cosas y pedir la información que necesitan y perseguir a la gente para que las cosas pasen, nadie lo va a hacer por ellos. Insiste en que ellos son los empresarios y que está en su acción y en asumir su responsabilidad el éxito del proyecto. Nada de lo que hace es suficiente y el proyecto se estanca. En alguna de las juntas, Arne explota y les receta la desafortunada frase de Manuel Clouthier “no se trata de cambiar de amo, se trata de dejar de ser perros”.
El climax de la exasperación llega cuando en una de las juntas, lejos de reportar los esperados avances en la construcción de su planta, uno de los emprendedores le pregunta a Arne si les renovarán su contrato de trabajo en la planta de Tizayuca. Los emprendedores están más preocupados en conservar su trabajo que en la idea de convertirse en empresarios.
El documental termina sin respuestas, no se sabe exactamente el destino del proyecto ni lo que sucede con los jóvenes chiapanecos. Nos deja con una sensación de vacío, el espacio que hay entre las expectativas de una cultura orientada al la ambición y a la superación económica y otra que pareciera ser indiferente a estas aspiraciones.
Preguntando a Arne finalmente me entero que el proyecto muere y que los líderes del equipo (Yemina y David) se hacen novios y fundan un pequeño negocio.
Quizá la interpretación más fácil del resultado de este experimento es que a los emprendedores chiapanecos les faltó voluntad, que aún y con lo fácil que lo tuvieron les faltó la fuerza para perseguir sus metas y prosperar. Para los egoístas éticos (ver Vanguard Región 4), es una prueba más de que las oportunidades las crea quien emprende sin importar sus condiciones y adversidades. Que se pueden poner enormes oportunidades al alcance de los más desfavorecidos sin esperar mayores resultados.
Desde mi punto de vista, creo que el fracaso de este proyecto tiene que ver con la falta de narrativa empresarial. Así como abunda la narrativa migratoria, estas historias de éxito cercanas de familiares y amigos que deciden emigrar y encontrar fortuna ante el enorme riesgo de cruzar la frontera, también hacen mucha falta las historias cercanas de emprendimiento. Todos estamos capacitados para emprender y crear empresas pero no todos estamos acostumbrados ni nos han acostumbrado a hacerlo. Quizá por eso que ciertos grupos de inmigrantes encuentran fácil emprender e incursionar en ciertas vocaciones empresariales, por las narrativas cercanas a las que están acostumbrados. Y quizá por eso necesitemos empezar a hablar sistemáticamente de emprendimiento y de buscar y contar las historias correctas. Entre más cercanas y familiares sean, habrá más probabilidades de que se repitan.