Alejandro Hope

Plata o Plomo

Perfil Alejandro Hope es un investigador obsesionado con las drogas, el delito y varios puntos intermedios. No es legalizador, pero tampoco prohibicionista. Cree en racionar el castigo, pero no se le ocurre que la inseguridad se arregla nada más con escuelas y hospitales. Cuando no bloguea, dirige el Proyecto MC2 (Menos Crimen, Menos Castigo", iniciativa conjunta en materia de seguridad pública del IMCO y MéxicoEvalúa. Síguelo en @ahope71

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Sobre la encuesta nacional de adicciones

Esta semana, se dieron a conocer los resultados de la muy anticipada Encuesta Nacional de Adicciones 2011. Aún no he acabado de procesar los números, pero van algunos comentarios preliminares:

  • La encuesta previsiblemente subestima la realidad del consumo de drogas (legales o ilegales) en México. En primer lugar, es probable que los encuestados no respondan de manera enteramente honesta sobre comportamientos socialmente estimagtizados o que se encuentran en el filo de la legalidad.  En segundo lugar, la encuesta se levanta en hogares y una parte no menor de los usuarios intensivos de drogas (sobre todo las duras) no viven en hogares: están en situación de calle o en las prisiones. La encuesta, por diseño, no captura a esos usuarios.
  • Hay que tener mucho cuidado al interpretar los resultados de la encuesta, dados los reducidos niveles de prevalencia en el consumo de drogas.  La encuesta tiene 14,980 casos en muestra. Una prevalencia anual de 1.8% en el consumo de todas las drogas implica que se encontraron a 270  personas que admitieron haber consumido alguna droga en los doce meses previos a la encuesta. Una vez que se estratifica por región, por grupo de edad y por droga, nos quedamos con subgrupos de menos de 10 personas (ejemplo, no más de cuatro personas de 12 a 17 años en la Ciudad de México admitieron a los encuestadores haber usado cocaína en el último año). Para esos subgrupos, los márgenes de error teóricos son mucho mayores que para el universo completo. Yo aconsejaría no sacar muchas conclusiones sobre el comportamiento de esas poblaciones.
  • Hay un problema serio de comparabilidad entre esta encuesta y los ejercicios previos. Según se deduce de diversas tablas, la muestra en 2011 fue representativa de un universo de 83 millones de mexicanos entre 12 y 65 años. La de 2008 era representativa de un universo de 75 millones de personas. El incremento de 10.6% entre una encuesta y otra resulta inverosímil:  implica una tasa de crecimiento anual de 3.4%. La diferencia es resultado de que el Censo de 2010 arrojó un número de mexicanos mayor al anticipado (4 millones de más). Para comparar el número absoluto de usuarios de drogas (incluyendo alcohol o tabaco), se requeríría ajustar hacia arriba los datos de población de 2008. Pero eso aún no es posible ya que CONAPO no ha actualizado hacia atrás la información. En consecuencia, hay que tener cuidado al comparar el número absoluto de usuarios entre esta encuesta y las previas.
  • Es una lástima que CONADIC haya decidido no publicar los datos de prevalencia actual (consumo en el mes previo a la encuesta) en el caso de las drogas. Entiendo el problema: el suconjunto de usuarios actuales de la mayoría de las drogas es muy pequeño. Previsiblemente, los márgenes de error son mucho mayores que para los datos de prevalencia anual. Aún así, hubiera resultado útil conocer la información: el consumo de drogas (y los problemas asociados) se concentra en una minoría de una minoría de una minoría de los usuarios. El tamaño de ese grupo es una mejor aproximación a la escala del problema de las drogas que el número total de usuarios. Además, para algunos ejercicios analíticos (por ejemplo, estimar la cantidad demandada de drogas), se requieren los datos de prevalencia actual. Ya los conoceremos cuando se haga pública la base de datos de la encuesta, pero lamento el retraso.
  • En los últimos días, se han adelantado diversas teorías para explicar la estabilización del consumo de drogas en el país (desde la presunta eficacia de los programas de prevención hasta los efectos disuasivos de la violencia). Curiosamente, no se han discutido las dos más obvias: 1) la encuesta de 2008 puede haber sobreestimado el problema debido al subconteo de población que reveló el Censo de 2010 (es decir, si la línea base estaba mal, tal vez haya habido un crecimiento que no registró la encuesta de 2011), y 2) no hubo crecimiento del PIB per cápita entre 2008 y 2011 (como consecuencia de la crisis de 2009). Las drogas son lo que los economistas llaman un “bien normal”, es decir un bien cuyo consumo crece conforme aumenta el ingreso: luego entonces, si no aumentó el ingreso, no habría porque esperar un incremento significativo del consumo de drogas.
  • Con los matices metodólogicos del caso, queda claro que los indicadores sobre consumo de alcohol y tabaco no mejoraron (y bajo algunas métricas, empeoraron considerablemente). Ese hecho debería de informar la reflexión sobre las drogas ilegales: cualquiera que sea la posición de cada quien sobre la condición legal de sustancias que hoy están prohibidas, el debate tiene que partir de las limitadas capacidades del Estado mexicano para prevenir y regular la disponibilidad y uso de las drogas legales. Si no regulamos bien el acceso al alcohol y el tabaco, no hay muy buenas razones para suponer que vamos a hacerlo bien con la marihuana o la cocaína. Eso no significa que no haya alternativas al statu quo, pero sí es un dato que no se puede obviar.

Esas son mis reflexiones iniciales: vendrán otras conforme siga procesando la información. Hay, sin embargo, un tema que merece una reflexión aparte. En los últimos días, diversos analistas han suscrito la teoría de que, dados los bajos niveles de prevalencia que muestra la encuesta, el mercado interno de drogas es demasiado pequeño para explicar el ascenso de la violencia en años recientes. No soy hostil al argumento, pero se requieren matices:

  • La prevalencia es baja en términos relativos, pero eso no significa que el mercado sea minúsculo (al fin y al cabo, somos un país de 114 millones de habitantes). En México, según mis muy imprecisos cálculos, se consumen aproximadamente 15 toneladas de cocaína al año: eso probablemente nos convierte en uno de los diez o quince mayores mercados del mundo en términos de volumen. Según algunas estimaciones muy gruesas que he realizado (no se puede un análisis fino porque no hay buena información de precios), el valor del mercado interno de drogas en México ha de andar sobre mil millones de dólares: no es inmenso, pero no es una cantidad para dar risa. Más de uno estaría dispuesto a morir y matar para controlar un cacho de ese mercado.
  •  No hay una relación mecánica y directa entre el tamaño de un mercado ilegal y el nivel de violencia que genera. Importan sus características específicas. En particular, cuentan la visibilidad del mercado y el número de transacciones. A más visibilidad, mayor probabilidad de confrontaciones por el control de ese mercado; a mayor número de transacciones, mayor posibilidad de que algunas salgan mal (nada más por ley de grandes números). El tráfico a gran escala es discreto e involucra algunas operaciones de cientos de kilos o aún toneladas; el mercado al menudeo es flagrante y con millones de operaciones de un gramo o menos. Previsiblemente, el segundo es, por peso de ingreso, mucho más violento que el primero. Por tanto, compararlos por tamaño no nos dice mucho sobre el nivel de violencia en cada uno.
  • Para calibrar la conexión entre drogas y violencia, cuenta menos la prevalencia relativa que la evolución en el número absoluto de usuarios. Un usuario adicional de cocaína, por ejemplo, puede provocar un incremento de cien o más transacciones al menudeo en un año. Luego entonces, si hubo un aumento de 100,000 usuarios de cocaína entre 2008 y 2011, probablemente se registraron 10 millones de transacciones adicionales. Eso podría ser suficiente para explicar una parte no trivial del incremento de la violencia en años recientes.
  • De la encuesta de adicciones podemos inferir el número de usuarios, pero no directamente el tamaño del mercado ni, mucho menos, su evolución en el tiempo. Para ello, necesitaríamos conocer la cantidad consumida en promedio por los usuarios y contar con una serie de tiempo de precios al menudeo de las distintas drogas. La encuesta nos da algo de información sobre patrones de uso, pero casi nada sobre precios. La información de precios de la ENA es notoriamente mala: son valores autoreportados, hay muy pocas observaciones (pocos usuarios dan información sobre precios) y  no hay ajuste por pureza (es decir, no sabemos si los usuarios están hablando de cocaína con 10, 50 ó 90 por ciento de pureza cuando mencionan un precio). Y no hay en México ninguna serie alternativa sistematizada (la información que yo he utilizado en el pasado es estrictamente anecdótica). No sabemos por tanto que ha pasado con el mercado en años recientes. En consecuencia, es perfectamente posible  (digo posible, no seguro) que haya crecido a tasas elevadas por efecto de precios, aún si la prevalencia no aumentó mayormente.

Con esto, no estoy avalando la teoría de que el mercado interno es la fuente principal de nuestra violencia. Pero me queda claro que, por si misma, la encuesta nacional de adicciones no la desmiente. En el nexo entre drogas y violencia, no sólo el tamaño cuenta.

Que tengan buen lunes.

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