Lampa vida

 

Daniel Sada

Premia Editora, S.A.  

México, 1980

pp. 90

 

En Camoatí, en el norteño desierto mexicano, Hugo Retes, un payaso fracasado, se escapa con Lola Tuñín, hija de Marcio Tuñín y Carmen González. Se dan a la fuga hacia Maloja, pueblo vecino, donde son acogidos en casa de Cristino Curiel. Hugo fracasa aquí también y al no poder pagar el hospedaje, sigue la huída.

Los dos se adentran en el desierto inmenso y vacío rumbo a Fanance. Agotados, con hambre y sed, parecen muertos, los encuentra un muchacho a las orillas de El Oro, un pueblo abandonado de la mano de Dios. Sus habitantes deciden que se pueden quedar a vivir. Lola, se quiere regresar a casa de sus padres, pero Hugo la convence de quedarse y ella acepta, porque está enamorada.

Lola no sabe que su marido es un payaso que nunca tiene éxito y es maltratado por los públicos ante los que actúa. Él le esconde la verdad y siempre pide que no le digan a ella cómo intenta ganarse la vida. Siempre miente porque le da vergüenza y también tiene miedo que lo dejen. Don Félix Villarreal le advierte que algún día ella se enterará y entonces que “venga lo que venga”.

En uno de los epígrafes se dice que “existen los que han nacido para vivir y los que han nacido para amar”. Esta es una novela de amor, una linda historia de amor, habitada por los personajes y por el lenguaje que hacen de Sada un autor único. El paisaje, los personajes y el lenguaje, son inventados por él. Sólo existen en su imaginación, en el mudo creado y recreado por él. Se inspira en los pueblos del desierto de Coahuila donde vivió, pero no existen en la realidad. Son su creación.

En esta primera novela de Sada están ya presentes todos los elementos que van a caracterizar su literatura. Su propuesta única y original que lo hace un autor tan particular dentro de la literatura mexicana (y diría que mundial). Los personajes se mueven siempre en un mundo que no termina de quedar claro si existe o está más allá de la vida.

La caracterización que hace Sada de los paisajes, de los pueblos, de las viviendas, de los personajes, de su visión del mundo, de sus valores, de su lenguaje y sus costumbres siempre me dicen y llaman la atención. Su construcción del lenguaje – la originalidad de sus giros y  las palabras que inventa- es sofisticada y difícil, no hay concesiones, pero resulta extraordinaria.

Daniel Sada murió en noviembre de 2011, sin saber que había recibido el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de Lingüística y Literatura.

 

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