Desde que mi chava y yo adoptamos a Martina mi vida cambió —o sea, desde el 27 de diciembre del 2009, según me acaban de informar fuentes confiables (tras un “¡deberías de saberlo!”). Y me refiero tanto a los aspectos prácticos y logísticos —hay que levantarse diario a la misma hora, sin importar si es fin de semana o día de asueto, para alimentarla y pasearla; así como volver a casa no muy tarde o hacer una escala antes de algún evento nocturno para los mismos fines—, hasta asuntos más trascendentes, como la mutación que ha tenido mi músculo cardiaco. No estoy seguro si se hizo más grande o más fuerte o capaz o se purificó un poco. Pero estoy cierto de que algo le pasó. Algo bueno.
El amor incondicional, fiel, juguetón, puro y abundante que recibes de un perro podría hacerte llegar a creer que eres tan maravilloso como él te hace sentir. Pero no. Ser blanco de ese bombardeo de cariño en este caso no habla bien del receptor, sino del emisor; es una cualidad destacable del perro, así es su naturaleza. Sin embargo, estar expuestos, abiertos y receptivos a tan maravillosa naturaleza puede ir transformando la nuestra. Para bien. Estoy seguro de que puede ayudarnos a volvernos más compasivos, amorosos y a desempolvar nuestra capacidad de sentir ternura. Y confesarlo. Más aun, cacarearlo.
Pero la genialidad transformadora canina no termina ahí. En mi caso, de lo que más me ha sorprendido es la manera en que los perros nos ayudan a conectar con otros seres humanos. En algunos casos, saber que el prójimo también es padre de un can puede ser punto de encuentro, grata coincidencia, pretexto perfecto para iniciar una charla o conocer un lado más “personal” de nuestro interlocutor.
Además, creo que no hay forma más sencilla y desinteresada de entablar una convivencia en la calle con un desconocido que encontrarse ambos paseando un perro. De otra manera nos parecería incómodo, raro o incluso sospechoso. Hemos perdido la capacidad de charlar con extraños, en buena onda, por el puro gusto de hacerlo (si es que alguna vez la tuvimos). Pero llevar un perro es como llevar una extensión de lo mejor de nosotros, es ser niños paseando un globo que vuela como ninguno, es decirle al otro paseador “está bien, de alguna forma (importante) somos iguales, podemos conocernos”.
No sobra decir que de este modo he conocido personas encantadoras. Algunas de ésas incluso se han vuelto buenas amigas. Claro que no siempre ocurre así, hay veces que los perros se llevan bien entre ellos y los papás no tanto; otras pasa exactamente al revés. En fin, hay todas las combinaciones posibles. Pero lo importante es que gracias a nuestros hijos cuadrúpedos lo intentamos: aceptamos convivir con otras personas a través de ellos. Y eso nos vuelve un poco más humanos. Mejor aun: nos vuelve un poco más perros.

