Mayra Zepeda

Lovahólicos Anónimos

Perfil Reportera y editora. ¿Los amores de su vida? La música y la literatura. Navega con agnosticismo en cuestión de amores y asegura que “nada tiene por qué ser”. Romántica, sí, amargadita, también, pero sólo un poco. En Twitter la conocen como @marjirevontuli. Live and learn, como dicen los Cardigans.

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El turista y la distancia

If you leave, don´t leave now

Please don´t take my heart away…

Promise me just one more night

Then we´ll go our separate ways…

Y se fue. Se llevó consigo 70 kilos en ropa, vida, recuerdos, todos empacados en cuatro maletas. Se llevó consigo a su Colombia cinco años de radicar en Londres. También se llevó una parte –todavía indefinida- de una mujer que conoció en México mientras estuvo de vacaciones.

En el aeropuerto, de pronto ella quiso llorar: lo vio de espaldas, maletas en mano, con ese sombrerito de turista en la cabeza, guapo. Pero se aguantó.

Contuvo el llanto porque en conversaciones anteriores, él le dijo que no le gustaba ver a la gente llorar en los aeropuertos, durante las despedidas. Ella realmente se esforzó para no soltar las lágrimas.

Se abrazaron. Se dijeron adiós, buen viaje, ojalá nos veamos pronto, etcétera. Y se volvieron a abrazar y a besar. Ella entró rápidamente al metro perseguida por sus ganas de llorar.

Y así lo hizo. Durante todo el regreso a casa se fue a lágrima viva nomás porque 10 días le bastaron para conocer a ese turista, crear un vínculo extraño con él y desear con todas sus fuerzas volver a verlo algún día.

Algún día.

***

Ella bailaba con un trago en la mano cuando él se acercó para bailar. No recuerda con exactitud lo que pasó después o lo que platicaron, sólo recuerda cuando él le dijo su nombre, ******, y lo bien que se movía. Minutos después, eran él y ella entre besos, abrazos y sus tragos.

La fiesta terminó en la mañana con más besos y con una cuasi promesa de agregarse al Facebook.

Cuando ella lo escuchó decir esa frase de inmediato supo que el turista no la buscaría nunca. Se había topado con varios sujetos de la misma calaña, de esos que la pasan bien, piden teléfono para agregarte a Whatsapp, te buscan en Facebook o Twitter, te olvidan…y tú a ellos.

La cosa es que…el turista la buscó. No un día, ni dos, sino todos los días que estuvo en el Distrito Federal.

Ella supo que él le gustaba mucho desde que fueron a bailar a Garibaldi. Los colombianos saben moverse, sin duda. Pero no sólo le gustó porque bailara bien, sino por cómo la veía, le sonreía y cómo se le acercaba. Él siempre fue dulce, un maestro de la coquetería discreta.

Al día siguiente ella reafirmó lo que había comprobado en Garibaldi: que él realmente le gustaba. Entre whiskeys hablaron de periodismo, la familia, la comida colombiana, de la mexicana, de economía, del amor, relaciones pasadas… Él le confió sus muertos, ella sus desequilibrios.

Esa voz, ese acento, esa sonrisa infantil enmarcada por una discreta barba un poco rubia acompañada de unos ojos traviesos la engancharon. Eso y sus historias. La forma de contarlas, la forma de escucharla.

Se compartieron todo. Hablaron, bailaron, cantaron juntos, se emborracharon, durmieron sin tocarse, se abrazaron, hicieron el amor, comieron rico, cenaron a la luz de las velas, rieron, escucharon música, se presentaron bandas nuevas… Todo en 10 días.

La última mañana ninguno de los dos quería soltarse. El cuarto estaba oscuro, poca luz de la mañana entraba por una pequeña ventana. Contacto físico, contacto físico lleno de significado. Él no quería irse, ella no quería dejarlo ir, pero el tiempo se les había agotado.

Se fueron al aeropuerto agarrados de la mano, sin hablar demasiado. ¿Qué se podían decir? “No quiero que te vayas, por favor, te voy a extrañar, quiero que te quedes en México, conocerte, salir todos los días”… “Me quiero quedar en México, salir contigo…” Eso ya se lo habían dicho, y no sólo con palabras.

Él decía mucho “Alguien tiene que ser la racional aquí…” Ese papel le tocaba a ella, quien siempre le presumió de ser una mujer ecuánime, centrada, con los pies en la tierra.

Justamente ese día del aeropuerto lo menos que ella se sentía era eso, racional. Lo único que quería hacer era llorarle en el cuello. Pero no lo hizo. Cumplió con su papel.

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