Yo tenía 12 años y una bici nueva. Era una Benotto de montaña color verde que me acababan de regalar de cumpleaños mis papás. Era mi primer bicicleta con velocidades, frenos que se activaban desde el manubrio y una rodada ya “de grande”. Se manejaba distinto que aquellas a las que estaba acostumbrado, ésas con frenos de contrapedal y “diablitos” donde la nueva traía las estrellas para los cambios. Cada que me detenía por completo era un reto de equilibrio, pues apenas alcanzaba el piso de puntitas. Aunque todavía me imponía bastante la nueva potranca y estaba lejos de dominarla por completo, me urgía enseñársela a mi amigo Rafa, así que el mismo día que la estrené me lancé desbocado hacia su casa, con todo y que quedaba más allá de los límites que mi mamá me tenía claramente marcados para poder andar solo.
La distancia no sería problema, pero había dos cosas que me preocupaban: que me cacharan mis papás y que para llegar a mi destino debía cruzar el arroyo… vehicular de Periférico. Si hoy en día me resulta complicadísimo subir la bici por los escalones de un puente peatonal, en aquel entonces era un reto descomunal que, de hecho, casi me disuade de continuar con la aventura. Pero lo conseguí. Por suerte… de la mala.
No iba siquiera a la mitad del puente cuando me abordó un señor de unos 50 años, con un billete de lotería en mano, para contarme una historia peculiar. Lucía nervioso, casi asustado y cada que abría la boca le salían centenares palabras, como ráfagas de telaraña que me iban envolviendo. Lo que decía era muy repetitivo y, a tantos años de distancia, no lo recuerdo con total claridad, pero trataré de replicar la esencia:
— Joven, ayúdeme por favor. No soy de aquí. Vine desde mi Pueblo con mi hijo porque me dijeron que me gané un premio —decía mostrándome el billete— pero no me lo quisieron cambiar, seguramente porque me ven que soy pobre y que no soy de aquí. El policía de ahí me dijo “¡felicidades, le pegó al gordo!” y me dio un golpe con el codo, hasta me salió un moretón, mire —aseguraba mientras se levantaba durante dos segundos la vieja camisa blanca— pero yo no le entendí, no sé qué quiere decir eso…
— Ah, pues muchas felicidades, señor, quiere decir que ganó mucho dinero —le dije con legítima alegría— e hice un pequeño intento por seguir mi camino.
— Por favor, joven, ayúdeme, a mí no me quisieron cambiar el billete y creo que el policía me lo quería quitar, por eso nos fuimos rápido de ahí, y después nos separamos mi hijo y yo y ya no lo encuentro, quedamos de vernos por allá —dijo mientras señalaba el lado del puente hacia el que yo me dirigía—.
De pronto, pasó un joven, quizá veinte o treintañero, y el señor lo detuvo también. Le contó su historia, a lo que el tercero en cuestión respondió algo como “no se preocupe, señor, yo voy a revisar si es verdad que tiene un premio para que le ayudemos a cambiarlo, hay una oficina de Lotería acá cerca”. Ciertamente, la había, muy cerca de las escaleras que acababa de subir junto con mi verde y reluciente corcel; lo sabía porque de vez en cuando mi mamá me mandaba ahí a comprarle un Melate.
Hice un segundo intento por seguir mi camino, pero el señor, haciendo gala de un supuesto temor por no haber encontrado aún a su hijo y por sentirse él mismo tan perdido y amedrentado por la gran ciudad, me pidió que me quedara con él en lo que llegaba el amable muchacho que se había ofrecido a ayudarlo. Así lo hice.
El joven volvió rápidamente. Traía consigo un papelito con un sello de la Lotería Nacional y tres números de billete con la supuesta cantidad a la que era acreedor cada uno. Cabe recordar que era una época previa al internet y a los programas de diseño e impresoras caseras asequibles, y que yo tenía 12 años: un sello era lo más oficial que podía esperar de un documento para considerarlo verídico. El primer número, el del premio más alto, coincidía con el del billete del señor. Ambos lo felicitamos con entusiasmo.
El joven sugirió que fuéramos a buscar a su hijo al otro lado del puente, donde supuestamente habían quedado de verse. Cruzamos, me ayudaron a bajar mi bicicleta, y caminamos unas tres cuadras. En el camino, el señor me pidió que fuera a cobrar el premio a la oficina de la que acababa de volver el joven, pues temía que a él lo engañaran o lo ignoraran debido a su aspecto e ignorancia. Me prometió que me regalaría equis jugosa cantidad si lo ayudaba. Me dio el billete junto con el papelito que le había entregado el joven, me pidió que le dejara mi bicicleta a modo de garantía y que por favor volviera con el dinero, que él me recompensaría. Me daba muchísima pena pensar que pudiera desconfiar de mí, así que no solamente le dejé mi bicicleta nueva, sino que me desprendí también de mi reloj, una cadenita de plata, unas monedas y mi cartera, y se los entregué junto con la Benotto. Recuerdo que cuando le di las cosas, con tanta prisa como nerviosismo, le dije algo como: “espero que no nos esté viendo nadie o van a pensar que me están asaltando”.
[Claro. Para este entonces, ustedes ya se imaginarán el final. Pero al Yo de 12 años todavía ni le cruzaba por la cabeza.]
Me regresé casi corriendo hacia el puente peatonal. Iba emocionadísimo. Aunque debo reconocer que sí pensaba en la posibilidad de aceptar la recompensa del señor, no sobra aclarar que jamás consideré la idea de quedarme con todo el dinero. Mientras subía las escaleras, mucho más ligero que la vez anterior, decidí que no le aceptaría todo lo que me ofreció, pero, si insistía, sí una pequeña parte.
Llegué a la oficina de la Lotería y, una vez que le dieron su “Melático” a la señora que llegó antes que yo, extendí el billete y el papelito con una mano tan temblorosa como la voz con que dije a la dependienta “vengo a cobrar este premio”. Con mirada casi compasiva respondió: “este billete no tiene ningún premio”. No podía ser, ¡si yo tenía el papelito CON UN SELLO que lo avalaba! ¡Un papelito, CON UN SELLO, que había salido de ahí hacía unos minutos! “No, este papel no es de aquí”, sentenció con un dejo de lástima.
Salí del local todavía sin entender. (Sí, lentillo desde chiquillo) y de pronto empecé a atar cabos… ¿Ya ven cuando Dr. House o Sherlock Holmes tienen una epifanía? Bueno, pues hagan de cuenta… Aunque aún dudaba: “¿De verdad el joven y el señor podían estar coludidos? —No, todavía no solía utilizar la palabra “coludido”— ¡Pero si a leguas se veía que no se conocían! ¿En serio les di, además, cartera, monedas, reloj y cadenita?… Pero y… y… ¿en serio EL SELLO ERA FALSO? Todo esto lo pensaba, atropellada y desordenadamente, mientras corría, tan rápido como lo hacía mi corazón, hacia el puente peatonal. Como si todavía fuera a encontrarlos… Como si desandando mis pasos lo más rápido posible pudiera regresar el tiempo… un ratito nomás… Pero no.
Me sentí tan avergonzado que le di un “pequeño” giro a la historia al contársela a mis papás. Uno que incluía dos ladrones muy malos, un cuchillo y ningún puente peatonal. Fue hasta dos años más tarde que, en medio un mar de lágrimas, culpa y temor, les confesé la verdad. Fueron bastante comprensivos. Me sentí aliviado, pero seguía sorprendido de cómo podía haber sido víctima de esa estratagema tan ruin, de esas dos lenguas más afiladas que el cuchillo que me inventé para la versión B. Aquél día me robaron algo más. Junto con la bici, la cartera, el reloj, las monedas y la cadenita, aquel par de actorazos se llevaron también un buen trozo de mi inocencia, la posibilidad de confiar a ciegas en cualquiera.
Ese fue mi primer asalto. El primero de otros que también comenzaron con extraños hablándome en la calle. Dos de ellos iniciaron, muchos años más tarde, con un desconocido preguntándome cómo llegar a cierta calle y yo intentando ayudarle. Entonces, claro, parecería que una medida lógica es no volver a dirigirle la palabra a ningún desconocido en la calle, aunque parezca que en verdad necesita ayuda. “Mejor que me vean la cara de cruel que de idiota.” Pero no. Ese costo sería demasiado alto. Creo. Sigo confiando en que confiar es una mejor opción. Aunque a veces el riesgo sea enorme, los beneficios también pueden serlo. Claro, no se trata de seguir siendo el absoluto tetazo de 12, pero tampoco de convertirse en un completo insensible de 32.
Cuéntennos, ¿cómo fue su primer asalto? (¿Será que todos mexicanos tenemos uno?)
Listo. No les robo más su tiempo.