Gabriela Warkentin

México Bizarro

Perfil Gabriela Warkentin vive de echar choros y marear al prójimo. Académica, conductora de radio y TV, articulista, docente y conferencista. Concentra la mirada en los procesos de comunicación y trata de desentrañar sus posibilidades. Ha sido casi de todo, desde directora hasta laboratorista, y a sus muchos años de edad sigue odiando el chocolate. Es un poco trotamundos, pero le encanta vivir en México. Ah, y le va a los Pumas.

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La comezón del séptimo año

“Aprendiendo cómo funciona esta cosa”.

Mi primer tuit fue tan obvio como el de todos. 24 de abril de 2009. Lo sé no por obsesión nostálgica, sino porque ahora Twitter te permite descargar en un archivo todos los tuits que alguna vez enviaste. Es algo así como la bitácora de tus barbaridades en menos de 140 caracteres. Y eso escribí entonces. “Aprendiendo cómo funciona esta cosa”.

La cuenta la abrí el 10 de febrero de 2008 [hoy todo se sabe gracias a la señora Huella Digital]. Es decir que por más de 14 meses durmió el sueño de los justos, o de los ignorantes. Ni un tuit de entonces al profundo “aprendiendo cómo funciona esta cosa”.

Recuerdo vagamente que me metí a eso del Twitter por insistencia de un aceleradillo colaborador en la radio que entonces dirigía. Anda, anda, cuál Speedy González de los acotados caracteres. Está bien, te va a gustar, vas a tener contacto con todo y todos. Así que dije: pues va. [Tan inconsciente de lo que hacía, que seleccioné como nombre de usuario @warkentin. En ese momento el mundo tuitero era casi casi de los que ahí estábamos. ¡¡Pude haber seleccionado un @Gabriela, @Gabrielita!! Y hoy me la vivo deletreando arrobadobleúaerrekdekiloeenetdeteresaideignaciondeniño. Aclaro que no llevo g al final (no soy gerundio) y abrazo con simpatía la cuenta chilena @warketing que me debe odiar, y sí va la n antes de la t (y denuncio como espuria la cuenta @warketin, que ni soy ni seré). Pero es que una no estaba entonces para saber hacia dónde caminaría esto].

La historia viene a cuento porque en estos días Twitter cumple sus primeros siete años de vida.

Siete años, y la comezón arrecia.

No es matrimonio, aunque casi sí. Finalmente, en esta plataforma de red social nos hemos odiado, ignorado, amado, conocido, desencontrado, abrazado y pasado por alto. Hemos creído que hacemos la revolución (cuando a duras penas hemos intentado hacer el amor), y nos hemos ido a dormir con la sensación de que “a pesar de todo se mueve”. Al principio nos sentíamos como exclusivo club de hippies, y lo que tuiteábamos eran como alaridos libertarios entre los pocos cientos que nos seguíamos. Luego todo se volvió mainstream, y hasta llegaron los políticos [que siempre llegan a ensuciarlo todo, dicen por ahí]. Como en México nos pintamos solos y de los mismos colores siempre, trasladamos el acarreo de la plaza física, con todo y sus matracas, al ciberespacio. Llegaron las guerritas de trending topics (sí, eso de lo que se habla en esta red) y más de un candidato sonrió satisfecho cuando su Coordinador de Asesores le dijo: usted no se preocupe, mi candidato, que de usted hablan rete harto en eso del Twitter, y siempre bien. (pssss sí, habrase visto un bot expresamente cultivado para fines de aplauso que no cumpla con su mandato, ¡jo’er!).

Siete años después, y como lo prueba el video celebratorio para la ocasión, Twitter se manifiesta demasiado importante para los tiempos que corren. Si hacemos caso a las narrativas dominantes, pareciera que sin este servicio de mensajeo en pocos caracteres sobre una plataforma colaborativa en red, el mundo de hoy no sería el que es: los españoles no se habrían indignado, los árabes no habrían incendiado su Primavera, los diversos y dispersos no habrían ocupado de Wall Street para abajo, los mexicanos no habrían comunicado sus muertes, los venezolanos no habrían peleado el legado chavista, el Papa Francisco no nos habría bendecido (o algo así). Pura cosa acá muy importante, dicen. Pero sabemos que tampoco es, no en esa dimensión, porque de narrativas dominantes está tapizado el cielo de los que tienen el control remoto de la tecnología en la mano.

No sé si en algunos años seguiremos hablando de Twitter. Tal vez esta plataforma de red social interactiva y digital comience a dar de si, como sucedió con todas las que le precedieron. Y ya desde ahora hemos sabido matizar eso de que la revolución definitivamente no será tuiteada, y que la movilización de calle y la implicación personal en asuntos diversos requieren también de los otros lazos duros, esos que continúan del espacio físico al virtual. Sin Twitter nada, pero sólo con Twitter tampoco.

¿Qué me dejan estos años de conexión en 140 caracteres? Mucho. Y lo he repetido innumerables veces: mi vida no sería lo que es sin esta red social que me acompaña cotidianamente. Gracias a Twitter he tenido discusiones de fondo, he seguido escarceos superficiales, he aprendido a tolerar más allá de mis límites, he hecho amigos y he abrazado a los de siempre. He podido seguir las voces en directo de los enfrentamientos en Honduras, Venezuela, Egipto, España…, de las tragedias en Haití, Japón, Chile…, de la narración a pelo de las vicisitudes del México que se sigue desentrañando. He padecido ataques absurdos (y dolorosos, a veces) y he blandido también la espada de la palabra para atajar embestidas (no siempre exitosamente). He aprendido a ver la televisión en una sala gigantesca y a compartir las lecturas de los diarios en domingo, a incitar al #CaféAmable y recordar la bondad del #GüisquitoNecesario. En resumen, he acompañado la vida cotidiana con una dimensión conversacional que la enriquece. Ni más, ni menos.

Vuelvo a ese tuit inicial: “aprendiendo cómo funciona esta cosa”. Y más allá de la obviedad pienso que en esas palabras está encerrado el reto vivencial de nuestros días. Porque no se trata de Twitter ni de una plataforma específica. Se trata de la acción dialogante y conversacional con la que le conferimos sentido al mundo acelerado y sobreinformado en que vivimos. Eso es lo que le celebraría a Twitter, en estos siete años. Y esa es la comezón que le temo: saberse demasiado importante (lo que sea que esto signifique) atrofia también la esencia. Y entonces me enamoro de mi ombligo. Y entonces me celebro con un video que… me celebra.

Será que pronto diremos que Twitter es demasiado dosmilseis. Y sí, las curvas del entusiasmo tienden a emparejarse realistamente. Con todo, lo que creo que se mantendrá es la dimensión conversacional de la comunicación, por lo menos en los años venideros. Y la ampliación de la misma a través del consumo y la producción digitales e interactivas, en tiempo real, fragmentadas e infectadas. Siete años son una eternidad en tiempos de Internet. Ya veremos qué estaremos celebrando en los futuros que se intuyen.

Mientras tanto sostengo: hoy, como en el 2009, estoy acá “aprendiendo cómo funciona esta cosa”.

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