Piolo Juvera

Piologramas

Perfil Piolo Juvera se considera humorista y escritor —ciertamente hay que tener humor para considerarse escritor si no ha conseguido publicar su única novela—. Aunque comúnmente es freelancer, ha ocupado casi cualquier cargo posible en las redacciones de algunas revistas y un periódico. Es chilango treintañero, ciclista utilitario, improvisador profesional, tuitero empedernido, vegetariano incomprendido y fanático de los juegos de palabras. Vierte buena parte de sí en @PioloJuvera

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Mandé a volar a ese gato

Desde hace algunos meses, cuando pensaba en todos los preparativos necesarios para mudarme de país, de lo que  más me agobiaba era el traslado de Miztli, mi hijo felino. Suponía que sería sumamente caro y complicado. Pero irme sin él no era una opción. No soy de esos que al menor (o mayor) cambio de vida va dejando hijos regados por ahí; de esos que porque la novia en turno es alérgica, en el departamento nuevo no aceptan animales o, peor aun, hay unas vacaciones en puerta y nadie con quien dejarlo, prefiere regalarlo, permutarlo, abandonarlo o “dormirlo” (conveniente eufemismo para algunas absurdas matanzas). No. Miztli es mi hijo (o lo más cercano que tengo a uno), una de mis más fieles y gozosas compañías. Es quien me enseñó que el inmenso amor que se le puede tener a un animal sólo lo entiende quien a un animal ama, que no hay criatura más tierna y admirable que un gato cachorro ni música más terapéutica que un profundo ronroneo; que hay sólo un espécimen con tal rango de expresión corporal: va desde la elegancia de una top model, pasando por la precisión y fortaleza de un ninja, hasta la comicidad de un adiestrado clown.

“El más pequeño gato es una obra maestra” (Leonardo da Vinci)



Han de saber que, aunque no fue una labor sencillísima, llevármelo en avión estuvo más leve de lo que imaginaba. Ahí les va la historia, por si “ocupan”. Eso sí, los trámites de los que hablo aplican para Estados Unidos y Canadá solamente.

Lo primero es que tengan su carnet con las vacunas al día (la antirrábica y la triple felina). En cuanto sepan que van a realizar el viaje, hay que llevar al minino al veterinario para asegurarse de que esté bien de salud —el doctor de Miztli es muy bueno (en ambas acepciones), si quieren sus datos nomás pidan. Después, como tres días antes de partir hay que llevarlo nuevamente para que lo revise y expida dos certificados, uno en inglés y otro en español, en los que declare que el pequeño viajero está libre de parásitos internos y externos. Además, hay que pedirle al veterinario una copia de su cédula profesional y llevarla con el resto de los documentos. Cuando el vuelo es de México a los vecinos del norte no es necesario pasar a Salubridad en el aeropuerto, basta llegar directo al mostrador.

Ahora bien, ¿qué aerolínea elegir? En mi caso, opté por una que se denominara pet friendly. Para mí era importante que se declararan expertos en y, sobre todo, amantes de los animales. Ese era el caso de American Airlines, donde resulta que, además de la opción de llevarlo en una cabina presurizada en la panza del avión, es posible llevarse el gato abordo. Tienen ciertas especificaciones de peso y medidas, tanto del animal como de su transportadora, que, de entrada, debe caber bajo el asiento de enfrente (donde hay que llevar a los peludos durante todo el vuelo). Con las Sherpa no hay pierde, hasta te dan garantía de que cualquier aerolínea la aceptará o de lo contrario te devuelven tu dinero. Está bueno comprarla con antelación y dejarla por ahí abierta para que el gato husmee y se meta, como buen metiche que es, igual que lo haría con cualquier maleta, y así se vaya acostumbrando.

“El hombre tiene dos medios para refugiarse de las miserias de la vida: la 
música y los gatos” (Albert Schweitzer)

Existiendo la posibilidad de que Miztli se fuera junto a mí (a mis pies, más bien —normalmente estamos al revés—), no podía negarme. Aunque me mataba de vergüenza imaginar la de gritos que pegaría en pleno vuelo. Pero bueno, si yo había tolerado comprensivamente el llanto de tantos bebés humanos en los aviones, era momento de que lo aguantaran a él. Es importante que, al comprar el boleto, apartes el lugar del gato (de preferencia, que te den la reservación impresa). Hay un número limitado de mascotas que pueden viajar en cabina. Puedes llevar hasta dos mascotas, siempre y cuando quepan bien en una transportadora y sean de la misma especie (o perros o gatos, no aceptan que vayas con uno y uno). Además, no permiten que vuelen animales que tengan la cara muy chata, pues resulta peligroso. En cuanto a darle algún calmante, no encontré ningún veterinario de fiar que lo recomendara y se comprometiera a que sería seguro. Así que habría que montar el avión “a pelo”.

“Los gatos son amos amables, mientras que recuerdes cuál es tu propio sitio” (Paul Gray)

Camino al aeropuerto todo fluyó relativamente bien (salvo algunos gritos comunes por sacarlo de SU territorio sin SU autorización). Una vez ahí, la documentación fue amable y sencilla. Es hasta ese momento cuando hay que desembolsar lo de “su boleto”: el equivalente a 150 dólares (hay que pagar con pesos). Le pusieron una etiqueta a la transportadora y eso sirvió en adelante como su identificación y pase de abordar.

Había que hacer tiempo, pero me prohibieron entrar con él al restaurante “Flap’s” (al fin que está re feo, ¡hum!), pero esperamos sin broncas en el foodcourt (ya ando bien gringo, ¿no?… En el “comedero”, pues). Al pasar por el detector de metales, tuve que sacarlo de la transportadora y cruzar con él en brazos. Ése fue el primer momento ay-nanita de la travesía. El felino cósmico se puso súper punk y no cooperó para que le hicieran una “revisión”. Me preguntaron “¿no muerde?”. A lo que respondí, “no, morder, no…”, mientras sentía el rigor de sus garras en mi brazo. Lo vieron tan erizado que nomás le dieron una rápida sobadita y dijeron “sí, está bien, pásenle”.

Entramos al avión y la sobrecargo fue sorprendentemente amable con él. Ocupé mi lugar en la ventanilla y empecé a temer por los que serían mis vecinos inmediatos. ¡Pero resulta que dejaron los tres asientos libres para mí! Tuve lo mejor de dos mundos: el paisaje de la ventana y la posibilidad de ir al baño sin molestar a nadie (fui tres veces: una porque quería y las otras dos porque podía). Venía el momento de la verdad. El despegue. Lo único que gritaba más fuerte que Miztli eran las turbinas. Pobre. Afortunadamente, un bebé humano se sumaba a los alaridos y así los de mi hijo se matizaban levemente. Abrí un poco la transportadora para acariciarlo y empleó tanta fuerza en tratar de escapar que me costó trabajo regresarlo y cerrarla. Ése fue el segundo momento ay-nanita. No volví a tocar ese cierre hasta estar en tierra firme. Me imaginé escenas de pánico aeronáutico por un felino suelto, y consecuencias federales sobre el impertinente dueño. Casi pido una bolsa de mareo.

A los 20 minutos, el bebé humano y las turbinas se habían tranquilizado. Miztli no. Entonces comenzaron las miraditas incómodas y mi sonrisa boba como respuesta. Se me ocurrió la malvada idea de ponerle mi chamarra alrededor nomás para amortiguar un rato el ruido de sus alaridos y… ¡santo remedio! Eso lo alivianó y a los cinco minutos se calmó y se quedó casi dormido durante el resto del vuelo. La azafata, al repartir las formas de migración, me dijo de broma que si necesitaba una para mi gato. Me cayó re bien. Y así, con dos que tres detallitos, una aerolínea se ganó dos clientes satisfechos (uno gritón pero adorable y otro, bípedo). Mis respetos.

Llegamos a casa. A nuestra nueva casa…. (ok, a SU nueva casa —de él, pues, no crean que “suya de ustedes”—). Miztli se encontró con Martina, su hermana canina. Y una vez más es feliz… robándole su cama. Porque sí, él manda. Sobre todo ahora, luego de que yo lo mandara a volar.

PD.- Lo confieso: estuve tentado a bautizar este post como “El gato volador”.

 

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