Sueños de organigrama

Nueva York, inicio de los años setenta: dos grupos de maleantes se reúnen en una oscura bodega a intercambiar una importante cantidad de heroína. Tras breves palabras que parecen gruñidos, unos muestran el producto y otros muestran el dinero. En ese preciso instante, los compradores sacan la charola, desenfundan la pistola y gritan “¡FBI! ¡Manos en alto!” y, al mismo tiempo, los vendedores sacan la charola, desenfundan la pistola y gritan “¡Aduanas! ¡Manos en alto!”.

La historia de la doble compra encubierta, posiblemente apócrifa, es uno de los mitos fundadores de la DEA. Tras múltiples entuertos producidos por la descoordinación interinstitucional, el Presidente Nixon decidió en 1973 consolidar todas las funciones de control de narcóticos en una sola agencia (para la historia oficial, vean aquí; para una historia alternativa, vean aquí).

Vale y bueno ¿Con eso se acabó la descoordinación en el tema de las drogas? Por supuesto que no: muy pronto la DEA entró en conflicto con el FBI, la CIA, el servicio de Aduanas, la Guardia Costera, el Departamento de Estado y, más recientemente, con el Departamento de Seguridad Interna y sus múltiples agencias (para un ejemplo reciente, vean aquí). Y eso sin contar los múltiples encontronazos con diversos departamentos locales de policía y múltiples agencias estatales.

Todo esto viene a cuento porque varios de los señores precandidatos presidenciales y algunos de sus partidos parecen creer que no hay mejor alternativa para enfrentar a los maleantes que reordenar el organigrama del aparato de seguridad del gobierno federal. A excepción de la malsana obsesión con la inteligencia financiera (vean mis opiniones sobre ese particular aquí), nada parece concitar tanto acuerdo. Santiago Creel, por ejemplo, quiere crear una “DEA mexicana” (no conoce por lo visto la historia de la DEA original) y una Secretaría del Interior que reúna las funciones de “Policía Federal, el sistema penitenciario, aduanas, migración, protección civil y los sistemas de investigación estatales” (así de poquito). Enrique Peña Nieto, por su parte, quiere la constitución de “policías especializadas en el combate a la delincuencia organizada” (nótese el uso del plural: por lo visto con una no basta) y el PRI, en su Programa para México, propone fusionar la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) con la Secretaría de Gobernación, además de crear una Fiscalía General para el Combate al Crimen Organizado (¿qué no existe ya la SIEDO?).

Todas esas propuestas tienen previsiblemente el propósito de reducir los problemas de coordinación y mejorar la eficacia de las operaciones. Pero ese es un objetivo ilusorio. Fusionar dos dependencias o crear una nueva con retazos de varias no elimina los conflictos interagenciales: simplemente los traslada al interior del nuevo ente. La gente no trabaja en concierto sólo por compartir techo institucional: si no me creen, pregúntenle a los funcionarios de la Secretaría de Salud como se llevan con los del IMSS o a los de la Secretaría de Energía como se llevan con los de Pemex.

Los señores precandidatos y dirigentes partidarios no han reflexionado tampoco sobre los costos de la centralización de funciones. Construir una dependencia que agrupe las tareas de persecución de delincuentes organizados es crear un punto focal de corrupción e intimidación. Los funcionarios de esa nueva agencia, de esa “DEA mexicana”, de esa “policía especializada”  estarían sujetos a una presión gigantesca. No habría narco que, por la vía de la plata, el plomo o los dos, no intentaría quedarse con parte de ese aparato. Y muchos tal vez lo conseguirían.

El desmadre, en cambio, puede proteger: en ausencia de un nodo único de persecución, los delincuentes tienen muchos menores incentivos para corromper o intimidar a un funcionario en lo individual ¿Para qué pagarle a un oficial de la Policía Federal si, de cualquier manera, me puede agarrar mañana el Ejército o la Marina (o viceversa)? Esa lección la aprendió a la mala Arturo Beltrán Leyva: a pesar de que aparentemente le soltaba centenares de miles de dólares a múltiples funcionarios de la SIEDO (incluido su titular) y de la Policía Federal, su hermano Alfredo fue detenido en enero de 2008 por el Ejército. Dicho de otro modo, si hay descoordinación, nadie puede cumplir un trato y si nadie cumple, probablemente nadie pacte (o pacten menos). De manera paradójica, la falta de una “DEA mexicana” puede servir de barrera (no infranqueable, ciertamente) a la corrupción sistémica (Nota 1: no estoy diciendo que no haya corrupción. Sólo digo que a más participantes descoordinados, menos probabilidades de que se generen complicidades permanentes. Nota 2: tampoco estoy diciendo que no se deben agrupar funciones: tan sólo afirmo que la centralización tiene costos).

Existen además múltiples maneras de coordinar dependencias que no pasan por una reorganización administrativa. Es posible, por ejemplo, crear unidades conjuntas con elementos de diversas dependencias, a la manera del famosísimo Bloque de Búsqueda en Colombia, encargado en su momento de cazar a Pablo Escobar. Se pueden crear también fuerzas de tarea interagenciales, similares a los grupos BEST de la Agencia de Control Aduanero y Migratorio de Estados Unidos (mejor conocida como ICE), o bien, centros de fusión de inteligencia, como el célebre EPIC de la DEA (el cual aparece, por cierto, en una escena de Traffic). Ninguna de esas soluciones es perfecta, pero al menos no requieren voltear de cabeza la administración pública federal.

Sí, ya sé: los pronunciamientos de campaña no deben de tomarse muy en serio. Si y cuando lleguen al poder, los hoy precandidatos caerán en cuenta que crear secretarías, policías y agencias antinarcóticos no es enchílame otras, Juana, y que cambiar el logotipo de las puertas y de la papelería no resuelve por sí mismo ningún problema. No me preocupa que candidatos en pos del voto avienten ocurrencias al por mayor. Sí me preocupa, en cambio, que todos avienten las mismas: es un reflejo de que a) la clase política no se toma suficientemente en serio la crisis de seguridad como para hacer algo que no sea repetir lugares comunes, y b) existe un déficit radical de imaginación. Y en materia de seguridad, la falta de ideas mata casi tanto como las balas.

 

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Comentarios
  • Cuando la CIA entra por la puerta (Afganistán, Nicaragua, Vietnam, Colombia, etc.), la DEA sale por la ventana