Carne y Arena, y DACA

Justo cuando ya me había acostumbrado a vagabundear con policías imaginarios, me doy cuenta de que el software de esta exposición ha rastreado MI posición y eyeline. Estos policías me pueden ver y se pueden meter en MI cara y me ordenan que ponga las manos arriba y me tire al suelo.

Muy al caso hablar de Carne y Arena en un día en el que el pendejo de Trump deja sin certeza jurídica a 800,000 dreamers, de los cuales 622 mil 170 son jóvenes mexicanos, con la orden que acaba de dar de rescindir el programa DACA (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia). La cancelación de dicho programa deja en peligro de deportación a este segmento de jóvenes (muchos de los cuales sólo hablan inglés) conforme vayan expirando sus permisos y me parece alarmante que se sigan tomando este tipo de acciones xenofóbicas y discriminatorias en contra de la comunidad latina por parte de este payaso y de su administración de pacotilla.

Nadie sabe por lo que pasan estas personas al tratar de perseguir el sueño de tener una calidad de vida digna. Las humillaciones y la deshumanización de la que son víctimas por parte de las autoridades fronterizas para que ahora –encima- les salgan con esto. Personas que vienen huyendo del hambre y la pobreza extrema en el mejor de los casos. De violaciones y amenazas de muerte a sus familiares si no se unen a las pandillas, en el peor de ellos.

Carne y Arena, de Alejandro González Iñarritu (el Negro ‘pa los cuairas), te da la oportunidad de que te des una remota idea y toca una cuestión fundamental de nuestro tiempo: la deshumanización (a través de la demagogia) de los inmigrantes de México y Centroamérica.

 

Después de una ruta interminable de caminata por el desierto, a punto de la deshidratación y asustados, los refugiados que son atrapados cruzando la frontera son llevados a un lugar a los que les dicen las hieleras porque tiene literal la temperatura de un congelador. Los encierran –promedio- durante casi dos días (datos oficiales de la Ley de Libertad de Información en 2015), separan a los niños de sus familias, no hay camas, no les dan alimento, y pues se supone que son células de retención de corto plazo.

Mentira.

Así comenzó mi “aventura” en la instalación:

Entrando en una cámara de almacenamiento helado yo con mi camisita de seda ultra delgada bien finolis; habían unos pocos bancos industriales de metal -congelados también- en donde me senté (y se me hizo paleta el culo) a quitarme zapatos y calcetines (instrucción previa) para –posteriormente- colocarlos dentro de un locker, que más bien me recordó una de las compuertas de la morgue, en donde guardan los cadáveres. Por el piso habían zapatillas polvorientas y zapatillas de deporte tiradas que fueron recuperadas de la zona fronteriza, también algunos galones y contenedores de agua vacíos. En eso estaba, cuando suena una alarma (ya había leído que era la señal para entrar en la siguiente habitación).
Entré en una habitación bastante grande, oscura y con tierra como de 200 metros cuadrados (yo calculo).
Descalza (no te imaginas el asco que me da caminar descalza sobre tierra, que no arena ¡ja! Pendeja) camino y veo que hay dos figuras humanas. No estaba segura de que fueran hologramas o personas, ni sabía qué tenía que hacer. Me fui acercando poco a poco hasta que pude distinguir que eran los asistentes que sostenían el equipo que me comenzaron a colocar: un back-pack y unos lentes de realidad virtual.

 

Equipo colocado:

Me encuentro en medio del desierto sola.

Se escuchan a lo lejos unas voces.

La oscuridad cede y estoy en la frontera, siento que en peligro.

En el crepúsculo se puede distinguir a un grupo heterogéneo de personas que emerge poco a poco y caminan hacia mí; una anciana que se rompió el tobillo, gimiendo en español por ayuda; un coyote, se queja en inglés de que están disminuyendo la velocidad para caminar. Una mujer embarazada con un niño pequeño en brazos, más personas asustadas y débiles. Son inmigrantes caminando, ya cruzaron la frontera. Llegaron a la tierra prometida pero el peligro es inminente. Me doy cuenta de que me puedo acercar a cada uno de ellos, verles sus caras, sus expresiones, el dolor a centímetros de distancia. En eso: ruido cabrón, aire fuerte, un helicóptero encima de nuestras cabezas con un reflector cegador y dos SUV de patrulla fronteriza aparecen llenos de policías con armas y perros que agresivamente arrestan a todos a su alrededor. La noche cae y hay una secuencia alucinatoria que proviene de la linterna de una niña sentada en una mesa, que muestra a unos refugiados siendo sacados de una balsa.

Entonces las cosas se vuelven aún más aterradoras.

Justo cuando ya me había acostumbrado a vagabundear con policías imaginarios, con sus semiautomáticas de apariencia tan real, cuando ya medio me había habituado –nerviosamente- al hecho de que todos sus movimientos están como coreografiados y de que yo era para ellos efectivamente una especie de fantasma, invisible – me doy cuenta de que el software de esta exposición ha rastreado MI posición y eyeline. Estos policías me pueden ver y se pueden meter en MI cara y me ordenan que ponga las manos arriba y me tire al suelo.

El auricular tiene sensores, de modo que el policía te apunta directo y de frente con un rifle y una linterna. Obedezco y me tiro al piso y pongo las manos en la nuca. Es instintivo, no hay espacio para echarle coco.

Te tiras y punto.

Te vale madre; el animal se apodera de ti y el instinto de supervivencia ya te trae tragando mares de adrenalina.

Me encuentro bañada en llanto de ver –entre todo este caos- el miedo espantoso de un niñito de –como- tres años que no sabe qué hacer con su papá que no se mueve.

Pasan unas figuras como de fuego, y luego calma total.

Todos desaparecieron.

Atardecer bellísimo en medio del desierto sola de nuevo.

Total del tiempo transcurrido seis minutos y pico.

Fin.

Me ayudan a quitarme el equipo.

Salí literal temblando de ahí a la siguiente habitación en donde tienes que recoger tus pertenencias.

No podía ni ponerme las calcetas y botas.

Tocan la alarma para que pases al corredor de salida en donde hay unas cajas de luz con fotos frontales, con la cara de cada uno de los personajes que acabas de “conocer”.

Pero antes de llegar a ellas, desobediente que es uno, me quedé mirando por la rendija de esa pared de metal reciclado que usaban para el aterrizaje de los helicóptero en Vietnam, que dividía dicho corredor del espacio de tierra en donde todo había ocurrido.

Mejor me puse a espiar por el agujero.

(Puto el que raje *ojitos en blanco).

No me pude resistir a ver de qué forma se ve desde “afuera” el movimiento corporal del otro, sus expresiones, etc.

Pude ver a mi acompañante vivir toda la experiencia.

Súper fuerte también.

Carne y Arena no es una película, y logra reconocer que la realidad virtual es un medio completamente diferente, planteando diferentes desafíos teóricos y narrativos. No hay edición. Los personajes deben colocarse en tres dimensiones, no sólo en dos. El medio es casi un híbrido de videojuegos y teatro en vivo.
Por primera vez pude imaginar lo que es tener un arma de alto calibre apuntándome directo a la cara. Esta instalación te pone ahí: como a un criminal, sin derechos ni garantías individuales de ninguna especie, hincada (en mi caso pecho tierra, para que se le quite lo lela y superficial cabrona *ojitos en blanco) en un piso de tierra, descalza, con los pies desnudos, con miedo y un frío de la chingada. Te pone en una situación frágil que no se compara con ninguna experiencia que haya tenido antes (sin contar –obviamente- el secuestro de dos de mis cuatro hijos).

Lo que es apabullante es que la instalación ofrece solamente un fragmento de lo que ocurre en realidad. Si así tuve casi un ataque de pánico, un llanto desbordado, un miedo hijo de puta, pues no hay forma de que la experiencia aterradora de esta gente al cruzar fronteras no sea algo que la mayoría de las personas no soportaríamos.

No nos levantaríamos de algo así de duro. No solamente por las condiciones físicas, sino por las secuelas emocionales que esto debe dejar.

Sin embargo, lo hacen.

Nuestros compatriotas no tienen de otra, tienen que retomar el camino como sea, echando mano de la fe y la poca fuerza que les queda, para seguir adelante porque el amor a sus familiares todo lo puede.

Para mí esta experiencia sensorial es una rotunda declaración política que nos obliga a empatizar de una forma mucho más profunda que con dos gramitos de retórica.

Te compromete.

Te brota la culpa tremenda de no poder hacer nada por ninguno de esos seres.

Yo quiero que vayan por favor a verla la bola de pendejos para los que este segmento -que los atiende en hoteles y restaurantes de lujo en Gringolandia– son invisibles.

¿Te vas a portar indiferente la próxima vez que se te cruce en el camino otro migrante?

Lo dudo.

Por eso la cancelación de DACA debe de indignarnos hasta la acción más impoluta desde cualquiera que sea nuestra tribuna.

¡Basta!

PS: Carne y Arena se encuentra abierto al público a partir del 13 de Septiembre en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco .

 

@marthacristiana

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