Alejandro Hope

Plata o Plomo

Perfil Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedios. No es legalizador, pero tampoco prohibicionista. Cree en racionar el castigo, pero no se le ocurre que la inseguridad se arregla nada más con escuelas y hospitales. Cuando no bloguea, dirige el Proyecto MC2 (Menos Crimen, Menos Castigo", iniciativa conjunta en materia de seguridad pública del IMCO y MéxicoEvalúa. Síguelo en @ahope71

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Después de los Zetas

Llego un poco tarde a este tema y otros ya han generado sesudos comentarios (valen la pena las reflexiones de Patrick Corcoran y Sylvia Longmire). Sin embargo, el asunto es importante: según un reportaje reciente de Proceso, los Zetas podrían estar en vías de dividirse. De acuerdo con la fuente, un conflicto larvado entre Heriberto Lazcano, alias El Lazca, y Miguel Ángel Treviño, alias El Z-40, ha derivado en una ruptura abierta. De ser cierto, se trataría del acontecimiento del año en el submundo criminal. Van algunas especulaciones rápidas sobre el particular:

  1. La atomización tiene muchas rutas: con este, serían ya dos los ejemplos notorios de escisiones en grupos criminales, que no tienen como prólogo inmediato la captura o abatimiento de un capo de primer nivel. El ejemplo anterior es, por supuesto, la ruptura entre el Cártel del Golfo y los Zetas en enero de 2010 (salvo que se quiera contar como causa de ese hecho la captura de Osiel Cárdenas siete años antes, pero me parece que eso sería jalar la cuerda de más). Esto significa que, si bien la política de decapitación puede producir una atomización de las bandas delictivas, claramente no es la única causa que puede provocar divisiones violentas. Esto debería provocar una revisión de las teorías que ubican a la decapitación como motor principal de la violencia: no es que estén mal en sí mismas, pero probablemente no sean suficientes para explicar las complejas realidades del submundo criminal.
  2. El tamaño eficiente de las bandas criminales es (tal vez) más pequeño de lo que pensábamos: los Zetas han estado en fase expansiva desde hace algunos años. Es posible que el crecimiento acelerado los haya llevado a toparse con pared: la mayor notoriedad probablemente les generó más presión externa, produciéndole con ello dificultades crecientes al liderazgo para mantener el comando y control sobre la estructura de la organización (las mantas con mensajes cruzados tras la matanza de Cadereyta parecerían una señal de ese efecto). Asimismo, no es imposible que se haya relajado la disciplina interna, multiplicando las traiciones y delaciones. Si en efecto se dieron esos fenómenos, no es extraño que se haya producido una ruptura en el primer nivel. Pero, de ser el caso, podría tal vez existir un techo a la expansión de los grupos criminales: pasado cierto umbral, tal vez sea inmanejable una organización delictiva (al menos en el contexto mexicano), volviendo inevitables los conflictos y las escisiones.
  3. No es lo mismo extracción de rentas que tráfico ilícito: una de las características principales de los Zetas es que, según se sabe, dependen mucho más de la extracción de rentas (el robo, el secuestro, la extorsión) que sus rivales de Sinaloa. Ese hecho podría generar juegos de suma cero dentro de la organización: la renta que captura uno de los líderes es renta que pierde el otro (si la gente del 40 extorsiona un negocio, ese negocio ya no le puede generar ingresos al Lazca). En cambio, es posible que el tráfico ilícito se preste más a juegos de suma positiva: todos pueden ganar con un mismo embarque de drogas (uno porque la produce y otro porque la contrabandea). En ese sentido, es posible que las organizaciones traficantes tiendan a ser más estables que las organizaciones extractivas. Nótese que esto es especulación, pero creo que es una línea de investigación sobre la cual valdría la pena profundizar.
  4. Del escenario Pablo Escobar al escenario Rio Frío: la ruptura de los Zetas sería el último clavo en el ataúd de estrategias analíticas tipo Stratfor, donde todo se explica por conflictos de grandes cárteles por el control de plazas y rutas. Por una sencilla razón: prácticamente no quedarían ya grandes organizaciones criminales (con la posible excepción del cártel de Sinaloa). En su lugar, tendríamos una multiplicidad de pequeños y medianos grupos delictivos, con capacidades y objetivos diversos, unidos a veces en coaliciones inestables, enfrentados a menudo por pedazos de rentas criminales, operando en un sistema esencialmente inestable: la situación de Acapulco, pero a escala nacional. Sam Logan, el director de la empresa de inteligencia Southern Pulse, le ha llamado “superpandillas” a estos grupos de nuevo cuño. Tal vez la designación no sea muy afortunada (a mí me hace pensar en The Warriors), pero el concepto es correcto: de manera creciente, la amenaza a la seguridad de los mexicanos proviene de grupos criminales intermedios que no poseen la sofisticación logística y organizacional de los viejos cárteles, pero que tienen una capacidad de violencia muy superior a la de meras pandillas. Puesto en términos histórico-literarios mexicanos, podríamos estar enfrentando a los bandidos de Río Frío (armados con cuernos de chivo, eso sí)
  5. Las respuestas locales se vuelven cada vez más urgentes: si los principales riesgos provendrán ahora de los zetitas y no de los Zetas , se imponen cambios en la estrategia para combatir a la delincuencia. Para lidiar con bandas relativamente pequeñas, involucradas en lo fundamental en actividades de extracción de rentas, el despliegue de grandes contingentes militares no parece una política particularmente útil. Más bien, se requieren respuestas flexibles que se adapten a los diversos entornos locales. En algunos casos, tendrán que ser intensivas en el uso de inteligencia, pero otras podrían ser de orden preventivo (ejemplo, si el problema es el robo de camiones en zonas urbanas, la respuesta correcta pueden ser patrullajes intensivos y no infiltración de las bandas responsables). Sobre todo, requerirán de amplio conocimiento de la realidad local. Y para eso, las fuerzas de seguridad estatales y municipales son insustituibles (aunque se sigan apalancando en capacidades del gobierno federal) ¿Están listas para asumir el reto? Probablemente no (salvo excepciones), pero por eso es absolutamente indispensable cambiar los incentivos que enfrentan los gobiernos estatales y municipales (pueden encontrar aquí algunas ideas sobre el tema).

En resumen, la posible ruptura de los Zetas es un acontecimiento de primera importancia. De confirmarse, modificaría radicalmente el tablero del submundo criminal. Nos dejaría con sólo una banda grande y con una multiplicidad de grupos criminales de alta peligrosidad, pero sin la sofisticación organizacional de los viejos cárteles. A la larga, una situación de esa naturaleza es preferible: las gavillas son un problema de seguridad pública, controlable en el espacio local (con algo de respaldo federal cuando sea indispensable). Pero a la corta, que Dios nos agarre confesados: si algo espanta, es el tipo dispuesto a matar por el derecho de extorsionar a una miscelánea o vender algunos gramos de crack en una esquina de un barrio popular. Y tengo la maldita intuición de que vamos a tener muchos de esos.

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