Gabriela Warkentin

México Bizarro

Perfil Gabriela Warkentin vive de echar choros y marear al prójimo. Académica, conductora de radio y TV, articulista, docente y conferencista. Concentra la mirada en los procesos de comunicación y trata de desentrañar sus posibilidades. Ha sido casi de todo, desde directora hasta laboratorista, y a sus muchos años de edad sigue odiando el chocolate. Es un poco trotamundos, pero le encanta vivir en México. Ah, y le va a los Pumas.

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Por mi mente no pasó renunciar #posoigan

Fue, tal vez, la expresión más honesta en lo que va del sexenio.

Sólo que la medimos con la vara equivocada.

“Por mi mente no pasó presentar mi renuncia, porque lo dije en su momento, yo cultivo los valores republicanos y dentro de los valores republicanos hay culto a la hombría personal, a la congruencia, a la lealtad a hombres y a instituciones; si así fuera el caso (haber ordenado verificación) yo lo reconocería públicamente ante ustedes”. Así lo dijo Humberto Benítez Treviño, Procurador Federal del Consumidor, en la mira porque su hija Andrea ordenó clausurar un restaurante tras haber sido “maltratada” (o mal atendida o lo que sea).

La historia de la #LadyPROFECO (así bautizada en las redes sociales del ciberespacio) es conocida: unos jefes de la oficina del papá hicieron caso a la exigencia de la niña y llegaron a clausurar el restaurante. Luego vino la indignación en redes sociales y el echarse para atrás de los implicados. Pero no, no hablaré de las bondades del activismo en redes sociales. Me concentraré un rato en lo que pasó en escena.

El Procurador del Consumidor dice que nunca pensó en renunciar, porque ni estaba en la oficina ni autorizó nada de nada. Por lo tanto: suspendamos a algunos funcionarios intermedios y ya. Me imagino que hubo algún jalón de orejas a la hija (mijita, la próxima vez me llamas a mi primero) y luego todos ponen cara de “esto ya pasará, qué exagerados”. Echa la basurita a la calle, compadre, que ya la levantará alguien y nosotros seguimos con lo que toca.

Siempre hay un “alguien” que levanta la basurita.

De líderes y lidereados, muchos exigieron que el Procurador renunciara para permitir una investigación imparcial. O que por lo menos presentara su renuncia como gesto de buena voluntad. Pero eso no sucedió y vino un poquito de indignación: este país no tiene salvación. En Finlandia, el Procurador ya sería sólo un archivo más, mientras aquí cultivamos el amor por la ignominia, en historias paralelas.

Ahora, seamos honestos. Lo que hizo el Procurador del Consumidor es lo que (casi) cualquier ciudadano de este país habría hecho. Poner cara de un eterno “si te llegan a decir cositas malas de mi”, y argumentar con vehemencia “manda todos a volar y diles que yo no fui”.

¡Si la lírica popular no nació de unos dioses dispersos!

Aunque hoy panistas y perredistas y anexos se azoten para culpar sólo al PRI de la corrupción galopante… en este país nadie renuncia porque pueda estar en la mira de alguna investigación, escándalo, problemón o anexas. Ni hoy, ni en otros tiempos. Antes me aferro al puesto que decir: “con permiso, les dejo el espacio para que se deslinden responsabilidades”. El chip que tenemos metido siempre es el de “yo no fui”. Lo ordenó un superior, no me entendieron, yo estaba de viaje, me habían operado, se brincaron la estructura… y en el caso más extremo: falló el sistema.

Quienes hemos tenido la responsabilidad de dirigir equipos humanos, sabemos bien de esta actitud de “ni me mires, yo sólo pasaba por ahí”. Hasta en los más jóvenes: –¿Y por qué no te quejaste de ese profesor tan malo que tuviste y esperaste a que terminara el semestre para hacerlo? Porque si me quejo, seguro se entera y me reprueba. Pero tienes mecanismos de protección para protestar si hay alguna injusticia. Noooo, mejor no, siempre se enteran y te friegan–.

Y tienen razón: luego se enteran… y los friegan.

Recuerdo en un trabajo, mucho tiempo ha. En un lugar que ya ni existe. Un joven se quejaba de que el profesor de alguna materia le exigía dinero o una televisión o un DVD para pasarlo (eran otras épocas, los DVDs costaban caro). Lo convencimos de que grabara al profesor y nos trajera el audio. Nosotros lo subiríamos a las autoridades para que despidieran a ese profesor corrupto. El alumno no era muy brillante, y algo en él siempre pensó que un DVD era precio bajo para pasar una materia que nomás no lograba acreditar. Pero lo convencimos. Grabó al profesor, nos trajo el audio, lo subimos a las autoridades, y esperamos el resolutivo. Alguien (siempre hay un “alguien”, como siempre hay un “sistema”) le filtró al profesor la queja. En resumen: no sólo no corrieron al profesor, sino que éste reprobó a cuanto alumno quiso. Meses después, el alumno original de la historia llegó y nos puso una pistola sobre la mesa: ya ven, mucha justicia ¿no? Ahora ando armado. El profesor me persigue por donde sea, y yo me defenderé a morir. (Sobra decir que el alumno nunca aprobó la materia).

El autoritarismo, la impunidad, la discrecionalidad en la impartición de justicia y mucho más… todo nos tiene al borde del cinismo y en el abrazo de la individualidad significativa. Que se joda el otro, porque “yo no fui”.

¿De veras alguien esperaba que el Procurador Federal del Consumidor presentara su renuncia? ¿Cómo bajo qué esquema ético? Cuando Benítez dice que “dentro de los valores republicanos hay culto a la hombría personal”, deberíamos esperarlo todo. Todo. El culto [sic] a la hombría personal [sic] que está dentro [sic] de los valores republicanos [sic], pues no debe dejar mucho margen de maniobra. Imagino. Porque no muy entiendo. Pero para el caso tampoco importa. Al fin él no fue. Ni yo tampoco.

Si te llegan a contar cositas malas de mí.

Ensañarnos con el Procurador es tarea fácil. Reitero: su expresión fue tal vez la más honesta en lo que va del sexenio. Benítez dijo lo que somos: sociedad de corruptores, de evasores, de quiéntecreesqueerescaón, de soyamigadeAlfaTres, de #pinchesmuertosdehambre, de nomemiresquenonacimosenlamismacuna. Quienes ocupan cargos de autoridad no tienen por qué rendir cuentas. Si mi subalterno le hizo caso a la llamada de mi hija, la culpa es de él. Yo ni estaba ahí.

Punto final.

#Posoigan, por mi mente nunca pasó renunciar. ¿Cómo por qué tendría que hacerlo?

Punto final.

 

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